sábado, 3 de junio de 2023

Recordando a Andreas. Contra la impunidad psiquiátrica.


El 24 de  Abril de 2017, Andreas, una joven psicóloga de 27 años, falleció en la unidad psiquiátrica del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), tras pasar 75 horas bajo contención mecánica, es decir, maniatada a la cama, y tratada mediante contención química, es decir, drogada hasta quedar totalmente aturdida. La joven murió tras una miocarditis producto de una meningitis que, al ser confundida por el personal médico de urgencias del hospital por un trastorno disociativo, no se trató adecuadamente, extendiéndose la infección sin contención alguna hasta provocar su fallecimiento.

La muerte de Andreas tuvo cierto impacto mediático, varios diarios regionales plasmaron el suceso en sus páginas, además de algún otro diario digital. La Televisión del Principado de Asturias (TPA) también tuvo sus cuñas al respecto, pero fueron las asociaciones de pacientes de salud mental las que pusieron el grito en el cielo y lograron incomodar a la administración asturiana y, concretamente, a la Consejería de Sanidad. Hubo concentraciones numerosas, con escasa presencia de partidos políticos más allá de Podemos Asturias. No obstante, muy poco se pudo hacer al respecto. Hubo denuncias por parte de la familia y se abrieron diligencias, pero el proceso no pasó de la instrucción judicial. El caso fue archivado, los recursos interpuestos desestimados y los siete médicos acusados de homicidio imprudente absueltos. Actualmente, el caso espera su valoración por parte del Juzgado de Derechos Humanos de la Unión Europea. Beatriz Mamporro, psiquiatra jefe de la unidad del HUCA durante el ingreso de Andreas fue curiosamente ascendida de cargo, mientras que la Asociación Hierbabuena, colectivo que sostuvo las movilizaciones durante meses fue castigada con la retirada de parte de sus fondos, aquellos que dependían de la Consejería de Sanidad.

El tiempo ha pasado, pero Andreas no falleció a causa de una muerte inescrutable, como planteó el juzgado nº4 de Oviedo. En su auto de desestimación, se señaló que la medicina es una ciencia imprecisa, por lo que no era posible determinar responsabilidades punibles a los facultativos denunciados. Este argumento, que se refiere a la imposibilidad del riesgo cero en todo tratamiento, sirve de criterio para exonerar de responsabilidades a cualquier profesional sanitario de, prácticamente, cualquier intervención médica. No obstante, lo cierto, más allá de lo que nos marque la verdad judicial, es que Andreas Feneció por un conjunto de negligencias, prejuicios y malas prácticas que, en su mayoría, continúan vigentes. Reforzadas incluso por el penoso resultado judicial. Las y los psiquiatras se creen intocables, más en este caso no se trata de una creencia, es más bien la certeza constatada, pues resulta casi imposible encontrar a alguno de estos profesionales condenado por negligencia o imprudencia en la jurisprudencia española. Tampoco en la extrajera. El caso ha quedado olvidado, como otros muchos, empero me gustaría dejar alguna constancia del mismo, más allá del recuerdo particular que podamos poseer y de lo que pueda rastrearse aún por la web de sus noticias...

Personalmente no llegué a conocer a Andreas, aunque si a su hermana, Aitana, una mujer fuerte y luchadora la que admiro por su coraje y entereza. Siempre hay que denunciar las injusticias, a pesar de la desigualdad de fuerzas. Al protestar no defendemos solo nuestros derechos vulnerados, protegemos al prójimo, púes este tipo de violencia, la que acabó con la vida de Andreas, no conoce apellidos o estudios, quizás solo discrimine la clase social, así que la denuncia nos protege de lo que pueda venir. Aunque mi participación en este caso fue somera, tuve acceso a toda la documentación al realizar un peritaje forense sobre la muerte de la joven. Contacté con Aitana, su hermana, a través de Fénix, quien me mantenía al tanto de lo sucedido. Estaban buscando profesionales para cuestionar el informe forense realizado a petición judicial por el propio HUCA, el cual señalada sin ningún rubor el fallecimiento accidental de Andreas. Cuando me puse en contacto con Aitana ya había un grupo de sanitarios, psiquiatras en su mayoría, trabajando en un peritaje, así que me ofrecí para realizar otro por mi cuenta. Finalmente ambos informes apuntaban en la misma dirección, pero aquello que llamó más mi atención fue que de los cincuenta firmantes que rubricaban el informe, ninguno trabajaba en Asturias. Al parecer, ningún psiquiatra asturiano quería confrontar con el peritaje realizado por el HUCA. Este hecho, para muchos anodino, representa un penoso problema de fondo que padece la medicina en general. El corporativismo evidencia el grave conflicto de interés que desvirtúa a esta profesión y añade nuevos apuros a la disciplina psiquiátrica, más que saturada ya de contradicciones.

