viernes, 6 de diciembre de 2019

LA ENFERMEDAD MENTAL: LO QUE NO ES Y NO PUEDE SER.


La Asociación Americana de Psiquiatría (APA), institución que gobierna como una mafia lo concerniente a las patologías mentales, prefiere hablar de trastornos en vez de enfermedades, al menos si atendemos a lo que expresa su quinta versión del manual DSM, artefacto que más tiene que ver con un panfleto propagandístico que con un vademécum médico. Pero claro, ¿importa algo lo que diga esta institución? Corrompida hasta sus cimientos por la industria farmacológica. El descrédito de esta entidad es notorio y sobradamente demostrado. Sus conflictos de interés y abundante financiación intrusa han sido puestos de relieve en numerosas ocasiones, aspecto que nunca se ha de dejar de recordar. No obstante, a pesar de ello, sigue siendo la institución de referencia en lo que respecta a las enfermedades o trastornos mentales, como se prefiera, pues a la hora de la verdad, en la consulta y el tratamiento psiquiátrico, resultan eufemismos. Gracias al denodado y lucrativo esfuerzo de la APA, la idea de que el sufrimiento psíquico que padecen cada vez más personas resulta ser una enfermedad equivalente a otras sobre las que trabaja la medicina, ha calado hondo en el día a día psiquiátrico y psicológico. Siendo un vocablo cotidiano y coloquial, usado tanto por profesionales como por pacientes y sus familiares. Tal cosa no es casual ni baladí, la idea de enfermedad mental se propone como concepto para asemejarla a la medicina no psiquiátrica. Para tal cosa siempre es necesario usar términos similares, no vaya a ser que se confunda a la psiquiatría con una especie de neochamanismo.


La psiquiatría oficial, esta que gobierna la APA a base de talonario y cheques, sostiene la hipótesis estrella de que la enfermedad mental es producto de un desequilibrio neuroquímico, una alteración en uno o varios de los neurotransmisores que rigen el funcionamiento cerebral. De esta forma se nos propone que las enfermedades mentales poseen un origen biológico y, por ende, también genético. Así, la esquizofrenia presenta déficits de dopamina, mientras que la depresión alteraciones de la serotonina. Esta hipótesis defendida hasta el hartazgo por una legión de profesionales, revistas científicas y asociaciones médicas, todas ellas adecuadamente financiadas por la industria farmacológica, insisten en este planteamiento hasta lograr imponer e implantar su discurso en universidades, hospitales, organismos públicos y privados. Contradictoriamente, no deja de ser curioso que en todo manual psicopatológico, al menos en sus preámbulos, se recuerda el paradigma biopsicosocial en el que nos hayamos supuestamente inmersos. Es decir, que para la emergencia de la enfermedad mental es necesaria la concurrencia de aspectos diversos, relacionados con la genética del paciente, su personalidad y las particularidades del contexto socioeconómico y cultural en el que viva. Ahora bien, las proporciones o medidas en que afectan unos y otros son claramente desiguales. La psiquiatría  focaliza la comprensión de las enfermedades mentales en aspectos biológicos y genéticos, armando para ello la tan manida hipótesis del desequilibrio neuroquímico y tratando los trastornos a golpe de psicofármacos. El citado paradigma biopsicosocial, que persiste como un recordatorio anacrónico lo hace como parte de una estética psiquiátrica, ya que la ética ni si quiera brilla por su ausencia. La APA y sus adláteres se esfuerzan en disfrazar su penosa práctica médica con un complejo juego de apariencias. Invirtiendo la industria farmacológica más de un 30% de su presupuesto en mercadotecnia, en forma de visitadores médicos, apoyo financiero a asociaciones sanitarias y de familiares de pacientes, conferencias y multitud de publicaciones. Curiosamente, esta inversión en imagen y publicidad por parte de los laboratorios resulta ser el doble de lo que gasta en investigación. Está claro cuáles son sus prioridades.
Dentro de este derroche de marketing, la hipótesis del desequilibrio neuroquímico es propuesta como una teoría comprobada, supuestamente avalada con infinidad de evidencias y pruebas. Recuerdo leer hace veinte años, cuando no era más que un estudiante las promesas de numerosos académicos, asegurando que estábamos a las puertas de descifrar la neurología de la enfermedad mental. El caso es que la validación del desajuste cerebral no ha progresado en los últimos años, ni siquiera desde cuando fue propuesto, allá por los años cincuenta. Parece, sin embargo, gracias al inagotable impulso de la industria farmacológica y a la inestimable soberbia de los profesionales de la salud mental, que se ha impuesto el criterio de Goebbels, una mentira repetida mil veces puede convertirse en una verdad. Y en tal punto estamos, apenas existe margen para la disidencia del pensamiento único y biologicista de la psiquiatría dominante. Sin embargo, la realidad es que no son pocas las voces rebeldes que, a menudo desacreditadas y sin ese tan manido reconocido prestigio que acompaña al profesional mercenario, claman por un psiquismo alternativo. Las enfermedades y trastornos mentales no son algo meramente biológico, claro que no.


