sábado, 16 de noviembre de 2019


CORDURA O LIBERTAD

Canto porque nadie me escucha
canto porque no puedo callar
las voces insisten bajo mi capucha
si no me dejan morir me he de matar.


Parece esta una tesitura forzada, contradictoria en sí misma, mas entiendo que tal disyuntiva es en la que nos hayamos sumergidos, quizás aún más que en anteriores edades de nuestra historia.

Se define la cordura como el estado psíquico sano, contrario al padecimiento de alguna psicopatología o trastorno, más o menos estable, que afecte a nuestras capacidades mentales. Se opone así a la locura, siendo esta el reverso de la misma moneda. Cualquiera que haya querido escarbar en estos conceptos, aunque haya sido superficialmente, habrá llegado a la inequívoca sensación de que son insuficientes para explicar lo que en principio pretenden.

La salud está arduamente distorsionada por una medicina corrompida y corrupta que ya no nos cura, nos cronifica. Vivimos más, pero no por ello mejor. Estas contradicciones son especialmente gravosas cuando hablamos de salud mental, si en la medicina alopática y tradicional aún existe un cuerpo al que podemos acceder, ver y tocar, manipular de alguna forma, para bien o para mal. Nada de ello podemos hacer con la mente, cuya naturaleza, si es que la tiene, trasciende lo orgánico, lo cerebral. Escurriéndose en lo que existe entre la cultura y el lenguaje. ¿Qué manipulan entonces psiquiatras y psicólogos? ¿Dónde está el objeto de su trabajo?

La salud mental resulta ser una entelequia, un mito de nuestro tiempo moderno y posmoderno. Cordura y normalidad social se confunden hasta asemejar conceptos  sinónimos, palabras desconectadas de contexto y subjetividad, vagando en el ideario posliberal que nos oprime como mantras, que de tanto repetirse se convierten en verdades incontestables, en una suerte de realidad compartida. Y esta es justamente la cuestión, la propia realidad que la cordura quiere representar es el estado mental compartido no tanto por ser mayoritario, si no por estar homologado por las élites dominantes y el poder que nos oprime. Cumpliendo los terapeutas, ya sean estos psiquiatras, psicólogos u homeópatas, una función de vigilancia y justificación de esta realidad homologada, administrando la normalidad y ajustando a aquellos que se salen de ella.

La cordura en esta época nuestra de cultura global significa estar adaptado, cumpliendo escrupulosamente roles y estereotipos sin cuestionarlos. Supone la participación despersonalizada en los engranajes de la superproducción y el sobreconsumo. Es asumir lo injusto y lo indecente como ajeno y a la vez irrevocable. Consiste en entender la ética como las estrellas o las mareas, extraña a nuestra voluntad.
 En esta edad de alienación, las personas cuerdas son aquellas que han alcanzado el cénit capitalista de producción y consumo, es decir, el ideal de la  autoexplotación, donde el sujeto es objeto de sí mismo, donde ya no es necesario el contubernio de patronos ni amos para ejercer la opresión, porque la ejercemos entre nosotros y contra nosotros. No se trata ya de consumir o ser consumido, si no de devorarnos en una especie de macabra antropofagia cultural. Cordura significa estar secuestrado en la norma social, aceptar sus contradicciones y procrearlas, reproducirlas en un delirio compartido de masoquismo feliz, en el que domina una represión positivista que lamina cualquier disidencia emocional. La cordura rechaza el dolor y el sufrimiento creciente de nuestra sociedad, síntomas irrefutables que avisan del inminente colapso psíquico al que nos dirigimos. Cada año se dilatan las cifras de los trastornos mentales, las recetas de drogas psiquiátricas o los suicidios, pero nada de ello borra la sonrisa imbécil del cuerdo, inmerso entre placeres que no satisfacen, diversiones sin sentido y objetos de consumo que no son más que carcasas. Mientras tanto, a su alrededor todo es fachada y máscaras, luces de neón que le hacen olvidar la miseria que le rodea y padece, sometido a los sueños siempre insatisfechos de la neurosis.
   
No pretendo hacer aquí una apología más de la locura, tal cosa ya se ha planteado en numerosas ocasiones y su recorrido, aunque encomiable, no nos ha llevado muy lejos. En la locura hayamos rebeldía, pero no revolución, encontramos sin duda alguna la más firme y genuina expresión política, pero sin conformar una ideología. La locura es sufrimiento y dolor, es, en sus facetas más crudas, desesperación y agonía. No hay nada en ella que merezca su enaltecimiento y su fanfarria, pues no es otra cosa que un intento extremo de supervivencia cuando todo ya se ha intentado antes. Las personas enloquecidas son aquellas a las que no se les ha permitido ser distintas y que no han podido traicionarse para alcanzar la cordura, quedando a la deriva en los márgenes de este delirio colectivo al que denominamos realidad.
El cuerdo sufre en la mayoría de los casos sin saberlo, sometido al ajuste social para no ser rechazado, siempre mirando para otro lado. Poniéndose de perfil ante las injusticias, esquivando las miradas ajenas que le interrogan y soslayando la imagen que le devuelve el espejo. Vive anestesiado y disociado de sí mismo, negando sus deseos para abrazar los que la sociedad dominante le administra. Padece de ansiedad y obsesiones, su personalidad es sumisa y anodina, reflejo de la farsa de realidad que parasita. En los mejores casos va de aquí para allá con sus temores, buscando esa realización personal que nunca llega a cuajar, en los peores, vagabundea aquejado por un terrible y crónico vacío existencial. Sin embargo, son los locos los que más sufren, pues su dolor es constante y rara vez encuentran alivio. No pueden mirar para otro lado, sus ojos quedan atrapados ante la desigualdad y la contradicción, ante el cinismo cobarde de nuestra sociedad. El loco no puede callar, solo chillar. Su vida es el grito desquiciado de Pandora, sufriendo el escarnio público como chivos expiatorios por no poder dejar de ser lo que son, denunciando con su existencia dolorosa las contradicciones de este mundo malsano.
 Piensa el cuerdo ser feliz en su desidia, en su mazmorra de carcasas y máscaras, como el esclavo de la casa frente al de la plantación. El primero creerá vivir mejor, protegiendo las cadenas que le atan. El segundo vivirá menos y peor, con los tobillos y las muñecas siempre sangrantes, anhelante de una libertad  que teme tanto como desea.
 
¿Dónde está la salud entonces que nos prometen psicólogos y psiquiatras?
Solo con el respeto a la subjetividad de cada cual hallaremos el camino a la salud, que no es otra cosa que dejar ser a los demás, porque dejarnos ser es querernos libres. El cuerdo podrá sentirse uno más, alienado y neurótico, en compañía de muchos tan mediocres como él mismo. Pero solo el loco, en su soledad delirante, lucha a brazo partido por su libertad, una refriega que siempre es a muerte o, más bien, a suicidio.

Por todo ello, la tesitura que nos remueve y agota sin reposo, que nos inunda de lágrimas y pesar, es la elección, injusta pero ineludible, entre la cordura o la libertad.