domingo, 2 de octubre de 2022

La suerte de Casandra. Una discriminación que mata.

Según nos narra la florida mitología griega, Casandra fue una princesa de Troya, hija de Écuba y Príamo, cuyo destino quedó sellado al comprometerse con el dios Apolo. A cambio de que ella se sometiera a los deseos carnales de la divinidad, este le concedería el don de la profecía. No obstante, Casandra, seguramente persuadida por sus recién adquiridas visiones, rechazó a Apolo, quien, despechado, lanzó sobre la mujer la maldición por la cual sería recordada. Desde aquel infausto momento, la princesa quedaría condenada al descrédito, pues aun siendo capaz de reconocer e interpretar el futuro, nadie la tomaría en serio. Más bien al contrario, sufriría el rechazo y la discriminación a causa de sus augurios, razón por la cual (aunque esto depende del manuscrito al que recurramos), Casandra enloquecería, siendo objeto de aislamiento y encierro. No deja de resultar curioso que, tras varios milenios del surgimiento de este mito, el trato que actualmente dispensamos a la locura no sea muy distinto. Aún perseveramos en encerrar y maniatar a quienes la padecen.

Como en la mayoría de las fábulas griegas, y en la mitología en general, advertimos una importante sabiduría en sus contenidos. A pesar de que en muchos de estos mitos los relatos que se describen puedan resultar simplones o ciertamente ingenuos, estos no dejan de ocultar mensajes estructurales para las gentes que los recitan y reciben. De hecho, la superstición ha sido y, lamentablemente sigue siendo, una de las más eficaces formas para la transmisión de la norma social. Su lenguaje directo, a veces también infantil, los hace más fáciles de comprender, especialmente para el gran público, a menudo ignorante y crédulo, o directamente analfabeto. Así pues, el mensaje del mito de Casandra resulta sencillo de reconocer, pues sigue perfectamente vigente en nuestros días. A pesar de que las supersticiones depositarias de la fe actual hayan cambiado de representaciones, el precepto que sugiere la historia de Casandra es absolutamente moderno y atemporal, puesto que se refiere al mandato de género más urgente: aquel que tiene que ver con la sumisión de la mujer al varón. Si bien no es objeto de esta entrada explicar la necesidad y razón de este mandato de género, tampoco voy a escamotear la ocasión de hacerlo brevemente, ya que el terrible sufrimiento que genera impone una crítica obligada, por escueta que esta pueda resultar. En todo caso, nos ayudará a comprender mejor la historia que se pretende desplegar tras este improvisado prólogo.

La mujer tiene que someterse al hombre. Esta es la primera ley de importancia a la que se debe nuestra sociedad, al menos desde que nos convertimos en agricultores y empezamos a arracimarnos en torno a las primeras ciudades. La división sexual del trabajo fue la forma de organización social que progresivamente se impuso. Y lo hizo por resultar la estrategia productiva más rentable, al menos en términos económicos. Es decir, el sometimiento de la mujer supuso la forma de producción más barata. ¿Cómo organizar el trabajo agrario y ganadero sin que la mujer se vincule como parte de la propiedad y asuma el fundamental desempeño de los cuidados? ¿Cómo explotar a los varones de sol a sol si la mujer no se encarga de atender la prole, así como las ingentes labores domésticas? El mandato de género es nítido y sin ambages, especialmente si se toman en consideración las virulentas sanciones que conlleva toda trasgresión de la norma por parte de las mujeres, norma elevada a mandamiento sagrado por divinidades y sacerdotes.

El desacato del citado mandato conlleva un severísimo y ejemplarizante castigo en forma de ostracismo. Para ello, se llevará a cabo un formidable despliegue de todo tipo de formas de discriminación, siendo el descrédito una de sus expresiones más sutil y dolorosa, así como efectiva. Tal cosa ocurre porque la transgresión de esta norma cultural pone en jaque a la misma sociedad, la cual necesita desesperadamente que la mujer acepte su rol de cuidado y trabajos forzados para que el varón pueda cumplir el suyo. La locura, cuestión que es la que nos atañe en este artículo, emerge y se sugiere como explicación a la infracción perpetrada por la mujer insumisa, dando lugar así a su descrédito y a la anulación de su discurso, no vaya a ser que este sea escuchado por otras mujeres. La discriminación podrá intensificarse en función de hasta qué punto se muestre pertinaz la mujer indómita, así como del calado de su infracción, implicando en su descrédito otras formas de arrinconamiento. Así, la mujeres desobedientes, aquellas que incumplan los roles y estereotipos que les han sido asignados, serán calificadas de excéntricas en el mejor de los casos, cuando no de enfermas, locas, prostitutas o brujas, apodos que, al mismo tiempo, servirán para justificar aleccionadoras formas de violencia.

El mito de Casandra resulta muy elocuente al respecto, y lo hace con la violación como respuesta. De nuevo sorprende lo poco que han cambiado las cosas. En la fábula griega, Casandra es la única, junto con el sacerdote Laocoonte, capaz de vaticinar la treta oculta en las entrañas del caballo de Troya. Observamos que, en este caso, el descrédito depositado en Casandra acabará protegiendo a Agamenón, conquistador y caudillo de toda Grecia y, por ello, adalid de la causa masculina expresada a través de su voluntad de control y dominio. Poco después, y durante el saqueo de la ciudad, Casandra busca refugio en el templo de Atenea, quien, recordemos, se trata de una divinidad fundamental dentro del panteón micénico. No obstante, la diosa no intercede ante las súplicas de la princesa, ni siquiera cuando es violada a sus pies por Ajax, quien, poco después, durante su regreso al hogar natal, moriría asesinado a manos de Poseidón. ¿Cabría pensar que este hecho implica algún tipo de resarcimiento moral frente a la vejación perpetrada contra Casandra? Lo cierto es que no. Si bien existía un motivo para castigar al héroe griego, este no obedecía a haber abusado de la princesa troyana, sino a haberla violado dentro del templo de Atenea. Dicha afrenta debía de ser castigada severamente, pues el honor de la diosa así lo exigía, y es que, del mismo modo que Apolo representaba la virilidad y la juventud masculinas, Atenea era el máximo exponente de la virtud femenina, expresada en su virginidad permanente y en su perpetua castidad. No en vano, Atenea jamás tuvo amantes ni fue desposada, cosa que, por otra parte, atendiendo a la muy florida sexualidad de las divinidades griegas, resulta un tanto desconcertante. Así pues, la afrenta cometida por Ajax debía de repararse con esmero. No solo el honor de la diosa, sino el de todas las mujeres decentes, lo exigía.

Son varias las moralejas que podemos extraer de este mito. Cuando Casandra rechaza a Apolo también rechaza simbólicamente a la sociedad de su época. La dureza del castigo es, en este sentido, justificada por el riesgo que sus palabras y su ejemplo entrañan, pudiendo animar a otras mujeres a la desobediencia y, en tal caso, poniendo en riesgo el propio orden social y económico. El castigo por semejante ignominia se expresa a través del ostracismo, el descrédito y la cultura de la violación. Y resulta un poderoso aviso a navegantes, no solo a las mujeres. Aunque el abuso sexual y la violación van dirigidos mayoritariamente hacia estas, cabe decir que el destierro social que representa la locura no discrimina por razón de género u origen social. Es, por así decirlo, un logro igualitario de nuestra cultura.

 

Inseguridad social.

La primera vez que me crucé con Casandra pasaba por un trance difícil, aunque, a juzgar por lo que sabría de ella un par de años después, debía de encontrarse en un buen momento. Nos conocimos a través de amistades en común. Casandra se encontraba muy revuelta; había tenido una fuerte discusión familiar que había acabado con cristales rotos y con una importante herida en su brazo. Carne rajada y tendones rasgados. Cuando me la presentaron llevaba el brazo en cabestrillo y muchas horas sin dormir. Estaba nerviosa, hablaba en voz muy alta y sin pudor alguno, con los ojos muy abiertos y sin apenas parpadear. La conversación que sostuvimos sirvió para atemperarla un poco, pero calmarla no era la solución. La rabia la sostenía. Probablemente, sin ella se vendría abajo. Me hizo un resumen exprés de su vida sin que yo se lo pidiera, resumen en el que mencionó una docena de ingresos psiquiátricos y muchos fármacos antipsicóticos. Recuerdo sorprenderme con su relato. Apenas tenía veinte años y sin embargo su historia de salud mental resultaba más contundente que la de muchas otras personas a las que conocía, diagnosticadas de complejos y graves trastornos mentales.

Fue una conversación informal, en una cafetería cualquiera, pero fue suficiente para hacerme comprender que Casandra era una veterana que había pasado por docenas de psicólogos y psiquiatras. Así que, más por inseguridad que por profesionalidad, opté por proponerle lo mínimo que podía hacer, ya que temía implicarme en una complejidad que me desbordara. Tal y como finalmente ocurrió. Casandra estaba bajo seguimiento estrecho de su psiquiatra, era una paciente de riesgo. Las autolesiones habían sido bastante habituales y, concretamente, su último percance podría haber sido mucho más grave si el corte se hubiese producido en un ángulo distinto. Convinimos en que la acompañaría a ver a su psiquiatra al día siguiente. Según me explicó, sentía que todo el mundo estaba en su contra, que nadie la respetaba. La relación con su familia era complicada, cosa nada extraña en pacientes con un cuadro tan complejo como el suyo. Por todo ello se mostraba dolida y cansada. No deseaba regresar a su hogar, sino solicitar algún recurso de apoyo que le permitirá reiniciar su vida. Con tan solo veinte años quería volver a empezar.

Le acompañe. ¿Cómo no hacerlo? Casandra necesitaba ayuda, apoyo de algún tipo, aunque solo fuera moral. La experiencia es muy clara a este respecto. Mucha es la soledad cuando se acude al psiquiatra. Es cierto que en los casos más sencillos, o con los pacientes más colaboradores, la relación médica puede llegar a ser, si no adecuada, al menos satisfactoria. No obstante, la jerarquía que se establece entre médico y paciente es intensa, y el malestar fuerte, por lo que las consultas psiquiátricas suelen ser difíciles de manejar. En este sentido, el acompañamiento, más aún cuando lo ejerce otro profesional, puede ser ventajoso para el paciente. No así para el psiquiatra, que ve minada su autoridad. Y es que la autoridad médica es una de las claves en la especialidad psiquiátrica. Todo se resume en una relación axiomática: el psiquiatra propone, establece y prescribe, y el paciente acata. No hay mucho más. Al menos en la mayoría de los casos. Es verdad que en ocasiones podemos dar con un profesional amable, e incluso empático, pero desgraciadamente esta no es la norma. De hecho, más allá del carácter benefactor del profesional de turno, la disciplina psiquiátrica no favorece una relación horizontal y respetuosa. Más bien al contrario, resulta vertical y, peor aún, arbitraria. Así que cuando entré junto a Casandra en la consulta de su psiquiatra, esta intentó disuadirme de que la acompañara. Lo hizo con un gesto de ligera contrariedad, con la suficiencia de quien está acostumbrado a que se le obedezca. Sin  embargo, mi respuesta no fue la que esperaba.

Me senté al lado de Casandra y me identifiqué como psicólogo, a lo que la psiquiatra respondió intensificando su mueca inicial de desagrado. Me sentí inevitablemente aludido, aunque  no llegue a expresarlo, obligándola  a verbalizar lo que trataba de decirme con muecas y gestos. “Solo se admiten a familiares”, me señaló con tono neutro. Yo sonreí de forma amistosa, tratando de rebajar la tensión, pero le aclaré que tal cosa era decisión de Casandra, quien era mayor de edad y por tanto podía elegir acompañante. La psiquiatra se sentó poco después y, a pesar de la impresión inicial, aceptó mi presencia sin nuevas objeciones. A partir de ese momento, la entrevista sucedió como muchas otras: Preguntas sobre la medicación, sobre el comportamiento de Casandra, algunos comentarios reprobatorios, miradas severas, varios ajá, y los consiguientes mmmm..., habituales en toda consulta de salud mental. A decir verdad, aquella psiquiatra tampoco podía hacer mucho más. Casandra era una paciente difícil, de las que hacen crujir la psiquiatría por los cuatro costados. No era tonta, tampoco dócil, así que la entrevista comenzó a hacer aguas.

La propuesta de la psiquiatra era la típica; cambiar un poco la medicación, jugar al trile con los psicofármacos. Algo así como: “Te subo un antipsicótico, te bajo otro y rellenamos con unas pocas benzodiacepinas. Después esperamos el efecto, a ver qué pasa... Mientras tanto, tómatelo con calma, regresa a tu casa y evita las confrontaciones con tu familia”. Lo lamentable era que realmente no podía decirle mucho más. En salud mental todo pivota en el paciente. Es este quien debe aceptar su problemática y adaptarse a la situación. Pero Casandra no estaba dispuesta a irse sin más. Previamente lo habíamos reflexionado. “Tenemos que forzar un poco las cosas”, le había dicho. Y es que a menudo esta es la única forma de conseguir algún apoyo extra. Normalmente ese apoyo está reservado para casos más llevaderos que el de Casandra, no tanto por la compleja problemática de su malestar, si no por su actitud, por aquella rebeldía suya que ponía contra las cuerdas a psiquiatras y psicólogos.