Pero vayamos por partes, no cometamos el error de querer comprender todo de una vez.
Desde un punto de vista médico, que es supuestamente donde nos hayamos, una enfermedad es una alteración de las funciones normales, en términos biológicos diríamos que una enfermedad sería una dolencia que afecta en mayor o menor medid a las funciones de autorregulación de un ser vivo. Siguiendo los parámetros de la medicina alopática, materialista y sometida a las directrices causales del método científico, una enfermedad necesita siempre de un diagnóstico que la identifique, es decir, de una evaluación que acredite su existencia a partir de un conjunto de signos y síntomas que previamente han sido definidos. Los primeros son señales objetivas de su presencia, como puede ser la fiebre en un proceso gripal, determinada por un termómetro. Los síntomas son, en cambio, señales subjetivas, que solo pueden ser acreditadas por el paciente, en el mismo caso gripal, la sensación de frio sería un ejemplo claro. El diagnóstico, en base a grupos de signos y síntomas, permitirá identificar una enfermedad, que a su vez, facilitará establecer una evolución, en forma de pronóstico y, además, implementar un tratamiento para su remisión o contención, según sea el caso.

Cualquiera que haya sido diagnosticado de una patología mental podrá dar cuenta de cuáles y cuantas han sido las pruebas de diagnóstico que se le han realizado para adjudicarle una u otra de las numerosas dolencias psiquiátricas que nos propone la APA, más de quinientas. La respuesta es ninguna, es así de simple, así de contundente, así de desesperante. No existe analítica, escáner, resonancia o procedimiento que permita discriminar una persona sana de otra diagnosticada. Las pruebas de diagnóstico, existentes en toda enfermedad médica, específicas o indirectas, desaparecen en la especialidad psiquiátrica.

Esta afirmación, que puede resultar extravagante o frívola, ya ha sido demostrada en varias ocasiones. Es conocido el estudio de Rosenhan, en el que un grupo de estudiantes, aleccionados por este psicólogo, acudieron a distintos centros de salud mental, aludiendo una crisis psicótica. Todos ellos fueron ingresados sin cuestionamientos, aceptando los síntomas dramatizados por los alumnos como reales. Cuando Rosenhan explicó la treta, los hospitales se quejaron airadamente, quedando descubierta su incompetencia, pero asegurando prepararse para nuevas intentonas del profesor. En los siguientes meses, los equipos hospitalarios informaron de la detección de  falsos pacientes, supuestos estudiantes universitarios conchabados con el docente. La respuesta de Rosenhan fue contundente, no había vuelto a enviar a nuevos alumnos. A lo largo del pasado siglo y lo que hemos avanzado del actual, se han documentado numerosos errores de diagnóstico en salud mental, en ocasiones atribuyendo patologías mentales cuando estas eran orgánicas, confundiendo malestares cotidianos con trastornos, o directamente acusando de enfermedad a comportamientos sencillamente divergentes con  la moral imperante.