 

Un diagnóstico Delirante

Identificar la enfermedad mental en una persona no es algo fácil, por mucho que se intente desde la disciplina psiquiátrica una similitud con el resto de la medicina, lo cierto es que el diagnostico en salud mental es algo en sí mismo controvertido. Una dificultad con la que se convive desde tiempos decimonónicos, cuando se denominaba como alienado al enfermo o trastornado mental y alienista a su supuesto sanador. El problema raíz es que el análisis de la locura es exclusivamente clínico, es decir, carecemos de marcadores objetivos con los que evaluar la presencia o descarte de tal o cual problemática mental. En la práctica, esto significa que todo  profesional de la psiquiatría y psicología clínica realiza una evaluación de los síntomas que el paciente expresa. Estos síntomas son sensaciones y percepciones subjetivas, en ningún caso objetivables, puesto que no es posible verificar lo que cada uno piensa y siente en la intimidad de su conciencia. Pues bien, estos síntomas son comparados sistemáticamente con los distintos grupos de descripciones que definen cada uno de los trastornos disponibles en cada momento histórico de la psiquiatría. El diagnóstico se realiza mediante esta comparación, entre el discurso de malestar expresado por el paciente y el filtro que supone la opinión, tácitamente experta, del profesional. Opinión que viene mediatizada por numerosos factores, tales como su experiencia personal con el sufrimiento mental, su personalidad, el bagaje profesional y las teorías y manuales de referencia que maneje el susodicho experto. Sobre todo lo cual habrá que añadir la omnipresente ideología que toda persona posee y que, más o menos explícitamente, orientan nuestra comprensión del mundo en el que vivimos. Toda esta evaluación es normalmente encauzada hacia una serie de diagnósticos consensuados que permiten cierta estabilidad entre profesionales. No obstante, no resulta ninguna rareza que lo que puede ser interpretado por un psiquiatra como un trastorno determinado, pueda, con la misma información expresada, interpretarse con otro diagnóstico por otro profesional. Tal cosa ocurre porque, de una parte, no existe una nosología orgánica que pueda ser identificada con instrumentos específicos. La patología mental excede lo orgánico, por más que se pueda situar al cerebro como el lugar depositario de los trastornos mentales, la investigación científica aún no ha podido descifrar la neuroquímica de la mente. Independientemente que esto pueda llegar a ser posible, lo cierto e irrefutable es que la mente resulta ser un fenómeno extra cerebral, que hunde sus raíces en el lenguaje, la cultura y la experiencia compartida.

Este problema, el del diagnóstico, ha sido puesto de manifiesto en numerosas ocasiones. Más allá del conocido estudio de Rosenhan, en el que falsos pacientes ingresaron como enfermos mentales al fingir síntomas psicóticos, son muchas las personas que siendo diagnosticadas de un trastorno cualquiera, por ejemplo, la depresión mayor, son reinterpretados después como bipolares tipo 2, esquizoafectivos, de trastorno dependiente de la personalidad o límite. Para estos casos, la psiquiatría siempre podrá aludir a un cambio particular o impredecible de la psicopatología del paciente, argumento muy flexible que bien parece soportar cualquier variabilidad sintomática. Por si esto no resultara convincente, también podrá razonarse un defecto en la psicobiografia del paciente. Es decir, que este omitió algún tipo de información relevante al respecto. Incuso cuando el contraste de opiniones entre profesionales sea muy grosero, siempre se puede señalar a una divergencia del paradigma teórico entre los facultativos. Aunque resulta cierto que la comunidad médica psiquiátrica ha tratado y trata cónstateme de homogenizar las diferentes patologías mentales, en cuanto a grupos de síntomas y nomenclaturas, lo cierto es que continúan coexistiendo varias teorías explicativas de la mente. Conviviendo términos considerados por unos obsoletos mientras que por otros aún vigentes. Así podemos hallar entre unos y otros psiquiatras, jergas que conservan una fuerte carga psicoanalítica, frente a otros que se expresan con los tecnicismos propios de la terapia de conducta. También los hay que se empeñan con un vocabulario más refinado, incorporando vocablos importados de las neurociencias. Y por supuesto, están los que hacen uso de un lenguaje híbrido, en una mezcolanza ininteligible pero que goza de una gran credibilidad. Todo este galimatías, sostenido únicamente por una férrea posición de poder, facilita y permite la disuasión de responsabilidades a estos profesionales, en el caso de que incurran en una mala praxis. ¿Cómo administrar culpas en una especialidad tan diversa, por no decir caótica?