Por tanto, el rifirrafe continuó unos minutos más. Casandra reclamando una plaza en un centro de media estancia, y la doctora reiterando la imposibilidad de ello. Por mi parte, apenas había dicho esta boca es mía, pero se me ocurrió interceder. En aquel punto la paciencia de la psiquiatra estaba llegando a su fin, así que entendió mi interrupción como lo que realmente era, un apoyo para ambas. Sugerí algo sencillo y, en cierta medida, obvio, de no ser por la correosa burocracia que gobierna la seguridad social. Por cierto, la psiquiatría privada no resulta mejor, que nadie se lleve a engaño. A la hora de la verdad, la privada siempre escurre el bulto. Ánimo de lucro, lo llaman… En fin, la solución que apunté pasaba por admitir que Casandra no tenía por qué ingresar ese mismo día. La entrada podía demorarse, siempre y cuando se le diera prioridad en la lista de espera. Hubo un silencio momentáneo, las dos me miraron, Casandra confusa; la doctora pensativa. Poco después salimos de la consulta con mejor humor del que entramos. Finalmente, Casandra no tendría que regresar con su familia, pasaría un par de días en casa de una amiga y al tercero ingresaría en el centro.

Esta es, resumidamente, la labor del acompañamiento: reforzar la opinión del paciente y ser un apoyo para el profesional. Aunque en la mayoría de los casos se interpreta al acompañante como una amenaza, en algunas ocasiones es percibido como un facilitador. Todo depende de la relación que exista entre ambas partes. Empero, es una relación difícil. La profesión médica y, muy especialmente, la especialidad psiquiátrica, suele ser arrogante. Podríamos decir que su arrogancia es inversamente proporcional a la veracidad de las premisas médicas que manejan. No podemos dejar de objetar que todo en la psiquiatría se establece en función de criterios clínicos, es decir, subjetivos, y que los tratamientos que se prescriben poseen una altísima variabilidad. Desde una muy modesta eficacia hasta su inutilidad completa y, peor aún, una altísima iatrogenia, expresada en sus muy variopintos efectos secundarios. En estos términos, la posición del profesional solo se puede sostener en base a la soberbia y a la autoridad. Cuestionar el criterio de un facultativo rara vez es tolerado porque su opinión, expresada mediante el diagnóstico y el tratamiento, es en sí misma cuestionable, a tenor de sus lamentables resultados. Solo en la especialidad psiquiátrica, las dudas de un paciente son interpretadas automáticamente como falta de conciencia de enfermedad, rasgo que, por otra parte, según el argumentario psiquiátrico, resulta una prueba de la existencia de patología mental. Evidentemente, aquellos profesionales que sean capaces de cierta autocrítica y adquieran conciencia de las debilidades de la psiquiatría y la psicología clínicas como disciplinas sanitarias, podrán llevar a cabo un trabajo más humanitario, centrado en el bienestar de la persona. Es decir, lo que esta expresa y necesita, y no lo que digan los protocolos y las guías psicopatológicas, auténticos catálogos que estandarizan el sufrimiento mental en función de descripciones de síntomas, proponiendo tal o cual grupo de  psicofármacos sin considerar, ni si quiera de manera remota, las circunstancias y malestares que rodean a cada persona. Mientras tanto, la industria farmacológica continua enriqueciéndose a costa de nuestro sufrimiento.

 

Mi reencuentro con Casandra se produjo año y medio después. Su situación había pasado de preocupante a calamitosa en ese intervalo de tiempo. Se había convertido, con tan solo veintipocos años, en una excluida social, en una sin techo. De nuevo, una amiga en común la había encontrado en la calle, pidiendo limosna junto a otro vagabundo, un hombre de mediana edad que poseía el aspecto de quien lleva décadas vagabundeando. Esta amiga, demostrando una muy rara solidaridad, la acogió en su casa. Lo hizo sabiendo que la convivencia sería realmente difícil, que la sometería a graves tensiones, por lo que se esforzó por encontrar para Casandra una alternativa habitacional, un recurso desde el cual Casandra pudiera hacer palanca para salir del miserable circuito de sinhogarismo en el que se encontraba atrapada.

Así pues, tocó todas las puertas que conocía del entramado de asociaciones, entidades privadas y públicas que mal componen los servicios sociales, sin hallar finalmente nada. El problema consistía en que Casandra estaba de vuelta de la mayoría de ellos. O la habían expulsado por incumplir las normativas, o bien se había marchado por sentirse oprimida y controlada. Ocurría también que Casandra no era un perfil claro para nadie; se trataba de una usuaria que se situaba en los márgenes de muchos recursos. Cabría pensar que precisamente su marginalidad la haría susceptible de beneficiarse de varios de ellos, pero en la práctica supuso quedarse fuera de la mayoría. Ya por razón de edad, por su historial psiquiátrico, o bien por poseer, al menos teóricamente, una familia con recursos, Casandra quedaba completamente excluida de ayudas económicas de cualquier tipo. Ni que decir tiene que las ayudas las económicas, son, como todo el mundo sabe, las más importantes.

Fue a lo largo de esta búsqueda, desorientadas por la asfixiante burocracia de los servicios sociales, como dieron conmigo de nuevo. Recuerdo ese día perfectamente. Conversamos durante largo rato. Ambas me pusieron al tanto del escabroso periplo por el que había transitado Casandra desde la última vez que estuve con ella.

Tal y como la psiquiatra se había comprometido un año atrás, Casandra ingresó en el servicio acordado a los pocos días. Algo después fue derivada a un programa de reinserción social, un servicio concertado, o más bien subcontratado, desarrollado por una entidad local sin ánimo de lucro. Se trataba de uno de esos recursos a los que bautizan con un nombre bonito, de esos que sugieren amor incondicional y la promesa de un mundo mejor… En la práctica, una empresa al uso encubierta bajo el título de fundación. Así es en general como operan estas entidades, parapetadas tras las siglas de una ONG o de una asociación. Se trata de un asunto controvertido, sujeto a un debate pueril, en el que se entiende que los servicios sociales deben ser gestionados por organizaciones privadas financiadas por caudal público. Sí, se dice que los servicios sociales son la tercera pata del taburete que compone la sociedad del bienestar junto con la Sanidad y la Educación. Sin embargo, existen importantes divergencias en su valoración política y social. En general, buena parte de la población, especialmente aquellos que estamos alineados con eso que se viene a denominar muy confusamente izquierda ideológica, entendemos que la Sanidad y la Educación deben ser de titularidad pública. Al menos en lo que se refiere a los servicios esenciales y estratégicos. En cuanto a la Sanidad, por ejemplo, y a pesar de su progresiva privatización y debilitamiento, aún se asume como no esencial aquello que no sea estrictamente sanitario, dejando para la subcontrata (externalización, lo llaman), jugosos servicios como el cáterin, la limpieza o la seguridad. Pues bien, en el caso de los servicios sociales nos encontramos con que son prácticamente la totalidad de sus servicios los que pueden ser objeto de privatización y subcontratación. Incluimos aquí áreas tan sensibles como la protección a la infancia y a la familia, inmigración y minorías étnicas, discapacidad, personas mayores o la igualdad de género. Todo esto nos lleva a un sistema frágil y sobrecargado, con trabajadoras estresadas, con servicios precarios e infrafinanciados, pero de los cuales, sin embargo, emana un sólido y lucrativo nicho de negocio con la administración pública.

Resulta esencial analizar esta cuestión, aunque sea brevemente, si pretendemos sacar algo en claro de todo este galimatías. Los servicios sociales se dedican a atender a personas en situación de vulnerabilidad, discriminadas por una u otra razón. Responden a colectivos socialmente despreciados por el grueso de la población, y tal cosa ocurre porque, en general, se considera que uno no va hacer uso de esos servicios.  El  pensamiento habitual es que los programas para la inclusión social, los hogares para mujeres víctimas de violencia machista o los centros de menores son siempre para otras personas. No existe la empatía suficiente para comprender que son las circunstancias con las que nacemos, ajenas a nuestro control, las que nos pueden llevar a precisar de estos servicios. En cambio, todo el mundo entiende que, antes o después, inevitablemente hará uso de los servicios sanitarios o educativos. Sin embargo, los servicios sociales se entienden como gastos obligados para personas que no saben o no quieren gestionar sus problemas, vagos o aprovechados, o en el mejor de los casos discapacitados dignos de compasión y caridad, pero rara vez de justicia social. Todos estos prejuicios, bien asentados en la cosmovisión de educadores y trabajadores sociales, golpearon a Casandra con dureza, impidiéndole aprovechar lo poco que se le ofrecía y, de esta forma, alimentar y justificar esos mismos prejuicios. El argumento era tan simple como efectivo. Casandra tenía sus oportunidades, pero, ya fuera por necia o por carecer de voluntad, las desaprovechaba. Poco tenían que ver aquí sus complejas circunstancias, cristalizadas en su largo historial psiquiátrico, ya que todo el mundo sabe que si uno se esfuerza con la suficiente tenacidad y empeño, acaba consiguiendo lo que quiere.

¿No es así? Individualismo, lo llaman.

 

Entre psiquiatras y familiares.

Esta vez la situación de Casandra era aún más grave que durante el primer contacto. Había quemado todos sus cartuchos, dejando un rastro de frustración y enfado por donde pasó. No quedaban apoyos, tampoco profesionales a los que recurrir. Tan solo la unidad de psiquiatría, tan solo como estancia temporal, pero Casandra no quería bajo ningún concepto regresar allí. Su desconfianza podría parecer irracional, al menos para quien no conozca este tipo de servicios. No obstante, por mi parte, comprendía perfectamente sus recelos. Las unidades de psiquiatría rara vez son lugares terapéuticos, más bien son estancias de encierro, destinadas a someter el malestar que expresan quienes allí son ingresados con técnicas coercitivas o directamente violentas. La amenaza, la coacción, la ausencia de consentimiento informado y voluntariedad, el abuso de psicofármacos o la contención mecánica, son estrategias habituales. El ABC de la psiquiatría del siglo 21. Así que Casandra no iba a aceptar de ninguna manera ingresar y, si quería, de alguna forma, ayudarla, cualquier cosa que planteara tenía que pasar por su aprobación. Incluso si no estuviera de acuerdo. Incluso si no fuera una opción adecuada, incluso si fuera perjudicial para ella.

Este es, y no otro, el aprendizaje más importante y claro que se puede extraer de Casandra y su historia. Su legado, podríamos decir. En ningún caso podemos actuar en contra de la voluntad de un paciente psiquiátrico. Quien no comprenda esta norma, este código ético, comete un grave riesgo, a menudo catastrófico. Hasta que la psiquiatría no asuma esta condición, jamás será una disciplina realmente terapéutica. La cuestión que se deduce al respecto, cuestión esquivada hasta el hartazgo tiene que ver con el para qué de la psiquiatría. Es decir, ¿Cuál es su función más allá de su discurso superficial? La respuesta, fácilmente deducible si uno está dispuesto a la crítica la plantea David Copar en una de sus más conocidas frases: “El fracaso de la psiquiatría es su éxito”. El problema, así planteado, no resulta fácil de solucionar. Posiblemente no tenga solución desde el propio edificio ideológico psiquiátrico. ¿Cómo explicar la continua vulneración de derechos que se produce en esta disciplina médica? No es una cuestión de falta de conocimiento humanitario. Tampoco de investigaciones o informes críticos al respecto. La crítica psiquiátrica es abundante y tampoco novedosa. Podríamos decir que existe desde que esta dio sus primeros pasos, allá por el siglo XIX. ¿Entonces? ¿Cómo es posible que persistan incólumes gran parte de sus prácticas lesivas? Por no mencionar a sus intenciones, las cuales, esta vez sí, resultan del todo atemporales, invulnerables al avance científico. Solo cabe una respuesta posible. La psiquiatría no pretende curar o aliviar el sufrimiento, o al menos no sin fuertes condiciones a cambio. Su objetivo, por encima de todo, consiste en  controlar el malestar social a través de la coerción de las personas que lo expresan. Es, claramente, una institución dedicada al control social, canalizando el comportamiento divergente hacia formas soportables para el propio status quo, o si esto no resulta posible, invalidar la voluntad de quienes  no puedan adaptarse.

Seguramente, muchas serán las personas que no acaten esta premisa. Como con la crítica religiosa o espiritual, creyentes y beatos se agarran a sus creencias místicas aun sabiendo que son falsas. Reaccionando con mayor o menor violencia contra quienes las profesan. Después de diez años de formación, pasando por exámenes, trámites y burocracia, los profesionales de la salud mental son tan obcecados como curas y sacerdotes. Todos reconocen en privado lo absurdo de sus creencias, al menos buena parte de ellas, pero que será de ellos si reniegan de todos esos años de sinrazón. A qué dedicarán sus vidas? En un mundo como el nuestro donde la hipocresía prospera y la honestidad penaliza, no se puede esperar mucho de ellos. Quizás solo de algunos.