 La explicación a tales paradojas la encontramos en la propia práctica de la psiquiatría. El diagnóstico de las patologías mentales se realiza de forma clínica, es decir, mediante una entrevista de metodología muy diversa que realiza el psiquiatra y en la cual se interroga al paciente sobre su malestar. Se atiende a los síntomas que expresa y a su biografía e historia familiar. No se acompaña el diagnóstico de pruebas médicas por que estas no existen, más allá de realizar algún procedimiento para descartar un origen orgánico (no mental), como pueda ser una desregulación hormonal, por ejemplo de la tiroides. Esto deja a la psiquiatría en una situación de franco descrédito como especialidad médica. Los psiquiatras y los psicólogos que los acompañan, son una suerte de profesionales subjetivos, donde su intuición y buen hacer son sus mejores herramientas de trabajo. Así encontramos que son muchas las personas que son diagnosticadas de uno u otro trastorno, variando este según el psiquiatra de turno que le atiende o el manual psicopatológico que se escoja como referencia. De esta forma, una persona puede ser diagnosticad de depresión mayor, trastorno esquizoafectivo, bipolar o límite, según en qué momento vital se halle y sean las sensibilidades de su profesional en particular. Aun así, a pesar de lo contundente de las deficiencias metodológicas y de conocimiento que sufre la psiquiatría como especialidad médica, su influencia es todavía casi absoluta, pero esto no ha sido siempre así. Las debilidades de la psiquiatría se pusieron blanco sobre negro durante los años sesenta del pasado siglo, en paralelo al desarrollo de la hipótesis del desequilibrio neuroquímico. En aquella época, la psiquiatría estaba seriamente amenazada como disciplina sanitaria, carente de prestigio y apoyo, fue puesta en duda por las aseguradoras privadas de salud estadunidenses, las cuales llegaron a proponer que no se podían financiar tratamientos cuya eficacia era dudosa, más aun, cuando las patologías sobre las que supuestamente actuaban carecían de evidencia científica.
Cierto es que son muchas las dolencias en las que se desconoce su etiología u origen, como por ejemplo, el curso de los canceres que nos acosan estos años. Cierto es también, que los tratamientos para muchas de las patologías más complejas han podido descubrirse o mejorarse con el paso de años de investigaciones y estudio sistemático. Pero la cuestión que nos abruma en cuanto a la psiquiatría, es que son todas sus dolencias y trastornos catalogados los que carecen de un origen claro, de pruebas de diagnóstico y de evolución predecible. Los trastornos mentales comparten sus síntomas con tanta frecuencia que a menudo la discriminación  entre uno y otro es únicamente teórica. ¿Qué sería lo que se podría opinar si ocurriera en otra de las disciplinas médicas? Me pregunto qué diríamos de la pediatría o de la oftalmología si todas sus afecciones fueran de juicio clínico, careciendo cada una de ellas de etiología, pruebas de diagnóstico y una evolución predecible. Encontraríamos, que en tales circunstancias, las disciplinas sanitarias señaladas serían puestas en cuestión como especialidades, quedando al margen de la medicina oficial.
Esa era la delicada posición en la que se encontraba la psiquiatría de los años sesenta y setenta,  asediada por un descrédito médico creciente y por la proliferación de otras prácticas no médicas que competían con cada vez más eficacia, como el inagotable psicoanálisis u otras terapias cognitivas y conductuales. Incluso, dentro de la misma psiquiatría pugnaban enfoques alternativos, más preocupados en variables de tipo económico y social como factores explicativos del sufrimiento psíquico. La psiquiatría se asomaba al abismo, pero fue, paradójicamente,  su precaria pertenencia a la medicina lo que le permitió sobrevivir y convertirse en la especialidad sanitaria más acaudalada. Frente a las terapias de conversación y vinculares, la psiquiatría hizo uso de su prerrogativa para prescribir medicamentos. En colaboración con la industria farmacológica, se forjó una asociación pseudocientífica y económica que permitió no solo la conservación de la psiquiatría, si no la reescritura de la patología mental en forma de desequilibrio cerebral. Con el marketing adecuado, la industria farmacológica impuso el mantra de que las enfermedades mentales son de carácter biológico y genético, equivalentes a las enfermedades físicas, siendo por tanto necesario el uso de fármacos para su tratamiento, a la par que desde entonces se ha menospreciado cualquier otro factor explicativo. Prolifera de esta forma la producción y consumo de drogas de uso psiquiátrico, y, a la par, el enriquecimiento desmedido de los psiquiatras. Es como la diabetes, afirman todos los manuales y guías clínicas, estampadas con el sello de uno u otro laboratorio. Es como la diabetes, pero sin insulina ni glucosa, sin nada que se le parezca más allá de su conveniencia táctica como falso ejemplo.