En cualquier caso y respecto al tema que nos ocupa, la problemática habitual del diagnóstico en salud mental bien podría pasar a un segundo plano. La negligencia en el caso de Andreas es de tal calibre que no se puede explicar únicamente alegando las dificultades existentes en todo diagnóstico psiquiátrico. En este asunto se aprecian errores de mayor calado. Prejuicios tan fuertemente instalados que invalidan el mismo proceder médico.

Andreas acudió a las urgencias del HUCA hasta en tres ocasiones. En las dos primeras veces, la joven hubo de regresar a su domicilio sin que se reportase un malestar grave por parte de los profesionales sanitarios que la atendieron. Empero Andreas volvió a urgencias una tercera vez, preocupada por un creciente malestar, que se expresaba por una fiebre constante, dolores de cabeza y la escucha de ruidos extraños. Precisamente fue este último síntoma, el de los ruidos, acompañados de una ansiedad creciente, lo que hizo que el personal de urgencias la derivara a la psiquiatra de turno. Concretamente una residente que, tras una breve exploración y revisado su historial médico, concluyó que la joven Andreas presentaba un episodio disociativo acompañado de  fragilidad emocional.

Las alucinaciones auditivas, a pesar de que Andreas expresara crítica de realidad, es decir, que reconocía que estas no eran reales, , junto con el diagnóstico de esquizofrenia en su madre, fueron poderosos reclamos para la residente. Finalmente, el malestar de Andreas, reinterpretado por la médica con el vago término de fragilidad emocional, fue la guinda para el diagnóstico.

Según señala el manual de psicopatología más utilizado, el DSM-5, el trastorno disociativo de la personalidad (TDS) se identifica por la presencia de tres grupos de síntomas. Los cuales incluyen pérdidas de memoria, comportamientos de fuga y alteraciones de la percepción o del pensamiento con sensaciones de irrealidad. Como se comprenderá, ninguno de estos síntomas son señalados por la paciente, más allá de los ruidos que esta aseguraba percibir. No obstante, estos sonidos extraños no  están en situación de constituir un síntoma psiquiátrico relevante, puesto que Andreas cuestionaba su veracidad. Para que una alucinación adquiera un valor en este sentido, requiere de la creencia de paciente respecto a su existencia o que, al menos, exprese dudas sobre su autenticidad. Por otra parte, el comentario de personalidad frágil que refiere la médico residente no representa nada más que una observación clínica, la cual puede comprenderse perfectamente desde la ansiedad y preocupación que le generaba a la paciente saberse enferma. El comentario, así expresado por la residente, en ningún caso puede referirse a alguno de los trastornos de personalidad expuestos en el manual de referencia psiquiátrica DSM.

En todo caso, para el presente diagnóstico, llama poderosamente la atención la minusvaloración que se hace del estado febril de la joven, el cual según declaró, se mantenía desde hacía ya tres semanas. En este sentido, es imperativo señalar que todo diagnóstico en salud mental debe realizarse de forma diferencial, es decir, descartando dolencias orgánicas que puedan dar lugar a confusiones. Desarreglos hormonales o anemias pueden generar síntomas de fatiga y anhedonia similares a los expresados en la depresión. Así mismo, el consumo de tóxicos también puede distorsionar el diagnostico, al confundirse los efectos psicotrópicos con malestares psíquicos. Para ello debe siempre efectuarse una prueba de descarte, la cual y para colmo en el caso de Andreas, dio positivo. Impidiendo a corto plazo, al menos hasta que se disiparan los efectos de la droga, la valoración de patología mental. Mientras tanto, no se practicó exploración que pudiera aclarar la persistencia de la fiebre. Signo de amplio espectro asociado habitualmente a procesos infecciosos muy variados.