Así funciona la enajenación, la disociación, mecanismos excelentes y muy necesarios para la adaptación social. Esta enajenación, que tiene por objeto la asunción de ciertas relaciones y normas que nos son tóxicas, se expresa también en el discurso científico. En cualquiera de sus esferas de conocimiento. Prospera la pseudociencia, la psiquiatría es un excelente ejemplo de ello. Gran parte de su saber, publicado mediante artículos académicos y divulgativos, carece de rigor metodológico, o peor aún, son directamente falseados para sostener las técnicas de coerción citadas. Existen muchas referencias que alertan de este fraude, pero como toda crítica que apunta a la línea de flotación de nuestro orden social, decae mediante el descrédito de los profesionales que los firman, o son sepultados bajo cientos de artículos que los contradicen, o directamente no encuentran espacio ni soporte para ser publicados. Existen poderosos actores económicos y políticos que asumen esta labor, la mayoría, bien financiados por la industria farmacológica.

Casandra tenía una idea aproximada del galimatías psiquiátrico que la envolvía, sin embargo, era su penosa experiencia en estas unidades lo que le hacía recelar de cualquier ingreso. Así pues empezamos a trabajar juntos, desde la aceptación y el respeto mutuo, al menos en cierta medida. Como veremos, este respeto inicial fue incumplido por ambas partes, en diferentes momentos, lo que tensaría nuestra relación hasta su ruptura, semanas antes de su suicidio.

 

Desde el principio, Casandra dio muestras de ser un ejemplar exótico, un paciente de esos que estimula la curiosidad psicológica. No obstante, estas motivaciones iniciales, aunque suficientes para comenzar nuestra relación, fueron aplastadas con rapidez por la evidencia de su gran malestar. Sus dificultades eran profundas y enraizaban con lo que podríamos llamar cimientos de su personalidad. Era una mujer correosa, capaz de una extraordinaria resistencia y, paradójicamente, de una gran fragilidad. Se había convertido en una excluida social, una vagabunda y la experiencia de ese tipo de vida estaba mellando su carácter. Había perdido ilusión, su proyecto vital estaba quebrado y la rabia, a veces cólera, era su combustible. Efectivamente, no sin razón, descargaba contra todo cuanto le rodeaba. Evidentemente, yo no sería una excepción. Psicólogo de mierda, fue alguno de sus calificativos. Merecidamente imagino, a tenor de como acabaron las cosas. Sus críticas, que oscilaban entre la queja inofensiva hasta el vulgar exabrupto, se espacian contra su familia, a quien responsabilizaba del origen de su malestar, a las psiquiatras y demás psicoterapeutas, por no creerla, por exponerla a situaciones de riesgo y, por supuesto, a los servicios sociales, que tan poco le habían dado y tanto le habían exigido.

En el año y medio que pasó entre uno y otro contacto, Casandra había pasado por media docena de programas y dispositivos psicosociales. En todos ellos había pasado por las mismas tres fases. Un agradecimiento inicial, donde Casandra asumía el compromiso de cumplir con la normativa del recurso. Otra fase templada, donde emergían las críticas a procedimientos y normas. Y, finalmente, la expulsión del programa en cuestión por incumplimiento de los deberes y normas inherentes al programa en cuestión. En último término, a Casandra, como a muchas otras personas en situación similar, solo le quedó regresar a la familia, institución que, a pesar de todos sus defectos y debilidades, continua siendo el soporte más duradero en salud mental. Al menos para quien la tenga, para bien o para mal. Empero, las cosas no habían mejorado en el tiempo que Casandra estuvo enredada en los servicios sociales. Al contrario, los reproches eran grandes y las acusaciones constantes. La familia y los profesionales compartían el mismo juicio. Casandra no aprovechaba las oportunidades que se le brindaban. Es decir, se atribuía una responsabilidad individual a su situación, a su malestar.  La convivencia no era posible, así que para evitar nuevas confrontaciones, la familia tuvo la suficiente lucidez para ceder una vivienda para el uso exclusivo de Casandra. Podría haber sido una excelente elección, al menos lo habría sido para muchas otras personas, que malviven olvidadas por conocidos y ajenos. Ciertamente podría haberlo sido, de no ser porque Casandra no fuera quien era.  Cualquier otra, o al menos, la mayoría, habría sido capaz de manejar esta independencia con cierta soltura. No así Casandra, algo evidente teniendo en cuenta sus dificultades y su historial mental. Si se hubiera reflexionado al respecto, se habría deducido que tal decisión era un absurdo. Pero la familia estaba sola y aconsejada por profesionales pueriles. Además, quedaba el asunto más importante, Casandra estaba loca, en el más amplio de los sentidos. No sabía estar sola, no sabía estar acompañada. Básicamente su problema era que no podía estar. Que nadie piense que su problema era una cuestión de aprendizaje. Así que como era de esperar, la soledad a Casandra se le hizo insufrible, por lo que la rellenó como pudo. Y como pudo fue lo muy poco que podía estar con ella. Casandra era agotadora, incoherente, obsesiva, exigente, irracional… ¿Qué ‘tipo de personas son las que pueden convivir con alguien así? Desde luego no las cuerdas, que sí, sentimos mucha y afectada compasión por ellas, pero a la hora de la verdad, más o menos sutilmente, las dejamos de lado. Casandra abrió su casa a quienes pudieran soportarla, quienes necesitaran un hogar donde dormí y comer, donde descansar y estar. Las mejores intenciones, esas siempre las tuvo Casandra, pero los conflictos no tardaron en llegar, la familia en enterarse, los psiquiatras en intervenir. El resultado fue una crisis de angustia terrible, un intento de suicido que no se la llevó por los pelos y que la dejo en coma durante dos semanas en la UCI. Cuando despertó ya no hubo más casa, tampoco más servicios de apoyo, solo la calle. Todo por su bien. Aunque hubo algo más que no supimos hasta meses después. El intento de suicidio no pasó desapercibido y los engranajes de la maquinaria judicial, lentos, torpes, pesados e inflexibles comenzaron a moverse. Casandra recibiría sus consecuencias nueve meses después.

Para muchos el problema es la familia. Madres y padres que no saben serlo y que, movidos por esta ignorancia, maltratan y dañan a su prole. Ciertamente las familias explican muchas cosas. Rara vez es la ocasión en la que no hallamos conflictos y tensiones cuando nos asomamos a la intimidad familiar. Cualquiera podrá comprender, si sus prejuicios se lo permiten, que la precariedad vital, en forma de rentas inestables y escasas oportunidades, infraviviendas o las cada vez más situaciones de falta de apoyo social, son en sí mismas poderosas razones para el sufrimiento mental. Algunos seguirán apuntando al asunto del esfuerzo y del mérito para justificar las numerosas diferencias sociales entre unas personas y otras. Tal cuestión, absolutamente rebatida, representa ese pensamiento mágico de lo absurdo, que, para colmo, manejan habitualmente las clases pudientes, las más adineradas y afortunadas a través del privilegio de la herencia. En ningún caso del trabajo personal o de la inteligencia casual que podamos poseer. No obstante, la locura en mayúsculas, aquella que tradicionalmente viene a denominarse como psicosis, ciertamente se construye en la atmosfera familiar. La observancia de estos microsistemas sociales, indican una suerte de relaciones extrañas entre sus miembros. Este extrañamiento, tal y como lo denominaba Ronald Laín, expresa el modo en el que se produce y reproduce la locura. Ahora bien, acusar a la familia como causante del sufrimiento mental, es un simplismo. Otro prejuicio que pretende sitúa la locura como algo familiar cuando la atribución individual resulta inadmisible.  La psiquiatría dominante persiste en sus esfuerzos por liberar a la sociedad y sus organizaciones de toda responsabilidad. Cuando esta no se puede interpretar en función de la biografía de una persona, se acudirá a la familia. Ya sea para justificar una transmisión genética de la locura o para señalar al comportamiento negligente de los progenitores.

La genética de la enfermedad mental ha gozado de mucha publicidad farmacéutica, pero de escasas pruebas documentadas. De nuevo pensamiento mágico al servicio del sistema. En cambio, las hipótesis de la trasmisión de la locura por parte de la familia merece algo de detenimiento, aunque sea para esbozar algunas ideas al respecto.

La familia es la institución más importante para la socialización de nuestra especie. Actualmente, la escuela, los medios de comunicación y las redes sociales ejercen una importante influencia. No obstante, la familia sigue siendo la estrategia más eficaz para esta socialización. Especialmente porque su presencia durante la infancia, la etapa vital más importante para el desarrollo psicológico, es abrumadora.

Sin embargo, antes de proseguir por este derrotero, convendría atender, al menos brevemente, el proceso tan complejo que se produce con la socialización. Este fenómeno representa un confuso y sutil desarrollo psicológico, por tanto en gran medida inconsciente, que logra que cada persona se inserte en las normas y estructuras particulares de relación en cada cultura. Este proceso de adaptación hunde sus raíces en los primeros cinco años de vida, justo el periodo vital de mayor presencia del sistema familiar. La dimisión afectiva se establece en los primeros tres, el resto se desarrolla a la par que lo hace el lenguaje, sin el cual no es posible la emergencia de eso tan complejo y manido que llamamos conciencia, personalidad e identidad.

Esta socialización persigue, como hemos señalado la adaptación a nuestro entorno social. Pero este proceso no está exento de dificultades. Requiere cierto grado de estabilidad emocional por parte de las personas que lo llevan a cabo. Especialmente de la madre. Y digo madre porque sigue siendo así. Nos podemos poner todo lo feministas que queramos, pero este rol continua intacto en términos generales. Siempre, antes y después, hallaremos varones implicados y  responsables, pero en comparación estos hombres representan la excepción de una regla que permanece incólume. Así que la madre es la persona que instaura las primeras nociones afectivas, las cuales implican tanto la protección como el alejamiento emocional. Todo ello en sus justas medidas, tal y como Winnicot señaló, hace falta una madre lo suficientemente buena. Es decir, capaz de cuidar y proteger, de querer y amar para propiciar una separación  afectiva que ayude a conformar  una mente autónoma y estable, fundamental para el desarrollo social posterior. Esta delicada relación, capaz sin embargo, de resistir una alta diversidad de trato, representa eso que está tan de moda y trivializado que se denomina apego. Una estabilidad psicológica. Tanto afectiva como cognitiva, a partir de la cual se desplegará la vida adulta y todas sus relaciones interpersonales. Este proceso, plagado de contradicciones, entre preocupaciones y descuidos, todo infante se enfrenta a la complicada asimilación de las numerosas normas y códigos sociales. Leyes, tradiciones y costumbres que se aplicarán o no en función de condiciones explícitas e implícitas. Todas ellas interrelacionadas entre sí para dar lugar a comportamientos sociales concretos, a veces similares y otras veces opuestos. La complejidad de la organización social es tan intensa que no todas las personas son capaces de asimilarla. Obteniéndose en este sentido un muy diverso abanico de posibilidades. Desde personas pulcramente adaptadas a la norma social, otras más o menos situadas y, también, claro está, unas pocas del todo incapaces de hacerlo.