Sin embargo, sería lógico pensar que si las enfermedades mentales son realmente patologías cerebrales, debería ser la neurología la especialidad encargada de su estudio y tratamiento, no obstante, y para sorpresa de nadie, los neurólogos no quieren saber nada de los trastornos mentales. Pero podemos ir más allá incluso, en aras de defender de tanta crítica a la especialidad psiquiátrica. Elijamos a los más prestigiosos y sabios de entre sus profesionales, démosles tiempo y la tecnología psiquiátrica más avanzada y pongamos en sus manos una docena de cerebros. Cada uno afectado de las más graves y dolientes afecciones mentales descritas por la APA (esquizofrenia, depresión mayor, trastorno límite…) y, finalmente, incluyamos además un par de pacientes sanos. ¿Serían capaces, estos prestigiosos psiquiatras, de identificar las diferentes patologías? ¿Podrían, a su vez, discriminar a sanos de enfermos? ¿Y si, además, les permitiéramos explorar a los pacientes mediante entrevistas clínicas? ¿Podrían?
Las respuestas, en riguroso orden: No, no y difícilmente. Sencillamente porque no se puede. No existen diferencias significativas entre cerebros sanos y aquellos pertenecientes a un paciente diagnosticado de un trastorno mental (cualquiera. Y tal cosa es así porque las enfermedades mentales no poseen un sustrato orgánico conocido, ni si quiera remotamente. No se han encontrado diferencias anatómicas ni funcionales, esto es, neuroquímicas. Las medidas investigadas acerca de la dopamina y la serotonina no permiten establecer cuáles son los límites patológicos, mas aún, encontramos pacientes depresivos con niveles de serotonina más altos y también más bajos respecto a sujetos sanos, hallando igualmente, en estos últimos, la misma variabilidad. Finalmente, cierto es que se aceptan diferencias en torno al 30% entre los cerebros afectados de esquizofrenia frente a los que están libres de ella. Si bien, estas diferencias, además de escasas, no son concluyentes para afirmar que existe base orgánica o neuroquímica para la esquizofrenia. Ya que los daños observados en el tejido cerebral bien puede deberse al consumo de psicofármacos, drogas de consolidados efectos secundarios, o bien al resultado de no tratar adecuadamente las crisis psicóticas que afectan a todo paciente esquizofrénico en forma de deterioro de la calidad de vida.
La enfermedad mental, en resumen, no es un sufrimiento que pueda ser abarcado desde la medicina tradicional, al menos no desde una perspectiva puramente científica. Las ciencias naturales, de las que la medicina se deriva, tratan el estudio de objetos, que apenas reacciona a la intuición de la persona que los investiga y analiza. Tal cosa no puede hacerse con la mente, ya que esta es un sujeto, capaz de reaccionar y automodificarse, incluso sin pretenderlo, afectando tanto a sí misma como a quien le investiga, formando ambos parte de una cadena múltiple e impredecible. La mente es una entidad dinámica, individual pero compartida, permeable al entorno y mediada en todo momento por la cultura. Son curiosos los ejemplos de enfermedades mentales que lo eran y ya no lo son, como el caso de la homosexualidad en los años ochenta, descatalogada del DSM III, o de la transexualidad, actualmente en proceso de despatologización. ¿Qué enfermedades son estas que desaparecen por la presión social? El resto de trastornos mentales sufre deficiencias similares, producto tanto de las necesidades de estandarización del fenómeno humano, como de los intereses espurios de los laboratorios. Es evidente que, ante todo, somos un cuerpo y que el cerebro, nuestro órgano más desarrollado y complejo, oculta grandes secretos. Su relación con la mente es tan obvia como sutil y, posiblemente, inescrutable. El empeño de la psiquiatría biologicista por proponer el desequilibrio neuroquímico como clave magistral para entender el sufrimiento psíquico, es producto de la concurrencia de dos fuerzas que, aunque han confluido con notoria eficacia, sus orígenes son dispares.