No obstante, por encima de todas estas cuestiones, prevalecieron los antecedentes psiquiátricos familiares. La depresión mayor que atenazaba al padre y, muy especialmente, la esquizofrenia que padecía la madre. A pesar de que la hipótesis de la heredabilidad genética está muy difundida en la nosología psiquiátrica, esta no sirve en ningún caso para establecer algún tipo de diagnóstico. Lamentablemente, en la práctica, sirve para apuntalar todo tipo de trastorno mental. Toda persona en cuya familia exista un pariente cercano con el diagnóstico de un trastorno mental grave, será susceptible de heredarlo, interpretándose con facilidad su presencia en cuanto se exprese algún síntoma ansioso, depresivo o de otro tipo. Incluso en el caso de que tan solo se llegue a mostrar una personalidad poco común, planeará sobre el afortunado la sombra del trastorno mental. La importancia que se da a la hipótesis neuroquímica y genética de la enfermedad mental se debe al concurso interesado de la industria farmacológica, la cual se sirve de esta hipótesis para afianzar los remedios medicamentosos frente a otros de tipo psicoterapéutico. Siendo esta industria la encargada de informar y formar a los profesionales de la salud mental sobre los tratamientos disponibles, se comprenderá mejor lo extendido y afianzado de esta creencia entre psiquiatras y demás personal sanitario.

 

Un ingreso voluntariamente forzoso

Andreas ingresó voluntariamente en la unidad psiquiátrica del HUCA, preocupada como estaba por su creciente malestar, supuso, seguramente, que allí por lo menos estaría monitorizada y bien atendida. No pudo equivocarse más. Se suele pensar que las unidades psiquiátricas de agudos, por incluirse habitualmente dentro de unidades hospitalarias, forman parte del propio hospital. Puede ser que desde un punto de vista administrativo así sea, empero no lo es desde su práctica profesional. Las unidades psiquiátricas son estancas al funcionamiento hospitalario habitual. Físicamente están separadas, incomunicadas y de acceso restringido, su entrada y salida requiere permisos especiales, similares a los que puede darse en un centro de privación de libertad. Los cuidados y atenciones que allí se realizan están basados en el control y la coerción. La toma escrupulosa de dosis constantes de medicación y el vagabundeo por los espacios comunes, normalmente sala de visitas, de televisión y el omnipresente pasillo, son las actividades cotidianas y toleradas por el personal. En algunos casos, dependiendo de la unidad en cuestión y para aquellos pacientes sumisos con la autoridad psiquiátrica, se realizan actividades suplementarias, más o menos terapéuticas, desde grupos de discusión, ejercicios físicos, talleres diversos e, incluso, salidas al jardín exterior, si es que este llegara a existir.

En este contexto debió despertarse Andreas, tomando conciencia de que, sin duda alguna, aquel no era el lugar en el que debía de estar. Andreas era, para colmo, psicóloga. No es que estos estudios le dotaran de una perspicacia superior para entender lo obvio del lugar, pero sin duda estaba mínimamente facultada para comprender la negligencia que estaba en ciernes. Andreas expresó sus quejas, seguramente con nerviosismo y también enfado. Cualquiera podrá comprenderlo. Despertarse en la unidad psiquiátrica de agudos a causa de una persistente migraña febril tiene que cabrear bastante. Seguramente si el error hubiese sido cometido en otra zona del hospital, la que fuera, el personal sanitario habría reaccionado con preocupación, tratando de subsanar el error en el menor tiempo posible. Pero claro, Andreas se encontraba en la unidad psiquiátrica de agudos, allí las cosas funcionan de forma muy distinta. En estos lugares, cualquier queja que plantee un paciente respecto a la idoneidad de su ingreso, es interpretada como mínimo con recelo. Si esta reclamación se hace además con cierta agitación o aspavientos, el recelo dará lugar a la amenaza y, si esta no consigue aplacar al paciente, la represión mediante los tratamientos estrella en toda unidad psiquiátrica, a saber, la medicación forzosa y la contención mecánica.

David Cooper, psiquiatra crítico de referencia para todo buen profesional, señalaba que la violencia atribuida a los pacientes no es más que una respuesta defensiva frente a la violencia estructural practicada por la psiquiatría a través de sus profesionales. Esta violencia sistemática y normalizada por protocolos y guías, parte de condesados y bien afianzados prejuicios en los que se entiende que los pacientes carecen de voluntad personal y credibilidad. Están enajenados y, por tanto, todo aquello que puedan decir respecto a su situación, siempre y cuando esta no coincida con la interpretación de los profesionales, es rápidamente desestimada o, directamente, interpretada como prueba sintomática del trastorno que padecen. Este razonamiento tautológico no tiene salida posible para el paciente más que la sumisión, es decir, convertirse en un loco bueno. Dócil para el personal y la estructura psiquiátrica. Aquellos pacientes malos, críticos con su diagnóstico, su malestar o su ingreso, serán invalidados mediante un lenguaje coercitivo y medidas represivas.