En este proceso de socialización, la contradicción de significados y sifnificantes, entre lo que se puede expresar y cómo hacerlo, representa la cualidad psicológica más difícil de interiorizar. Existen normas para transgredir otras normas, e incluso, aún más para invertir o negar la transgresión, asociadas a códigos complejos de comportamiento, mediados por situaciones específicas que convierten, a menudo, una relación interpersonal en algo aparentemente arbitrario. Lo cierto es que, a pesar de lo paradójico que nos pueda resultar, aprendemos a manejarnos hasta tal punto que estas normas y códigos sociales emergen de manera automática, sin mediar en ellos la conciencia. Al menos esto es lo que ocurre cuando el proceso de socialización es más o menos exitoso. Para cuando nos equivocamos la corrección emerge habitualmente en forma de castigo y culpa.  Y es que la socialización implica en sí misma un sufrimiento individual inevitable y proporcional a lo desigual que sea la sociedad en cuestión y a su tamaño y complejidad.  Es de entender que cuanto más compleja sea,  más normas serán necesarias para su funcionamiento. La familia, en todo este proceso, no es tanto causante, si no el medio de trasmisión de los valores que la promueve y genera. Es el cauce del rio cultural. Su papel no es otro que adaptar, mediante la crianza, a niñas y niños a la cosmovisión y paradigmas de cada época. En el caso que nos ocupa, la familia de Casandra, como la gran mayoría de familias, hizo lo que pudo por cumplir su papel. Ciertamente no lo consiguió, ahora bien, responsabilizarla de ello no sería más acertado que responsabilizar a la propia Casandra. Toda familia atraviesa múltiples dificultades. Las primeras tienen que ver con las propias contradicciones de la cultura a la que sirven, y es que aunque nos devanemos los sesos con sociedades más justas, más democráticas e igualitarias, lo cierto es que la coerción siempre será algo inherente a ellas. No obstante, esta coerción será más suave y, por tanto, llevadera en cuanto a sufrimiento individual en la medida que distribuya sus cargas y costes de forma más ecuánime. Estas tensiones se expresan mediante su estratificación o clases sociales. Una jerarquía que obliga a unos muchos a estar subordinados a unos pocos. Cualquiera podrá reflexionar al respecto. Toda sociedad jerarquizada requiere de valores y mitos que apuntalen las diferencias, de tal forma que estas no se cuestionen y amenacen el orden social. Así, el machismo o el racismo son elementos de severa contradicción y malestar, que se expresan en graves tensiones familiares. Criar en estos términos conlleva un daño sistémico, provocando, en algunos casos, el fracaso, parcial o completo, del proceso de socialización, dejando a estas niñas y niños a la deriva como adultos, en una sociedad que no comprenden y en la que malamente pueden participar. Por otra parte, toda familia tiene su propia historia, malestares que las atraviesan generación tras generación, heredándose sus traumas, sus heridas emocionales, de la misma forma que lo hacen los valores, las creencias o las aficiones. El caso  de Casandra, como se comprenderá, no era ajeno a estas cuestiones.  Arrastraba inercias que se reproducían y que se retro alimentaban con las habituales dificultades socioeconómicas. A menudo esta heredabilidad del sufrimiento mental se atribuye al mantra de la genética, argumento que carece de toda evidencia científica, aunque se continua afirmando su existencia a pesar de que la hipótesis psicosocial de transmisión del malestar está mucho más cargada de razones. A menudo el problema escriba en que rara vez se analizan familias por encima de la tercera generación ascendiente, lo que dificulta la toma de perspectiva de las relaciones y la transmisión de vínculos. Aunque la razón fundamental para infradimensionar la transmisión psicosocial del carácter y del sufrimiento psíquico tiene mucho más que ver con lo que ya hemos señalado. Evitar el cuestionamiento del propio orden social y justificar en todo caso, que el malestar psíquico tiene que ver con una cultura de la pobreza, en la que familias o pueblos enteros, generación tras generación repiten los mismos errores. Por otra parte, los dogmas y tabús instalados en la sociedad respecto a la familia, tales como honrarás a tu padre y a tú madre, hacen muy difícil la desvinculación con la familia. La culpa y la ignominia serán asuntos que perseguirán al hijo o hija descarriada. Perseverar en el rechazo a los progenitores conllevará la destrucción de la familia,  o la enajenación del miembro disidente, para que regrese al redil aceptando las relaciones y vínculos extraños y tóxicos de los que se pretender huir. La deconstrucción de la familia, esa idea benevolente que nos propone un paradigma de relaciones más respetuosas y voluntarias, no resulta ser más que otro ardid  con el que se nos distrae para no atacar al propio sistema y sus relaciones económicas, causantes obligadas de nuestro malestar social e individual. Representa la misma treta que se esconde cuando se afirma, con semejante e ingenua benevolencia, que la clave para el tan necesario cambio social se encuentra en la educación. Nada más lejos de la verdad. La familia y la educación son estructuras posteriores al modelo de producción económico, creadas justamente para su permanencia. Así, la familia es el baluarte del status quo, del orden social de cada momento y época. Por supuesto, si los valores y creencias que cimentaran nuestra cultura fueran más honestos y justos, la familia socializaría con la misma intensidad, con más o menos acierto, pero coherente con esos valores de honestidad y justicia.

Por todo ello podemos asegurar que, ciertamente, la familia no es el problema. La dificultad radica en los valores y normas culturales que promueve la familia. Entendiendo que la afectividad y la estructura emocional de una persona se construye en torno a la familia, a la cual se le debe una lealtad irracional. Por ello, el conflicto es inevitable cuando la familia socializa en contra de la salud y el bienestar.

La psicosis, ese estado mental al que Freud se refiere como intento de rebelión, emerge cuando la familia fracasa en su crianza. O más bien es la sociedad la que fracasa a través de la familia. Las personas psicóticas son aquellas cuya socialización ha fallado en lo más básico. Son aquellas que han carecido de la estabilidad emocional en su infancia, cuando el desarrollo psicológico es más sensible y vulnerable.  Carencia, inestabilidad e incoherencia. Estas son las tres condiciones que giran en torno a la génesis de la psicosis, o de la locura como tal. Ahora bien, quien esté pensando en una fórmula general para aclarar cómo y cuánto de intensas deben ser la carencia, la inestabilidad o la incoherencia, descubrirá que tal cosa está muy lejos de ser algo sencillo. Lo ideal, para sentirnos cómodos, sería hallar en cada caso de psicosis un evento turbulento, de carácter traumático, fácilmente reconocible y que se preste al consenso general. Cosa que a menudo, no suele ocurrir, tras lo cual, nuestro empeño suele centrarse en la búsqueda de un continuo de malestar. Padres y madres torpes, negligentes, egoístas, toxicómanos, pobres… Algo que desde la moral dominante no tenga discusión posible. Lo cierto es que todos esos factores son elementos a tener en cuenta. Sucesos vitales que podemos denominar como factores de riesgo. Lo cierto es que el asunto de la locura es mucho más complejo de lo que se puede apreciar tras una primera impresión. Resulta, de hecho, tan difícil de comprender que ni aun dedicando toda una vida a su análisis, podemos resolver el dilema que nos presenta. La locura se ceba en aquellas personas vulnerables, pero también lo hace con virulencia en otras familias, con independencia de ingresos o incluso de afectos maternos y paternos. Al menos en principio. Un examen más atento siempre revelará las fallas.  Como las condiciones sociales penetran en las relaciones familiares, impidiendo su tranquilidad y seguridad afectiva.

Todas estas contradicciones y paradojas, generaciones de complejidad cultural y desigualdad, cristalizaron en Casandra con una virulencia catastrófica. Los pecados de innumerables generaciones recayeron sobre ella haciéndole imposible la vida. Para Casandra, las normas sociales eran engañosas y agresivas, incomprensibles. En su caso, la locura arraigó en su etapa más infantil, incluso antes de que emergiera en ella el lenguaje y pudiera con este simbolizar y relativizar la realidad cultural. La tan necesaria seguridad afectiva no penetró en ella, quedando en un limbo de sentimientos y emociones difusas, fragmentadas e inconexas entre sí. La identidad que pudo desarrollar fue precaria y fragmentada.  Nunca llegó a saber con certeza quién era porque no podía ser alguien. Cualquier identidad que pudiera desear se descomponía al nombrarla. Tenía ideales, sueños y aspiraciones, pero ajenas a la realidad, tan perfectas como las siente una niña, pero que se desmoronaban en cuanto el mundo externo, la sociedad, se las devolvía, trasformadas, mermadas por ese consenso cultural que se escapaba constantemente a su comprensión. Las etiquetas con las que configuramos el mundo eran para ella imposiciones que no podía entender. Palabras como madre, hija, familia, sexo o género, le resultaban ajenas, como pronunciadas por un idioma extraño. Imposibles de acatar, por lo que su lugar en el mundo, aquel que más o menos la mayoría logramos encontrar, le era siempre esquivo, y el rechazo era lo único que recibía a cambio. Este rechazo que degrada y discrimina a partes iguales, impulsa a la única identidad posible que ofrece nuestra sociedad a personas como Casandra. La locura, en forma de diagnóstico mental y excusión social son, el único camino que se les brinda. Si lo aceptan, asumiendo el control psiquiátrico y el menoscabo social, hallarán cierta paz en una vida mermada. Ahora bien, para quienes no puedan aceptarlo, les espera un calvario, un acoso constante para reducirlas, sin importar, como en breve descubriremos, cualquiera que sea su consecuencia, por catastrófica que pueda resultar.

 

 

Un poco de locura

La situación de Casandra, en este segundo encuentro, era distinta. Lamentablemente, la cosa había empeorado desde nuestro primer contacto, año y medio atrás… Obligada a hacer todo tipo de piruetas pero sin red que la pudiera sostener si perdía el ritmo. Como no podía ser de otra forma, el desequilibrio llegó, rompiendo la delicada convivencia que mantenía con su amiga. Ocurrió de un día para otro, a cuenta de algo tan trivial como fregar los platos. Difícil de entender, pero así era Casandra, ambivalente, podía pasar del cariño al odio con tanta rapidez que llegaba a asustar. Dejaba perplejo a quien estuviera a su lado. Su comportamiento era incomprensible y errático. Realmente era muy complicado asumir su manera de ser, soportar sus cambios de humor y parecer. Más aún cuando la relación se sostenía en una amistad voluntaria y sujeta a la ruptura. Pero así era Casandra, frágil, imprevisible, disociada. En su interior percibía las contradicciones sociales, pero era incapaz de dotarles sentido o significado, se perdía en la relatividad de los matices de la comunicación. Su propia afectividad le era ingobernable, No podía dejar de decir lo que sentía o actuar como lo hacía. Y tal cosa ocurría, como ya hemos señalado, por la constitución de su mente, carenciada en momentos sutiles y fundamentales de su desarrollo. Estaba desposeída de las capacidades mentales que para muchos resultan obvias, por lo que para Casandra el mundo afectivo y social era un galimatías en el que el lenguaje, lejos de aclarar, le provocaba una constante confusión. La misma que tendría un cojo si se le reprochara su andar torpe o a un ciego se le preguntara por el color de su ropa. El malestar, el sufrimiento se   recrudecía con la incomprensión social, expresada en cada uno de los comentarios reprobatorios, displicente o directamente insultantes. El caso fue que su amiga llegó a su límite y me cedió el testigo. Lo hizo con la pena y la culpa del que sabe que no puede dar más sin hacerse daño y, a la vez, sabiendo que no dar más supondía un grave perjuicio para su amiga. Meses después, yo mismo estaría en una tesitura similar, llegando a plantearme el acogimiento de Casandra en mi propia familia. Obviamente, tal cosa nunca llegó a ocurrir, como todos los demás, a la hora de la verdad, del momento crítico, puse mis excusas.

Empezamos el trabajo de apoyo  por el principio, repasando los pasos ya dados sabiendo que no hallaríamos recursos nuevos. Movilicé cuanto pude en torno a Casandra. Terapia individual, acompañamiento hasta donde fuera necesario, mediación con la familia y, esto fue lo más difícil, organizar un poco de ocio para su compañía. En total involucré a media docena de personas, algunas profesionales, otras simplemente buena gente, de esa que tanto se necesita y tan poco abunda. Pero Casandra regresó a la calle, nada encontramos para ella, ni salario social, ni ayudas de emergencia, ni alternativas habitacionales.  Comía en la cocina económica, el resto de día paseaba de aquí para allá, tocando puertas que no se abrían o si lo hacían, se cerraban en cuanto la reconocían. Así estuvimos durante dos semanas, observando su deterioro físico y mental. La calle es dura, el sinhogarismo destroza, te lleva asumir y a acostumbrarte a unas condiciones de vida humillantes. A pesar de ello Casandra respondía con un discurso de fuerza. Recuerdo que me impresionó su resistencia, su tenacidad. Habíamos retomado el contacto con su familia, pero ella renegaba de cualquier reconciliación. No obstante, el agotamiento empezaba a pasarle factura. Ella se reafirmaba en su capacidad de adaptación, había encontrado un par de lugares aceptables para pasar la noche, pero era evidente que comenzaba a flaquear y, en su caso, aquello podía llevarla a un recrudecimiento de su malestar. Hasta el momento, más o menos contenido entre el apoyo precario que le estábamos ofreciendo y el sostén que le otorgaba su rabia antisistema. Adelantándome a lo que vendría, le hice una propuesta que sabía que me iba a negar. Le planteé un ingreso preventivo en la unidad psiquiátrica, a fin de que por lo menos allí podria descansar y, a la par, nos diera tiempo para conversar con su familia a fin de recuperar el domicilio que semanas a tras le habían cedido, antes de su intentona suicida. La rotundidad de su negativa no me sorprendió, pero no por ello se me hizo más fácil que una joven de veintipocos viviera como una indigente. De hecho, esa cuestión me revolvía y en ocasiones me resultaba insoportable. Empero, para Casandra resultaba un motivo de orgullo. Aquella era su guerra, una forma de devolver el daño sufrido. Era una excluida que rechazaba la ayuda que se le daba. Aquel era su sostén, la fuerza que nutria su estabilidad mental. Forzar un cambio o criticar su obstinación la habría alejado de nosotros y de lo poco que podíamos hacer por ella.  Así que esperamos. Esperamos a que la calle hiciera su efecto y agotara la resistencia de Casandra. Mientras tanto mi relación con la familia se estabilizó. Llegamos a algunos acuerdos que pondríamos en práctica si se daban las circunstancias adecuadas, las cuales estaban al caer. La familia, madre y padre, se comprometieron por escrito a ceder el uso de la vivienda que mantenían desocupada, además de asignarle una paga de 350€, para cubrir gastos personales. Todo ello al menos hasta que pudiera acceder a recursos propios. Todos estos acuerdos eran conocidos por Casandra, pero a pesar de ellos mantenía su negativa a aceptarlos y, menos aún, a ingresar en psiquiatría, por poco tiempo que fuera. Aunque, finalmente, como no pudo ser de otra forma, acabó haciéndolo.