Vivimos en la lógica capitalista del consumo irracional y del ánimo de lucro, no en la de los derechos humanos. Esta es una premisa que ha contaminado cada una de las áreas de nuestra sociedad. La medicina, la alimentación, la energía, la vivienda… Todo ello se cubre de una pátina de valores y derechos, pero la realidad es que vivimos en una mascarada de cinismo, tan obsceno como necesario para que el negocio no resulte tan grotesco y crudo que no pueda ser tolerado. La sociedad necesita de ciertas artimañas para que no se revuelva. Se come la carne animal sin grandes sentimientos de culpa, pero rara vez visita alguien un matadero. De ahí el empeño de los laboratorios en financiar investigaciones, promover conferencias y colaborar con asociaciones de familiares y pacientes. La otra razón que potencia el biologicismo de la psiquiatría es más antigua y también más compleja, tanto como el propio ser humano.

A menudo me pregunto si aquellas primeras mujeres y hombres de las cavernas, de hace cientos de miles de años. Genéticamente idénticos a lo que somos ahora,  pero culturalmente tan extraños que bien podrían vernos como alienígenas. ¿Habría entre esta primera humanidad depresivos o esquizofrénicos? ¿Padecerían sus tribus y clanes de adolescentes con trastornos límite o antisocial? Me temo que difícilmente, y si los hubiera estoy convencido que  serían interpretados de otra manera.
Antes de que la primera  psiquiatría se dedicara a patologizar mentalmente a las personas, lo hizo la religión, y antes de esta, lo hizo la mitología animista. Por su puesto, acometieron tales pretensiones con otros criterios, mediante el uso de maldiciones y males de ojo, con demonios y posesiones. Todos ellos ardides dirigidos para expulsar al divergente, al que, de una u otra forma, por incapacidad o deseo, no aceptaba la norma cultural, siempre impuesta por el grupo. Evidentemente, cuanto mayores fueron las sociedades, que empezaron a reunirse en forma de asentamientos y pequeños poblados, mayores eran sus necesidades organizativas, y por tanto, su número de normas y códigos. Lo que se tiene que hacer y lo que no se puede hacer fue aumentando junto con el emerger de las primeras ciudades, tales como Ur o Jericó, desfiguradas en nuestro presente por la niebla de los tiempos. En ellas se parió a los primeros caudillos y jerarcas, se estabuló a los animales, se puso nombre al padre y precio a la mujer, la familia nació y para ella fue la propiedad privada, aparecieron soldados y guardianes, vigilantes de lo mío y lo tuyo, del esclavo y del señor. La discriminación proliferó con los reyes y los sacerdotes, castigando los cuerpos rebeldes a la ley y torturando con la culpa y el rencor a las mentes disidentes.
Con el paso de los siglos, la sociedad ha aumentado en tamaño y progresado en cuanto a complejidad, sofisticación e intolerancia. Multiplicándose de forma proporcional los desencajados, los inadaptados, los inválidos, los que no pueden, no saben o no quieren asumir el consenso social de lo que es y lo que no es, de cómo y cuándo ser. La psiquiatría que nos domina y oprime, se dedicó con sus artes a la contención de la pobreza, criminalizándola primero y enloqueciéndola después. Acusó de idiocia a negros e indígenas. De desviados y perversos a homosexuales y lesbianas, a prostitutas y adulteras; de débiles mentales a huérfanos, lisiados y retrasados, mereciendo todos ellos su aislamiento en sanatorios y hospicios. Pues bien, de aquellos polvos estos lodos. Dense un paseo por las unidades psiquiátricas de agudos,  a ver que encuentran. Verán que las cosas parecen distintas, con sus habitaciones saneadas y sus pinturas de colores, aquí y allá estanterías con libros, algunos folios con dibujos colgando por las paredes y una buena televisión en la sala común. Pero si observan un poco mejor y se quedan el tiempo suficiente, escucharán los lamentos casi asfixiados, el repiqueteo de las pastillas, las miradas ausentes y perdidas, las voces secuestradas. Muchos estarán allí por propia voluntad, bien recomendados por sus familiares; escapando de un sufrimiento atroz que les persigue; otras estarán obligadas, privadas de su libertad para su protección; algunas también estarán maniatadas o anestesiadas con poderosas drogas, durante horas, días incluso. Por supuesto, el lenguaje de enfermeras y psiquiatras es muy distinto al de aquellos sanatorios y manicomios extintos, mucho más técnico y científico, no nos olvidemos de que disponemos de más de quinientos trastornos mentales, para el niño y para la niña, gracias al esfuerzo de la APA y sus adláteres psicólogos.