 

Está muy bien instalada en la creencia profesional y popular que los delirios son pensamientos absurdos e irracionales, sintomáticos de la locura más evidente. Rara vez se trata de analizar algo en ellos, de interpretar algún significado más o menos oculto que nos ayude a entender el malestar de quien los padece. Así es la psiquiatría y psicología dominantes, ignorantes por completo de su propio trabajo.

Ciertamente los delirios son síntomas de malestar psicológico, muy relacionados con los trastornos mentales más graves, tales como esquizofrenia, trastorno bipolar o trastorno límite. Expresado con un vocabulario más tradicional, el delirio se relaciona con la psicosis, un estado mental al que definimos como  alterado por su disociación con la percepción mediante la emergencia de alucinaciones y con la paranoia, esto es, un discurso interno que no encuentra fundamento en la realidad cultural. Es decir, la persona psicótica en un momento de crisis percibe estímulos sensoriales que el resto de personas no pueden confirmar o elucubran pensamientos irracionales, ajenos a los sucesos de su entorno. Ahora bien, existen muchas excepciones al respecto que desmontan este planteamiento, o al menos obliga a una reflexión responsable, ya que a pesar de su apariencia irracional, el delirio presenta un gran valor psíquico, metafórico y subjetivo, útil de alguna forma para la persona que lo sufre. El problema radica en que, a menudo, los delirios exceden los límites de la cosmovisión del contexto social, razón por la cual son rechazados con rapidez. No obstante, cuando estos delirios forman parte de un consenso, nos encontramos que pueden ser validados sin dificultad e, incluso, darse el proceso inverso. Rechazar a quienes no los compartan. Podemos sacar a relucir muchos ejemplos al respecto, siendo la superstición, ya sea en forma de religión ortodoxa, espiritualidad innovadora o mitología caduca, la más representativa. Son muchas las personas que alegan escuchar voces o tener  visiones, experiencias religiosas que gozan de un buen respaldo y credibilidad social. En estos casos, el delirio no es interpretado como tal al formar parte de un significado compartido lo suficientemente amplio para que encuentre su aceptación. Existen numerosos ejemplos de personas que han perseguido visiones e ideales paranoicos, tales como Juana de Arco o Teresa de Jesús, por no hablar de las nuevas tendencias posmodernas que van ganando adeptos. A parte de las típicas sectas y grupos religiosos ultraortodoxosy las prósperas tendencias New Age, proliferan variopintos colectivos de negacionistas. Desde aquellos que niegan holocaustos y genocidios a terraplanistas y grupos antivacunas.

Pero más allá del mundo de la superstición y el misticismo, el delirio compone uno de los más claros indicadores de locura cuando la alucinación o la paranoia en cuestión excede la racionalidad del momento. Es decir, la persona se halla disociada de la realidad. En estos casos se aplica un rasero común de claro síntoma psicótico  y, por tanto, de locura. No obstante, el delirio puede y debe ser interpretado, por absurdo que nos pueda parecer, pues resulta ser una defensa, un intento de adaptación extrema ante el sufrimiento.

Recuerdo un caso especialmente ilustrativo. Durante el periodo de la pandemia, situación que exigió mucho a mucha gente, no fueron pocas las personas que quebraron. En concreto, traté indirectamente a una persona afectada de trastorno bipolar que siendo extremadamente católica, había interpretado que el fin de mundo llegaba a su fin. La paranoia era fuerte, bien cimentada en la mitología cristiana del apocalipsis, por lo que dejó casa y trabajo para aislarse en una zona rural muy apartada, y  vivir en una cabaña. En este caso, el delirio compuso una salida ante un sufrimiento atroz, que había superado todos los recursos y mecanismos de defensa socialmente aceptados. El aislamiento y la grave incertidumbre que generó la emergencia sanitaria, combinadas con los malestares habituales de la vida cotidiana, fueron excesivos para la persona a la que nos referimos. Seguramente, romper con su trabajo y hogar eran decisiones inasumibles, responsabilidades de las que no se podía liberar. Pero también insoportables. Ante este terrible malestar, este callejón sin salida, la paranoia del fin del mundo, anclada en firmes creencias religiosas y reforzadas por la pandemia, dio lugar a una puerta trasera para el cambio que su vida necesitaba pero que no podía reconocer. Obviamente, el problema es que la paranoia no supone una solución plausible a medio largo plazo, en tanto que se aleja del consenso social de cómo hacer las cosas. En este sentido, este comportamiento divergente no es respetado , por lo que se activan mecanismos y estrategias de control, para resituar a la persona díscola dentro de lo socialmente aceptado, ya sea en calidad de enfermo mental, como paciente crónico estabilizado o no. Uno de esos mecanismos para este ajuste social lo componemos psicólogos y psiquiatras. Auténticos administradores de lo que se puede y no se puede hacer, pensar y sentir. Si en otros tiempos esta labor la llevaron a cabo curas y sacerdotes, ahora, mayoritariamente lo hacemos nosotros. Así pues, una joven se puso en contacto conmigo, extremadamente preocupada por el comportamiento de su padre, que como he señalado, persuadido por el Apocalipsis, lo había dejado todo, familia, hogar y trabajo para esperar el fin de mundo al resguardo de una cuadra. Esta joven, aseguraba que su padre no quería hablar con ningún terapeuta, que estaba ligado a creencias católicas muy cerradas, por lo que no sabía que podía hacer para ayudarle. La desesperación de esta chica no era para menos. Ciertamente los delirios resisten cualquier razonamiento, negarlos o situaros en lo absurdo no hace que desaparezcan. Más bien lo que provocan es una fuerte desconfianza en quien pretende así desactivarlos.

La solución, parcial y temporal, fue hacer uso del propio delirio como argumento para que este se desvaneciera. Propuse a la joven que contactara con un sacerdote vinculado al Opus Dei, secta católica caracterizada por una fe especialmente férrea y retrógrada, pero que seguramente gozaría de credibilidad dentro del marco de superstición religiosa del delirio. Este sectario, debía de avenirse a la dramatización respecto al Apocalipsis, para explicar al paciente en sus propios términos que había confundido las señales del fin del mundo. Desconocía si el cura en concreto compartía la misma intensidad de fe, pero lo que nos interesa del asunto es que la paranoia se desactivó lo suficiente para armar un tratamiento. Aunque los pensamientos delirantes no desaparecieron, se hicieron lo suficientemente flexibles para que penetraran nuevos razonamientos que lo llevaron de nuevo a su hogar y establecer una intervención de apoyo.

Este sucinto ejemplo, más complejo de lo que tan brevemente he expresado, ayuda a entender que la paranoia debe siempre tratarse con cuidado, ya que representa una protección, un intento de afrontamiento extremo. Negarla o combatirla puede dejar a la persona que la padece aún más vulnerable. Pero no solo la persona diagnosticada de un trastorno mental grave es susceptible de padecer alucinaciones. Recordemos, alteraciones en la percepción ajenas a la realidad cultural de referencia. Cualquier persona sometida a fuertes tensiones puede verse afectada de algún tipo de confusión perceptiva o discurso paranoide. Se suele pensar que estas cosas, escuchar voces y demás, es asunto de personas particulares, con familias extrañas o que han padecido traumas terribles en sus vidas. Guste o no, tal cosa forma parte de los fuertes prejuicios existentes en torno a la locura. De hecho, yo mismo he conocido el delirio y, careciendo de diagnóstico alguno, he escuchado voces en mi interior totalmente fuera de mi control consciente. Tal experiencia me ocurrió durante el grave malestar que pasé en forma de depresión cuando perdí la vista. En los momentos más duros de este proceso, cuando la desesperación me desbordaba y me sentía totalmente incapaz de afrontar la ceguera. En esos momentos de pensamientos catastróficos una voz surgió de mi interior para darme ánimo y consuelo. Me calmó y reconfortó con palabras amables y cariñosas, de la misma forma que hace una madre con su hijo, de la misma forma que hago yo con el mío. Fue un momento breve, de apenas quince minutos de conversación. Fue balsámico y esperanzador. Diría que reparador, ya que a partir de aquel momento mi afrontamiento mejoró, digamos que pasé de la parálisis y el terror, a la aceptación y la reconciliación con ese nuevo yo que emergía de las tinieblas de la ceguera.

Si fuera creyente de algún tipo, seguramente habría Interpretado la alucinación como una experiencia religiosa, o al menos como señala Erick Fromm, como un asistente mágico, un soporte espiritual. Siendo ateo como soy mi explicación es materialista y más razonable. Superados todos los recursos de mi yo, esa parte que aglutina el aparato percepción-conciencia que denominó en su momento Freud, mi mente, en un esfuerzo hercúleo, para frenar el sufrimiento de la pérdida sensorial, se disoció, dando lugar a una singularidad que me permitió elaborar el trauma internamente, pues parte del problema radicaba en la gran dificultad que tenía para expresar mi pérdida a las personas que me rodeaban. La voz extraña, la alucinación no regresó. No hizo falta, ya que poco después empecé una terapia para situar los cambios inherentes a mi nueva situación vital. La voz que necesitaba la encontré en mi terapeuta. Una solución mucho más coherente y ajustada a la realidad cultural de la que me ofrecía el dialogo delirante. No obstante, quisiera aclarar algunas cosas antes de proseguir, ya que no serán pocas las personas que confundan las razones de que mi delirio alucinatorio no se reprodujera. La voz de mi terapeuta, como la voz de mi interior no son más que reproducciones de la voz materna. Representan la interiorización del discurso de mi propia madre, o más bien de esa tan necesaria e indispensable estabilidad afectiva, que sin duda fue lo suficientemente buena para proveerme de la confianza básica que señalaba Erickson o la base segura que apuntó en su momento Bowlby con su teoría del apego. La razón por la que la depresión no arraigara en mi psique no fue por esfuerzo personal o fuerza de voluntad. Claro que no, la razón de que la melancolía no se apropiara de mi persona se encuentra en mi constitución psíquica, alimentada y organizada por una madre y un padre competentes a los que les acompañó un grado aceptable de bienestar social y económico. Dado que nadie elige a su familia ni las condiciones históricas y culturales con las que nace y crece, fue, sin duda alguna, una cuestión de chiripa lo que hizo que la tenaz y dolorosa depresión que padecí no me destrozara completamente.

Para Casandra, en cambio, la cosa fue muy distinta. El delirio emergió al poco tiempo, más aún cuando en ella este era un recurso bastante habitual, pues su mente, que no pudo disfrutar de la necesaria tranquilidad para su desarrollo, no podía anclarse como la mayoría en la realidad cultural. La psicosis era en ella un rasgo bien asentado en su personalidad, no un estado temporal. Sometida a un callejón sin salida, sin recursos a los que agarrarse, la calle hizo un efecto de deterioro acumulativo. Sin embargo, la única opción posible, el ingreso en la unida psiquiátrica, seguía sin ser una opción asumible para ella. En este momento apareció la paranoia, como una defensa extrema frente al sufrimiento de la exclusión social. Esta paranoia, en forma de delirio de persecución, hizo uso de un conflicto real con unos conocidos suyos, que le reclamaban algo de calderilla. Casandra empezó a sentirse espiada y seguida por esas personas, se escondía en garajes y callejuelas, empezó a tener miedo a hablar por teléfono y se sentía escuchada en todo momento.  Fue de esta forma, gracias a este delirio, que Casandra asumió el ingreso psiquiátrico como una posible solución, no a su malestar personal o a su situación de sinhogarismo, si no como protección contra sus perseguidores. El ingreso fue algo turbulento, pues ella aseguraba que sus perseguidores estaban en el hospital. Aseveraba escucharles como conspiraban con el personal sanitario. Hubo que emplearse a fondo, altas dosis de antipsicóticos y amenazas de contención mecánica. Que nadie se sorprenda, lo habitual cuando quien ingresa plantea dudas. Pero vayamos a lo que nos importa en este caso. El delirio cumple una función. Resulta ser una defensa, un recurso extremo cuanto todo lo demás ha fracasado. Empero no está exento de daños.  Los delirios someten a quien los padece a gran estrés y ansiedad, disocian el pensamiento, dejando a quien los sufre desorientados o incluso, totalmente ajenos a la realidad cultural.  En este estado, la psiquiatría responde con dureza y con todo su arsenal coercitivo, por lo que el resultado final suele ser una persona extenuada y mentalmente rota.

Así pues, tras dos semanas de agotamiento físico y mental, Casandra hizo lo que no quería voluntariamente, o todo lo voluntariamente que puede hacerse en tan terribles circunstancias. En cualquier caso lo hizo gracias a su delirio de persecución. Una suerte de fusible mental que le permitió actuar sin saltarse sus principios morales, los cuales se basaban en la defensa irreductible de su libertad, de su autonomía personal. Cualquier atentado contra estos ideales nos llevaría, como finalmente ocurrió, a una espiral de sufrimiento, con las peores y más dramáticas consecuencias.

 

 

Desintegración social.

Paradógicamente, a pesar de lo difícil que fue el ingreso de Casandra, una semana después, ya contaba con el alta médica. Un alta que no logramos retrasar a pesar de todo nuestro empeño. Necesitábamos tiempo para recomponer las relaciones familiares, restañar heridas y encauzar malentendidos. Pero la psiquiatra de turno, jefa de la unidad psiquiátrica y prepotente de manual, no la quería allí. Poco le importaron nuestras explicaciones. Nos respondió con arrogancia, molesta por nuestra implicación, que sin duda consideraba una intromisión y un cuestionamiento de su trabajo. En ningún caso interpretó nuestras intenciones como un apoyo. En cierta manera nuestra presencia evidenciaba su incompetencia, así que no nos lo puso fácil, apenas se avino a colaboración. De hecho, cuando Casandra egresó de la unidad, le reprochó nuestra ayuda, señalando que era una paciente difícil que no aprovechaba lo que se le ofrecía. Esta señora representa un excelente ejemplo de mala praxis y soberbia condensada, de la que debemos tomar nota, pues, lamentablemente, este perfil profesional no escasea en salud mental. No en vano he escuchado numerosas quejas sobre el trato mezquino y humillante que esta psiquiatra ofrece a muchos pacientes. Quejas que no pueden ser expresadas, ¿Cómo hacerlo ante la posibilidad de una recaída y nuevo ingreso? Las quejas en psiquiatría traen consecuencias, recordemos que durante la estancia psiquiátrica, los derechos humanos que se presuponen en toda persona, decaen en cuanto pones un pie como paciente.

A pesar de aquellos penosos consejos, Casandra recuperó parte de su arrojo y su distraída alegría. El encierro psiquiátrico cumplió su papel.  El delirio seguía inmutable en su recuerdo, obstinado como solo lo son las paranoias, pero el temor asociado a este y la angustia de sentirse perseguida o espiada había decaído.  Evidentemente ya no era necesario. Por nuestra parte, habíamos hecho los deberes, cosa que afectó para bien en Casandra. Ahora tenía una casa a la que regresar y una paga, que aunque exigua, le alejaba de la indigencia. Madre y padre se avinieron a un compromiso, al menos mientras estuviésemos presentes como apoyo. El acuerdo fue rubricado por escrito y aunque no esperaba que durase mucho tiempo, si el suficiente para que pudiéramos apuntalar algunos progresos.

La intervención que nos planteábamos pretendía pasar de la urgencia a lo importante. Cosa nada fácil en personas como Casandra, habitualmente sometidas a fuertes tensiones que obligan a actuar sobre lo inmediato. Esta cuestión lastra a la larga muchas intervenciones sociales, generando fuertes sensaciones de frustración e inutilidad que acaban con la paciencia y la resistencia de los pretendidos profesionales. Lo que a su vez fortalece el discurso dominante de que son las usuarias y usuarios de estos programas de intervención los que no ponen de su parte.

Así pues, nos planteamos objetivos claros y acordados con Casandra. Acompañamiento y apoyo para su vida cotidiana y terapia psicológica, más como sostén emocional que como solución de problemas. La mente de Casandra era divergente, al menos respecto a la realidad cultural que nos ocupa a la mayoría, más o menos enajenados pero adaptados al orden social, o quizás sometidos, que cada cual elija la palabra que prefiera. La otra pata sería la parte económica. Casandra necesitaba disponer de recursos propios, ya que la familia, antes o después, empezaría a mostrar ciertas reticencias. Sin embargo, en este punto seguíamos igual, sin recursos a los que acudir. Casandra se situaba en un vacío administrativo, en una franja de edad para la que no existían ayudas económicas de ningún tipo. Al menos  hasta que cumpliera un par de años más y pudiera acceder al salario social o a otras ayudas similares. No obstante, gracias al tiempo extra que nos concedió la tregua familiar, hayamos un programa de inserción social. Una formación que ofrecía por una parte, beca mientras esta durara y un contrato de seis meses prorrogable otros tantos. Aquello fue toda una sorpresa, ya que era todo lo que Casandra deseaba. Una oportunidad para salir del impás de dependencia en el que se encontraba. Fue un éxito que lo distorsionó todo. Un  espejismo producto de nuestros prejuicios y que, cegados por la ilusión,  no supimos advertir.

La mayoría de las actuaciones con personas diagnosticadas de trastornos mentales graves o en situación cercana a la exclusión social consiste en eso que se viene a llamar integración social. Recientemente, como con otras discriminaciones, el término se ha modificado para definirse como inclusión social. Es algo habitual en todo aquello que se refiere a la vulnerabilidad, haga uso de eufemismos. Cambiar las palabras para que no cambien las cosas. Así, de minusválidos pasamos a discapacitados y, recientemente, a diversidad funcional. De enfermos mentales a neurodivergentes o personas de alta sensibilidad. En la práctica, cuanta diversidad para tan pocos derechos humanos. Pues bien, eso de la inclusión social pasa por normalizar de alguna forma a esas personas que no saben o no pueden encajar. Es decir, que trabajen y consuman, como el resto. Y si no pueden trabajar porque su problemática, física, mental o social es excesiva, pasamos por la incapacidad laboral para que al menos entren en el circuito del consumo. No tanto por consumidores si no por ser objetos de consumo para otros. La legión de mal pagadas y precarias educadoras, trabajadores sociales y cuidadoras que componen eso que se llama servicios sociosanitarios y sociales. Esta inclusión apenas tiene en cuenta la subjetividad de cada cual ni su malestar personal, pero de hecho, como rara vez es la ocasión en que el sistema, seguridad social, sanidad y educación, logran compensar la vulnerabilidad de la persona excluida, la solución pasa por exigirles lo que justamente no pueden hacer, esto es encajar, adaptarse a la sociedad que les rechaza y discrimina por no poder hacerlo. En algunos casos, aquellos en que el malestar no es atroz, o al menos no  lo es con mucha frecuencia, las personas pseudoincluidas  logran a un elevado coste personal entrar en ese mundo de la inclusión si tienen la suerte, que no  la justicia, de merecer un piso y un trabajo protegidos. Todo ello precario y humilde, por no decir humillante, pero que queremos, encima de que el estado da y regala, no van a vivir como si fueran personas normales.

 

Así que con todos estos mimbres hicimos un cesto para Casandra. Cesto que demostró ser un fraude en muy poco tiempo. Motivados por el inicial entusiasmo de Casandra con su egreso hospitalario y los compromisos familiares, nos dirigimos a los centros especiales de empleo. Empresas con el subterfugio de fundaciones que ofrecen salario mínimo y empleos sin cualificación para personas en situación de vulnerabilidad. Discapacitadas por una u otra razón, desempleadas por largo tiempo o pertenecientes a colectivos de particular marginación. A cambio de esta labor, el estado se hace cargo de la seguridad social. Un interesante negocio el de estas fundaciones que  actúan como auténticas ETTs, colocando a personas excluidas en otras empresas a cambio, eso sí, de la mordida adecuada, a la que se viene a denominar beneficio.

Nuestro problema fue algo obvio. Algo que deberíamos de haber previsto. Pero claro, los prejuicios son fuertes y aunque nos creamos especiales, sensibles al sufrimiento ajeno, calan hondo y cuando te quieres dar cuenta estás hundido hasta el cuello en ellos.

Casandra empezó la formación con brío e ilusión. Realmente creía que tenía ante sí la solución a sus problemas. Seis meses de formación pagada y año y medio de contrato era un sueño hecho realidad. Ciertamente la realidad se impuso en poco tiempo. Su realidad, aquella que le había llevado desde que era una cría por los derroteros de la discriminación y de la locura. Nos sorprendió cuando empezó a cumplir el estricto horario de la formación. Siete horas, de ocho de la mañana a tres de la tarde. Tenía que levantarse  a las seis y media, sola con su despertador. Después ocupaba la tarde confeccionando apuntes y repasando las lecciones del día. A base de empeño y disciplina pretendía sacar el curso y obtener el preciado contrato. Lamentablemente las dificultades no se hicieron esperar. Como en tantas otras ocasiones no logró hacer pie entre sus compañeras de aula. Fue algo sutil, como siempre suele ocurrir. La discriminación solo se muestra con violencia explícita en los menos casos, los más llamativos pero en la mayora ‘de las ocasiones esta es disfrazada mediante preferencias y sutiles exclusiones. Casandra hizo lo que pudo por integrarse, pero era una persona difícil en lo social. En el mejor de los casos destacaba por rara, a partir de ahí, los calificativos progresaban en poco tiempo hasta loca de remate. Casandra no sabía estar en grupo, no sabía manejar una conversación que se saliera de lo más coloquial, no por falta de conocimientos, sino porque los significados del lenguaje se le escapaban. Entendía las palabras, pero no las ironías y el sarcasmo. Si solo hubiera sido eso, podría haber pasado por ingenua o inocente, pero su problemática iba mucho más allá. Confundía los afectos, los mensajes no verbales y carecía de ese saber estar tan espontaneo y que regula toda relación donde no se puede decir lo que uno piensa en cada momento. Las falsas verdades que tanto decoran las relaciones interpersonales, las omisiones y los secretos resultaban a Casandra no ya incompresibles, si no hipocresía y mentiras. Carecía de la capacidad para relativizar y contextualizar. Todo pasaba por sus entrañas emocionales, sin digestión social alguna. Por lo que sus respuestas, aunque sinceras e, incluso, en ocasiones también correctas, chocaban con el juego de apariencias de las relaciones humanas. Podríamos decir que era como una niña, a esa edad donde aún no se dominan la conversación y cada palabra solo puede ser lo que literalmente significa. Donde los afectos son de todo o nada y los miedos son terribles mientras que las alegrías plenas.

Casandra parecía comportarse como una niña. La niña que no pudo ser ni desarrollarse. La niña que se quedó por el camino, fragmentada y sin identidad conformada, a la deriva en el galimatías de significados paradójicos y sentidos contradictorios que componen las relaciones sociales

De esta forma, el cesto que compusimos para Casandra, se desmoronó en cuanto tuvo que soportar la más mínima presión. No obtuvo más que exclusión en un programa formativo que estaba diseñado específicamente para combatirla. A las dos semanas tuvo su primera falta de asistencia. Le dolía la cabeza, nos explicó. Después fue el estómago y cuando al cuarto día de ausencias nos llamó su tutor, Casandra se derrumbó en una nueva crisis psicótica. Era evidente que a pesar de sus denodados esfuerzos, no podía seguir en el curso, tratamos de  explicar al tutor las dificultades con las que topábamos, pero este se mostró inflexible. A pesar de que aseguraba estar familiarizado y formado respecto a las problemáticas de la salud mental, su propuesta era insistir en que Casandra debía continuar la formación. Para ello hizo uso de términos como fuerza de voluntad, capacidad de superación y motivación. Le explicamos lo mejor que pudimos que la problemática de Casandra era muy compleja, que no se debía a falta de esfuerzo o interés en el programa. De hecho, su esfuerzo y voluntad eran tenaces, como en pocas personas he conocido. Si fuese por méritos, Casandra debería liderar alguna corporación empresarial o formar parte del gobierno del país. Su voluntad era férrea y su motivación firme, pero claro, estas cosas poco pueden contra la discriminación y el descrédito cuando este ya se ha instalado. Todo esto intentamos explicar al susodicho tutor, pero de poco valen los argumentos a quien no quiere entender. Para quien no quiere cuestionarse.

 

Aliviamos como pudimos a Casandra, tratando de minimizar su abandono en la formación, pero el daño ya estaba hecho. En su mente divergente no había flexibilidad ni posibilidad de  relativizar el fracaso, que había tomado la consideración de Absoluto. Era como si pensara que ya no tenía más oportunidades, que había perdido y que su vida no tenía remedio alguno. El fracaso contenía ecos de su niñez y adolescencia, de cada una de las veces que le habían rechazado, de sus carencias afectivas y de la discriminación constante a la que estaba sometida. Nadie la creía, nadie la toleraba ni respetaban. Y lo peor era que Casandra era perfectamente consciente de ello. Nuestras palabras no fueron sufrientes para atemperarla y la rabia con la que resistía comenzaba a flaquear. Cierto era que en estos tres meses los conflictos habían sido habituales, Casandra oscilaba permanentemente entre una sumisión colaboradora y la rebeldía gratuita, pero habíamos mantenido cierta estadidad en la zozobra. Las relaciones familiares eran turbulentas pero la mediación había sido efectiva, al menos hasta que Casandra no pudo soportarlo más. La niña que fue regresó literalmente, con una disociación regresiva. Su voz cambió para tornarse infantil, sus andares se hicieron torpes como los de la niña que acaba de empezar a caminar. Perdió habilidades y vocabulario, empezando a referirse a sí misma en tercera persona y con diminutivos. Buscaba permanentemente un afecto infantil y su llanto era constante, de la misma forma en lo que lo hace una niña que ha perdido a su madre. La regresión acudió como defensa, de igual manera en que antes lo hizo la paranoia. La mente divergente de Casandra retrocedía a una etapa infantil en la que podía sentirse más segura. Un recurso psicológico que se puede apreciar en niñas y niños sometidos a carencias afectivas y maltrato. Regresan a juegos y etapas del desarrollo ya superadas, en busca de refugio emocional.