¿Cómo no enloquecer en este mundo nuestro tan hostil? La psiquiatría ejerce un papel de supervisor social, de estandarización de lo sano y lo patológico, de forma similar a como las religiones hacen lo propio con la norma moral. Individualizar el sufrimiento y sobredimensionar el mérito personal  son las estrategias para no cuestionar nuestro contexto y circunstancias. El objetivo de la psiquiatría y de la psicología, su razón de ser por encima de cualquier otra, de sus terapias clásicas y alternativas, de sus cuestionarios y programas, es que cambien las personas, no importa a qué precio, para que no cambie el mundo.


Finalizo esta diatriba contra la psiquiatría y psicología dominantes, biologicistas y autoritarias, siendo consciente que de poco sirve a quien padezca de sufrimiento psíquico lo que aquí he expresado. Pero respondo así ante la más importante premisa que necesita la terapia para ser considerada como tal, que es la honestidad. La verdad no tiene por qué ser en sí misma terapéutica, pero un tratamiento psicológico que empiece sin cuestionar desde donde lo hace no será más que otra mentira, otra camisa de fuerza, otra forma de contención, esta vez psicológica, perfecta para completar las que ya se realizan, químicas y mecánicas. Tampoco puede defenderse la verdad como principio frente a una persona que no es capaz de tolerarla y, menos aún, sin ofrecerle alternativas accesibles. Son muchas las veces en las que es necesario frenar nuestras expectativas terapéuticas, como por ejemplo, cuando resulta mejor no señalar el terrible daño que causa la familia más cercana, esa que tanto nos quiere, a un paciente que no puede escapar de ella. De la misma forma, considero algo imprudente informar a la ligera del perjuicio que provocan los psicofármacos cuando estos pueden ser el único sostén existente. Antes de esgrimir la verdad como una forma de emancipación, es fundamental saber si estamos en condiciones de ofrecer una disyuntiva mejor como terapeutas.
La honestidad implica no solo no mentir, si no también decir solo aquello que se puede soportar. Si el denominado paciente prefiere después continuar en la mentira, con la mascarada que nos rodea y tratando de adaptarse a este mundo hostil, será asunto suyo y nos guste o no, compartamos su decisión o la rechacemos, le acompañaremos en su periplo hasta el límite de nuestra ética. Pero un terapeuta auténtico jamás validará el engaño como una premisa aceptable desde la que partir. Jamás. Así que inevitablemente, si deseamos afrontar el dolor de existir, el sufrimiento psíquico con el que convivimos, es absolutamente necesario explicar y comprender lo que la enfermedad mental no es y no puede ser. Después quien sabe, empecemos a andar y veremos hasta donde llegamos.

sábado, 16 de noviembre de 2019


CORDURA O LIBERTAD

Canto porque nadie me escucha
canto porque no puedo callar
las voces insisten bajo mi capucha
si no me dejan morir me he de matar.


Parece esta una tesitura forzada, contradictoria en sí misma, mas entiendo que tal disyuntiva es en la que nos hayamos sumergidos, quizás aún más que en anteriores edades de nuestra historia.

Se define la cordura como el estado psíquico sano, contrario al padecimiento de alguna psicopatología o trastorno, más o menos estable, que afecte a nuestras capacidades mentales. Se opone así a la locura, siendo esta el reverso de la misma moneda. Cualquiera que haya querido escarbar en estos conceptos, aunque haya sido superficialmente, habrá llegado a la inequívoca sensación de que son insuficientes para explicar lo que en principio pretenden.

La salud está arduamente distorsionada por una medicina corrompida y corrupta que ya no nos cura, nos cronifica. Vivimos más, pero no por ello mejor. Estas contradicciones son especialmente gravosas cuando hablamos de salud mental, si en la medicina alopática y tradicional aún existe un cuerpo al que podemos acceder, ver y tocar, manipular de alguna forma, para bien o para mal. Nada de ello podemos hacer con la mente, cuya naturaleza, si es que la tiene, trasciende lo orgánico, lo cerebral. Escurriéndose en lo que existe entre la cultura y el lenguaje. ¿Qué manipulan entonces psiquiatras y psicólogos? ¿Dónde está el objeto de su trabajo?

La salud mental resulta ser una entelequia, un mito de nuestro tiempo moderno y posmoderno. Cordura y normalidad social se confunden hasta asemejar conceptos  sinónimos, palabras desconectadas de contexto y subjetividad, vagando en el ideario posliberal que nos oprime como mantras, que de tanto repetirse se convierten en verdades incontestables, en una suerte de realidad compartida. Y esta es justamente la cuestión, la propia realidad que la cordura quiere representar es el estado mental compartido no tanto por ser mayoritario, si no por estar homologado por las élites dominantes y el poder que nos oprime. Cumpliendo los terapeutas, ya sean estos psiquiatras, psicólogos u homeópatas, una función de vigilancia y justificación de esta realidad homologada, administrando la normalidad y ajustando a aquellos que se salen de ella.

La cordura en esta época nuestra de cultura global significa estar adaptado, cumpliendo escrupulosamente roles y estereotipos sin cuestionarlos. Supone la participación despersonalizada en los engranajes de la superproducción y el sobreconsumo. Es asumir lo injusto y lo indecente como ajeno y a la vez irrevocable. Consiste en entender la ética como las estrellas o las mareas, extraña a nuestra voluntad.
 En esta edad de alienación, las personas cuerdas son aquellas que han alcanzado el cénit capitalista de producción y consumo, es decir, el ideal de la  autoexplotación, donde el sujeto es objeto de sí mismo, donde ya no es necesario el contubernio de patronos ni amos para ejercer la opresión, porque la ejercemos entre nosotros y contra nosotros. No se trata ya de consumir o ser consumido, si no de devorarnos en una especie de macabra antropofagia cultural. Cordura significa estar secuestrado en la norma social, aceptar sus contradicciones y procrearlas, reproducirlas en un delirio compartido de masoquismo feliz, en el que domina una represión positivista que lamina cualquier disidencia emocional. La cordura rechaza el dolor y el sufrimiento creciente de nuestra sociedad, síntomas irrefutables que avisan del inminente colapso psíquico al que nos dirigimos. Cada año se dilatan las cifras de los trastornos mentales, las recetas de drogas psiquiátricas o los suicidios, pero nada de ello borra la sonrisa imbécil del cuerdo, inmerso entre placeres que no satisfacen, diversiones sin sentido y objetos de consumo que no son más que carcasas. Mientras tanto, a su alrededor todo es fachada y máscaras, luces de neón que le hacen olvidar la miseria que le rodea y padece, sometido a los sueños siempre insatisfechos de la neurosis.
   