En retrospectiva, nuestro error fue hacer lo que parece más lógico, normalizar. Ahora bien, normalizar no siempre tiene que ver con recuperación. De hecho, en muchas ocasiones, sino la mayoría, suele ser lo contrario. Casandra no podía integrarse, adoptarse o incluirse en la sociedad que le había rechazado. Carecía de la mente suficientemente preparada para ello y la sociedad optaba por el descrédito y la discriminación en sus empeños. En este punto perdimos él pulso a la intervención terapéutica que nos habíamos trazado, o lo que fuera que estuviéramos haciendo. Además, la familia, ilusionada con los avances de su hija, comenzó a presionar. Primero con comentarios de preocupación y después con críticas abiertas al qué hacer con la vida de Casandra, para la cual buscaban un proyecto , el que fuera, pero que entrara de alguna manera por el aro  de la sociedad en la que vivía. Lamentablemente, aquello era lo único que Casandra no podía hacer. Su resistencia era encomiable, podía aguantar la tensión de la calle y el impacto del sufrimiento mental mucho más que cualquiera de los que estábamos a su alrededor dándole consejos sobre cómo y qué hacer. Pero ser normal le era del todo imposible, más bien malsano, tóxico y perjudicial.

El mes siguiente no fue fácil para nadie, aún menos para Casandra, que deambulaba de aquí para allá, sin orden ni concierto, mendigando compañías, de las cuales solo respondían las más inadecuadas, las únicas disponibles. Recuperó amistades de sus meses de sinhogarismo, retomando la relación con el que había sido su pareja, indigente profesional y toxicómano de manual que, para colmo, le duplicaba la edad. Cosa que nos puso contra las cuerdas, pues aquello desbordaba los mandamientos de nuestra moral, provocando conflictos añadidos con Casandra. La familia, aunque algo distante, continuó presionando, advirtiendo de inminentes peligros. Comenzaban a desaprobar nuestro trabajo y cometimos nuevos errores. En un esfuerzo por mantener implicada a la familia, dado que seguían siendo el único recurso con el que contaba Casandra, facilitamos un reencuentro madre-hija. Casandra seguía manifestando la regresión infantil, estado en el que llamaba a su madre con lloros y lamentos. El encuentro pareció funcionar, pero en un par de semanas la relación se descubrió severamente contaminada. Casandra demandaba una madre para la niña que no era y la madre oscilaba entre el amor más puro e incondicional al rechazo más frio y aséptico. Se apreciaban con claridad las carencias que ambas, cada una en su momento, padecieron, transmitidas por una abuela que no fue lo suficientemente buena, como tampoco lo serían con ella. La carencia afectiva y la inconsistencia emocional, ingredientes necesarios para la mente adaptada, se perdían en las generaciones ascendientes, pero sus efectos se dejaban ver en el presente con toda crudeza. Imposible administrar culpas o responsabilidades, tan solo un reguero de víctimas.

 

Buscando justicia.

No obstante, no fueron las malogradas relaciones familiares o nuestras meteduras de pata lo que hizo que todo saltara por los aires. Tal cosa ocurrió cuando se descubrió el pastel jurídico que emboscaba a Casandra. La ley y la psiquiatría no perdonaron ni olvidaron su último intento de suicidio. Aquel que casi se la llevó por delante, aquel por el que acabó desahuciada y repudiada. Desconozco quien hizo saltar la liebre. Posiblemente la propia unidad psiquiátrica dio parte a la fiscalía, y esta, alarmada por las lesiones y el historial psiquiátrico de Casandra, conectó la apisonadora jurídica. Empero, para Casandra fue su madre quien abrió la boca. Lo cierto es que hablaba mucho, de lo enferma que estaba su hija y de lo arriesgada que era su situación. En este sentido, este proceder no es distinto a otros malestares familiares. A menudo, una hija o un hijo se convierten en chivo expiatorio de la locura familiar. Su síntoma, podremos decir.  Una válvula de escape que permite a la familia, o al menos a la mayoría de sus miembros, escurrir el bulto y seguir funcionando, bajo pretexto de que  es su hija o hijo la oveja descarriada. Resulta así una excusa y una justificación. Es el hijo o hija quien está enfermo, loco o lo que se quiera pensar, raro o extravagante, y es la familia la que lucha denodadamente, de cara a psicólogos, psiquiatras y demás entrometidos, los que intentan sanarla. Nada más lejos de la verdad, pues es en este empeño constante, en este quehacer cotidiano donde se haya realmente el problema.  Familias que no dejan a su hija o hijo en paz, que les niegan su espacio, su forma de ser, su autonomía.

La situación empezaba a desbordarse. Poco a poco perdíamos el pulso de la intervención. Sin un horizonte claro más allá de seguir el día a día, Casandra empezó a distanciarse de nosotros, a poner pegas y excusas a lo acordado. La familia, fragmentada en sus propios e históricos conflictos nos presionaban con oscuros vaticinios y alertas constantes.  Auguraban nuevos episodios de malestar en su hija, a la par que, sin pretenderlo, boicoteaban nuestra posición en la medida que Casandra les rechazaba.

Recuerdo perfectamente el día en que perdí la confianza de Casandra. Fue en una sesión familiar, en la que mediaba la relación madre-hija. Tan difícil y compleja que aspiraba toda mi fuerza de voluntad. La fatiga empezaba a llevarse su parte, quizás mi mejor parte, esa que compone la prudencia y la paciencia que debe tener a raudales todo pretendido terapeuta. Mis comentarios empezaban a reflejar cierto cansancio y también frustración. Tanto por la obstinación y tenacidad de Casandra como por la permite intrusión de la familia. Con las mejores intenciones que podían ofrecer, pero no por ello las más adecuadas. Di un paso en falso cuando tratábamos el asunto de la citación judicial que había llegado a Casandra. Citación que la emplazaba a un juicio para valorar su capacidad para obrar legalmente. Es decir,, ponía en cuestión su libertad. Casandra reprochaba a su madre una supuesta denuncia que había puesto en marcha la valoración. Por su parte, la madre, lo negaba, aunque tampoco rechazaba que se produjera una evaluación pericial del estado mental de su hija. Entendía, como mucha gente que realmente no entiende nada, que una incapacidad legal podía protegerla de ella misma. Mi error fue triangular con la madre, plantear que quizás no había sido quien realizara la denuncia, ya que por otra parte, los comportamientos autolíticos de Casandra habían sido lo sufrientemente graves para activar de oficio la medida. Este traspiés me costó la intervención. Casandra estaba ya harta de vernos y tener que rendir cuentas, la regresión estaba cediendo poco a poco y la niña que fue daba paso a la joven rebelde que era. Así que mi equivocación fue el detonante adecuado, quizás habría servido otro pretexto, pero lo cierto es que me equivoqué, metí la pata y ella se marchó furiosa. La madre frunció el ceño para mirarme con esa expresión de ya te lo dije. La mía sería similar, primero de desconcierto, después de sincero cabreo contra esa mujer que haciendo todo lo que mejor sabía y podía, había logrado sin pretenderlo cumplir su propia profecía.

Pero lo cierto es que, por encima de todo, por encima de nuestros errores y de los tropiezos de la familia, del malestar de Casandra, fue la citación lo que nos reventó. Sin embargo, y paradójicamente,  fue la amenaza que representaba la propia citación lo que recompuso de nuevo a Casandra, alimentada de nuevo por la rabia, la misma que la tuvo en pie durante los meses de indigencia. Curiosamente, la citación judicial, fue también la razón de nuestro reencuentro. Tras unas semanas de no querer saber nada de nosotros, de llamadas sin respuesta y mensajes fríos y sucintos, retomamos el contacto.

Casandra seguía en el punto en el que la habíamos dejado, tras mi paso en falso con su madre. A pesar del cual y de que, de nuevo, la relación familiar estuviese descompuesta, se mantenían los compromisos de vivienda y exiguo estipendio. Así pues, Casandra seguía en su casa, a su manera, con su controvertida pareja y sus recurrentes cambios de humor. Estable en su malestar. Cumplía con su psiquiatra y la medicación prescita. Con sus paseos y habituales conflictos, pero estable e, incluso sana, fiel a su estilo controvertido. Creo que en este punto la comprendimos, o al menos comprendimos que era lo que podíamos ofrecer. Algo simple, pero difícil de digerir. Nada más que un apoyo sincero y respetuoso, sin consejos que no se piden y sin pretensiones de normalidad. Dejar ser, aunque sea esta una forma de ser ajena a nuestra moral y costumbres. Lo aprendimos y lo empezamos a asumir. Nada de condiciones ni orientaciones, solo apoyo, el que pudiéramos ofrecer.

 

Así que el inminente juicio nos reunió. Conocimos a su abogada de oficio, con la que empezaríamos a colaborar. Una mujer joven, amable y resolutiva, que nos solicitó un informe, pues entendía que nuestro testimonio profesional era clave para la defensa de Casandra. Como psicólogo formal en este caso, me apliqué como pocas veces he hecho con un trabajo de este tipo. Lo que dio lugar a conversaciones y largas charlas con Casandra, cosa que me permitió conocerla mejor. Nuestra relación estaba resentida, mis tropiezos habían minado la confianza que Casandra podía depositar en mi. Aunque me seguía interpretando como un aliado, ya no representaba esa esperanza de incondicionalidad que tanto buscaba a su alrededor. A pesar de ello, hicimos un buen trabajo. Pusimos por escrito todo aquello que Casandra había sufrido. Dejamos constancia de su pasado y de su malestar, así como de sus capacidades. Casandra no bebía, no fumaba, no tomaba drogas ilegales. Carecía de un ocio inadecuado y su ritmo de vida era saludable. Al menos no peor que el de otras personas no diagnosticadas y a las que no se les cuestiona su estilo de vida. Era capaz de administras su dinero y, con el apoyo adecuado, demostró un importante nivel de autonomía. Sus vaivenes emocionales, algunos bastante intensos, permanecían en esa extraña estabilidad que la llevaba desde la amargura a  momentos de sincera felicidad. Con el apoyo adecuado, siempre que fuera consentido y respetuoso, podía ampliarse esa preciada estabilidad hasta alcanzar niveles en los que no se reprodujeran sus crisis más graves, aquellas que le habían llevado al acto suicida. Ahora bien, Casandra no podía acceder a una vida estándar, tal y como la conocemos la mayoría, de trabajo normalizado y consumo estable. Este era su punto flaco, el que debimos de aclarar, para precisar que una incapacitación legal no solo era una herramienta de protección innecesaria, sino que además resultaba incongruente con sus necesidades.

Todo eso expresamos con nuestro informe. Y todo era cierto. Hicimos, como suele decirse, honor a la verdad. Sin omitir asuntos incómodos ni exagerar virtudes. Todas cumplimos, todas hicimos la parte que nos tocaba. Pero la verdad de nada sirve cuando los prejuicios son tan intensos y sus raíces tan profundas. Nos enfrentábamos a un juicio complicado, en torno a un concepto jurídico difícil, cuyas consecuencias rara vez se analizan con el rigor que merecen. Más aún cuando implican valoraciones de tipo mental.

La incapacitación legal es una medida de tipo jurídico extrema que rara vez se aplica. Normalmente jueces y juezas son muy reticentes a emplearlas, reservándonos para casos muy claros, relacionados la mayoría con personas demenciadas o con aquellas que presentan severas limitaciones cognitivas. En el caso de la salud mental nos encontramos con situaciones semejantes. La incapacitación se reserva para aquellos casos de clara enajenación, ahora bien, estas incapacitaciones no suelen ser totales, es decir, se circunscriben a aéreas específicas, como la económica por ejemplo, impidiendo que una persona pueda hacer uso de cantidades importantes de dinero sin la supervisión de otra persona, que hace las veces de tutor legar o de albacea.