No pretendo hacer aquí una apología más de la locura, tal cosa ya se ha planteado en numerosas ocasiones y su recorrido, aunque encomiable, no nos ha llevado muy lejos. En la locura hayamos rebeldía, pero no revolución, encontramos sin duda alguna la más firme y genuina expresión política, pero sin conformar una ideología. La locura es sufrimiento y dolor, es, en sus facetas más crudas, desesperación y agonía. No hay nada en ella que merezca su enaltecimiento y su fanfarria, pues no es otra cosa que un intento extremo de supervivencia cuando todo ya se ha intentado antes. Las personas enloquecidas son aquellas a las que no se les ha permitido ser distintas y que no han podido traicionarse para alcanzar la cordura, quedando a la deriva en los márgenes de este delirio colectivo al que denominamos realidad.
El cuerdo sufre en la mayoría de los casos sin saberlo, sometido al ajuste social para no ser rechazado, siempre mirando para otro lado. Poniéndose de perfil ante las injusticias, esquivando las miradas ajenas que le interrogan y soslayando la imagen que le devuelve el espejo. Vive anestesiado y disociado de sí mismo, negando sus deseos para abrazar los que la sociedad dominante le administra. Padece de ansiedad y obsesiones, su personalidad es sumisa y anodina, reflejo de la farsa de realidad que parasita. En los mejores casos va de aquí para allá con sus temores, buscando esa realización personal que nunca llega a cuajar, en los peores, vagabundea aquejado por un terrible y crónico vacío existencial. Sin embargo, son los locos los que más sufren, pues su dolor es constante y rara vez encuentran alivio. No pueden mirar para otro lado, sus ojos quedan atrapados ante la desigualdad y la contradicción, ante el cinismo cobarde de nuestra sociedad. El loco no puede callar, solo chillar. Su vida es el grito desquiciado de Pandora, sufriendo el escarnio público como chivos expiatorios por no poder dejar de ser lo que son, denunciando con su existencia dolorosa las contradicciones de este mundo malsano.
 Piensa el cuerdo ser feliz en su desidia, en su mazmorra de carcasas y máscaras, como el esclavo de la casa frente al de la plantación. El primero creerá vivir mejor, protegiendo las cadenas que le atan. El segundo vivirá menos y peor, con los tobillos y las muñecas siempre sangrantes, anhelante de una libertad  que teme tanto como desea.
 
¿Dónde está la salud entonces que nos prometen psicólogos y psiquiatras?
Solo con el respeto a la subjetividad de cada cual hallaremos el camino a la salud, que no es otra cosa que dejar ser a los demás, porque dejarnos ser es querernos libres. El cuerdo podrá sentirse uno más, alienado y neurótico, en compañía de muchos tan mediocres como él mismo. Pero solo el loco, en su soledad delirante, lucha a brazo partido por su libertad, una refriega que siempre es a muerte o, más bien, a suicidio.

Por todo ello, la tesitura que nos remueve y agota sin reposo, que nos inunda de lágrimas y pesar, es la elección, injusta pero ineludible, entre la cordura o la libertad.