En el caso que nos ocupa, el problema no era tanto las restricciones a la autonomía de Casandra que pudieran producirse. Cosa que, por otra parte, tras la valoración funcional, de capacidades, que establecía nuestro informe, no eran necesarias. El problema radicaba en la penosa interpretación que Casandra hacía del proceso. No era capaz de relativizar su impacto. Leal a su forma de ser, rígida e inadaptaba, Casandra entendía aquella medida judicial como una afrenta contra su persona, un ataque directo contra o único que aún conservaba y que nadie, ni su familia, ni la psiquiatría ni la indigencia le habían arrebatado. Su libertad, en el sentido más puro y simple del término. De todo el desvarío en el que se había convertido su vida, la libertad era lo único que sentía auténticamente suyo. Perderla, mejor dicho, que se la arrebataran le desposeía del vínculo más importante que le unía a la sociedad. De hecho, la citación y el inminente juicio la deterioraron progresivamente, las conversaciones con ella se hacían más oscuras y lóbregas, según se acercaba el día del juicio. Todo aquello testifiqué y argumente, a la fiscalía y a la jueza de turno. Hice uso de mis mejores palabras y de todo mi mejor hacer, de toda mi ética. Argumenté y también advertí de la posición en la que estaba colocando el juicio a Casandra, de su impacto emocional y de su desgaste psicológico. Sin embargo, todo ello fue en vano. Los testimonios de la familia fueron en sentido contrario a mis apreciaciones. Además, la jueza ya tenía la sentencia en su boca, el problema era que debía pronunciarla contra la opinión de un psicólogo díscolo. A pesar de ser un don nadie, sin ese tan manido reconocido prestigio, seguía siendo psicólogo, titulado y colegiado. Por lo que quedaba un tanto feo que se actuara en contra de la única persona especialista en la sala. Aunque realmente esto no suele ser problema para sentenciar lo que quiera que se le ocurra a la jueza, opto por confrontar mi criterio. Para lo cual buscó una segunda opinión, concretamente, la de una psiquiatra forense cuyas concusiones se avinieran mejor a su Benedicto preestablecido. Dicha psiquiatra actuó como cabe esperar en su profesión, más aún en el entorno Judicial, prepotente y soberbia. En la breve entrevista que le practicó a Casandra, la acusó de vaga y aprovechada, además de irresponsable. De nada sirvieron las explicaciones que Casandra, sometida a gran estrés, pudo acertar a decir. La psiquiatra señaló que se estaba aprovechando de su familia y que tenia mucha cara viviendo como lo hacía, sin trabajo ni responsabilidades.

El argumentario de la psiquiatra dio alas a la jueza, que no dudó en desacreditarme durante el juicio. Me acusó de actuar de manera tendenciosa, más como un amigo que como un profesional. El fiscal leyó la palabra psicosis del expediente psiquiátrico de Casandra. Además, se enumeraron sus numerosos ingresos y sus intentos de suicidio. Poco importaron mis impresiones o el comportamiento de Casandra. Estaba loca y su pasado resultaba demoledor. Contaba además con el respaldo de una psiquiatra de la seguridad social, contra el que poco podía hacer el testimonio de un psicólogo anónimo.

 

La sentencia llegó en tres semanas. Pero por como fue el juicio bien podía haber llegado por SMS ese mismo día. Casandra quedó parcialmente incapacitada, autorizada por su padre. En el caso de Casandra todo ello compañía un eufemismo de pena de muerte.

En términos legales, la sentencia era moderada. Se imponía a Casandra una supervisión respecto a su medicación, medicación que nunca tuvo problemas para tomar y un control de actividad. Esta vigilancia seria ejercida por su padre, quien preguntado al respeto por la jueza, aseguró no ser capaz de llevarla a cabo, debido a la difícil relación que mantenía desde hacía años. Yo mismo señalé tal cosa durante el juicio, pero parece que para la jueza los hechos no eran los sufrientemente explícitos frente a sus prejuicios. Aquello era del todo inaceptable, no solo vulneraban los derechos más básicos de Casandra, que eran por otra parte el baluarte de su amor propio, el último bastión de la autoestima que le quedaba. Si no que además, para ultrajarla con más violencia si cabe, proponía a su padre como albacea. Que, en los términos que manejaba Casandra, con razón o sin ella, era como si un franquista monitorizara la transición. Es decir, una completa injusticia.

 

 

Despedida y cierre.

Casandra decidió quitarse la vida al poco de que se le notificara la resolución del juicio. Aunque quizás sería mejor decir que le quitaron la vida. Poco podía hacer ella al respecto. La vida siempre le fue algo difícil, desde lo más coloquial a lo más trascendente, Casandra se enfrentaba siempre a la discriminación por no poder encajar mejor. Hizo lo posible, durante años. Toda su joven vida podríamos decir, pero el caso, tal y como ella me lo expresó cuando traté de explicarle que su pareja, aquel toxicómano de cincuenta y tantos años no era adecuado para ella. No podía ser normal, por mucho que lo intentara no le era posible. Cada vez que lo había intentado, cada vez que había aceptado entrar por el aro de lo social y lo cultural había acabado con sus huesos en la unidad de psiquiatría. Esto es algo que aprendí tarde, como muchas otras cosas en lo que respecta a la salud mental, aunque de hecho, aprenderlo antes tampoco habría cambiado el resultado. La maquinaria judicial y psiquiátrica está perfectamente sincronizada. Casandra no tuvo ninguna oportunidad, el descrédito emanaba de su historial médico, de su familia, de su círculo de relaciones. Mi informe solo era una pieza disonante entre otras coherentes entre sí, y que finalmente, la psiquiatra del turno forense vino a recolocar. Cierto es que la jueza que nos tocó fue especialmente quisquillosa y autoritaria. Seguramente no representa al conjunto de sus colegas, pero aunque con palabras más amables y demostrando más respeto, la sentencia habría sido similar, o a menos habría sido algo así como jugárselo a los dados. La justicia legal tiene muy poco que ver con la social, los casos son demasiado numerosos y escandalosos para pensar que lo ocurrido a Casandra no fue algo inusual. Cuanto más vulnerable es una persona, más posibilidades existen en que la justicia sea hostil. No es una cuestión de falta de recursos o errores casuales.  Claro que no. Bien lo saben bancos y corporaciones.

Casandra pedía muy poco, tan solo que se la dejara en paz, que se le permitiera vivir en sus términos, a su manera. No por capricho o rebeldía, sencillamente porque no podía vivir de otra forma. La exclusión social en forma de indigencia era la rendija que había encontrado para sobrevivir, para resistir en un mundo que no la permitía ser. Más allá de las causas que la llevaron a ser como era, del maltrato social y el escarnio que padeció, lo cierto es que fue la propia moral hipócrita de nuestra sociedad, encarnada en una jueza autoritaria y unos servicios sociales psicopáticos los que no le permitieron ni eso, ni siquiera la indigencia.

Y es que Casandra no se callaba, no agachaba la cabeza, no agradecía la caridad, al contrario, nos cuestionaba con su rebeldía, con su arrojo temerario. Los intentos de suicidio no eran consecuencia de su inestabilidad mental, de su locura, sino la consecuencia de la brutal represión a la que fue sometida desde niña. Curiosamente, se suicidó con las mismas pastillas que su psiquiatra le recetaba. Que medicina es esta que prescribe cajas y cajas de medicación antipsicótica, poderosos sedantes, a una paciente con riesgo de suicidio? Por su puesto, al psiquiatra nadie le preguntó. Lo hizo su madre atormentada por la tristeza, la impotencia y a saber qué más. En un intento de recomponer el sufrimiento de su hija tras la sentencia que se la llevó por delante. El psiquiatra contestó con evasivas, de malas formas según me explicó días después, cuando trató de hacer lo mismo conmigo. Por mi parte poco pude decirle, yo mismo me hallaba con terribles dudas al respecto. Poco hice más allá de escuchar sus preocupaciones y aguantar sus acusaciones cuando estas llegaron. Hacía falta un nuevo chivo expiatorio, alguien a quien descargar culpas y rabias. Parte del trabajo como terapeuta, supongo.

Son muchas las moralejas que se sustraen de la suerte de Casandra, que cada cual tome nota de ellas. Empero, me gustaría señalar la más importante, al menos a mi juicio. Casandra se suicidio tras una resolución judicial que limitaba sus derechos más elementales, derechos que se le sustrajeron para evitar, no sé de qué manera torticera, nuevos intentos suicidas. Para colmo, acometió este último acto de libertad gracias a la medicación psiquiátrica, la misma que se le prescribía para evitar o reducir el malestar suicida

Qué mundo es este, me pregunto. Qué mundo es este que incita a la gente al suicidio Y qué podemos hacer las personas que nos damos cuenta. A parte de escribir, me refiero. Por qué este caso, el que Casandra representa, no es uno entre muchos. Quizás no sea la norma, pero tampoco es la excepción.

 

Antilogo

Se me podrá acusar, tras leer el presente relato, de cierta animadversión hacia mis colegas psicólogos y psiquiatras. No negaré que me une a ellos una relación difícil, ambivalente podríamos decir. Una forma de crisis constante de identidad profesional que me persigue desde mis primeros años como educador en centros de acogida de menores. No obstante, a pesar de que todo lo expresado aquí es cierto, no quisiera finalizar esta diatriba sin señalar por dónde camina la esperanza. Es necesario mantener la ilusión, la expectativa de que las cosas pueden ser de otra manera. De lo contrario podemos caer en la aflicción de la amargura. Con la cual poco se puede hacer, más allá de rabiar y suspirar.

Obviamente, el asunto que nos trae a colación La suerte de Casandra nos resulta incómodo, tanto que preferiríamos obviarlo, continuar con el tabú que lo envuelve desde tiempos inmemoriales. El suicidio es un tema molesto, un fenómeno que asusta y nos hace sentir culpables, pues como bien señalaba Durkheim, no es la persona la que se suicida, si no la misma sociedad en los actos de esta. El suicidio nos señala, nos acusa y avergüenza. Ciertamente no puede ser de otra manera, pues el terrible acto de quitarse la vida no es un suceso individual, es más bien un hecho colectivo. Producto de una sociedad tóxica e intolerante que nos enajena permanentemente. Vivir en estas condiciones muchas veces no es fácil, así emerge el sufrimiento psíquico que encapsulamos mediante los trastornos mentales, enmascarando así su origen. Ahora bien, ¿Cómo es el dicho? La noche es más oscura justo antes del amanecer. Se están moviendo las cosas en la salud mental, algo sutil, de momento resulta casi imperceptible, ahogado por toda esa propaganda liberal que nos propone a la depresión como causa del suicidio. Otro esfuerzo por individualizar el sufrimiento mental. Circunscribirlo a la depresión y esta, a su vez, a la neurología, al cerebro. Un intento más por no mencionar lo social, lo económico, la lucha de clases en la que vivimos. En este sentido, discursos como el realizado por el presidente colombiano Petro, ante las Naciones Unidas, es mucho más elocuente que todo el arsenal de la academia psiquiátrica.

De momento es poco más que un sordo zumbido, la alerta que vibra porque su voz está silenciada, pero no por ello pasa desapercibida. Ya no cabe más porquería debajo de la alfombra, el sufrimiento mental se cuela por las rendijas del sistema, imposible de retener indefinidamente. Surge así la oportunidad, de esta forma imprevista, para hacer las cosas de otra manera. Con más respeto  y tolerancia, quizás. Aunque es cierto que la disciplina psiquiátrica arrastra una inercia estructural de opresión y censura, bien cimentada tras siglo y medio de prácticas abusivas y mercenarias, tampoco es menos cierto que cada vez más profesionales optan por un entendimiento más humanista, más tolerante.

Este relato merecía la crítica y la rabia que en él se expresa, su protagonista así lo exigía. Ahora bien, Casandra era también una persona amable y cariñosa, una mujer solidaria y preocupada por el mundo que le rodeaba. Fantaseaba con una libertad que no pudo disfrutar, que le fue negada, Empero, en su fantasía se encuentra la esperanza, pues a la esperanza la motiva el deseo y este siempre es estímulo de vida. Casandra siempre quiso vivir, que no nos disuada de ello su suicidio. Por terrible que nos pueda parecer, este representa una huida del dolor, del sufrimiento. Había en ella más amor a la vida que en muchas otras personas, bien adaptadas a la sociedad, neuróticas y enajenadas, totalmente insatisfechas consigo mismas, que viven tan solo por el miedo a la muerte. Zombis que nos rodean y que lo pudren todo a su paso. Contra ellos es la lucha, contra esos sujetos poseídos por el Síndrome de decadencia del que nos alertaba From. Hombres y mujeres empeñados en acumular y acaparar lo que es de todos, egoístas y egocéntricos, los encontramos junto a bancos y guerras. Como buitres se abalanzan sobre lo común rapiñando lo que es público. Nuestra lucha, la lucha por la salud y el amor es contra ellos, no contra Casandra y otras suicidas. Y la lucha está en la calle, con huelgas y manifestaciones, con la resistencia, ya sea pasiva o activa. La salud mental está en nuestros trabajos alienados, en nuestras familias tensionadas, o en los barrios, reducidos al anonimato. Necesitamos más justicia social, más igualdad y fraternidad. Como nos señala el psiquiatra Guillermo Rendueles, “menos psicofármacos y más sindicatos”. Necesitamos colectivizar, socializar y redistribuir, frente al individualismo que nos domina y enferma.