Esto es justamente lo que le sucedió a Andreas. La joven puso en cuestión su ingreso y diagnóstico, afirmando con vehemencia y la más sana preocupación que ella no debía de estar allí. El tratamiento que recibió fue el estándar. Aquello fue su perdición. Poco importara que su ingreso hubiera sido voluntario. En el mismo momento que Andreas trató de disponer de su voluntad esta le fue arrebatada. En un instante, su ingreso pasó de ser voluntario a forzado, pudiéndose aplicar el arsenal psiquiátrico de medidas de contención contra ella. Andreas fue amenazada con aislamiento si no cejaba en sus empeños de salir de la UPA. Evidentemente hizo caso omiso de la amenaza, lo que llevó al personal psiquiátrico a actuar según su guión. Andreas fue físicamente reducida, medicada involuntariamente vía intramuscular y maniatada en la cama de su dormitorio. Setenta y cinco horas después falleció. Muerte accidental según el dictamen judicial.

Llegados a este punto, quizás sea necesario aclarar algunas cuestiones respecto a eso que se viene a denominar Autonomía del Paciente, expresada en una ley y que tiene por objeto aclarar los derechos de todo enfermo. Esta norma legal establece que toda persona tiene derecho a la información veraz del tratamiento a recibir, pudiendo elegir entre los disponibles de la cartera de servicios sanitarios. Así mismo, se indica el derecho de toda persona a recibir o no tratamiento. La lógica que subyace a estas prerrogativas es evidente, básicamente consiste en proteger el derecho de toda persona a qué hacer con su cuerpo. Dado que muchos tratamientos pueden ser dolorosos y contener graves iatrogenias, el derecho a decidir resulta compresible o, más bien, ineludible. No obstante, existen algunas excepciones en la citada ley que bien merecen de nuestra consideración para situar el asunto que nos traemos entre manos. Tanto el derecho al consentimiento informado como la negativa respecto al tratamiento disponible o recomendado, son prerrogativas legales que bien pueden ser anuladas si así lo considera el facultativo que realiza la evaluación médica. Respecto al consentimiento, la ley señala que, si el médico de turno interpreta que informar al paciente puede ser contraproducente para su bienestar, se autoriza a que se le exima de información. De forma similar, la voluntariedad respecto al tratamiento puede omitirse si, de nuevo, el facultativo de turno entiende que no aplicar el tratamiento puede afectar negativamente al paciente o a terceras personas.

En la práctica, estas excepciones suponen borrar de facto el derecho de autonomía en pacientes de salud mental. En un contexto de gravísima discriminación y estigma contra este colectivo, la ley ampara sin ambages el uso de la violencia en psiquiatría. Los prejuicios y falsas creencias son reforzados mediante las exenciones que permite la ley. De esta forma, se sobreentiende que las personas diagnosticadas de un trastorno mental grave, el que sea, carecen de credibilidad y pueden ser peligrosas, por lo que en aras de la seguridad, puede establecerse sin contemplaciones el tratamiento forzado. Si a esta problemática le añadimos los déficits logísticos y de personal habitual en toda la sanidad pública, entenderemos los riesgos en cuanto a negligencia y maltrato en la atención en salud mental. En un contexto en el que se validan prejuicios y falsas creencias, al que se suma una degradante sobrecarga laboral, resolver las dudas comprensibles o atemperar a pacientes nerviosos, se convierte en algo difícil de gestionar en el mejor de los casos. La necesaria serenidad y paciencia que requiere la atención en salud mental se torna esquiva, por no decir impracticable. En este ambiente de prisas, fatiga y prejuicios, la facilidad con la que se puede hacer uso del tratamiento forzoso, influye gravemente en su aplicación, de tal forma que este se lleva a cabo ante el más mínimo cuestionamiento. ¿Para qué esforzarse en una recepción sosegada que conlleva tiempo y esfuerzo cuando las cosas se pueden resolver de forma casi inmediata? En este sentido la primera respuesta a toda reticencia respecto a la valoración psiquiátrica es la amenaza. Todo ingreso voluntario puede revertirse en forzoso en un instante. Si la amenaza no resulta efectiva o el paciente responde levantado la voz o con el amago de marcharse se activan las contenciones físicas, químicas y mecánicas. Esta es la inercia en salud mental. Bien apuntalada mediante la creencia en que todo paciente psiquiátrico está enajenado, puede ser peligroso y legalmente inhabilitado de sus derechos más básicos con el único criterio de un psiquiatra. Por su puesto, para que las cosas parezcan correctas, el juez de turno debe de expresar su aquiescencia en el plazo máximo de cuarenta y ocho horas. Plazo que suele excederse con facilidad y que, como parece que no podía ser de otra forma, se superó en el caso de Andreas. Este hecho, que pasa inadvertido por todo tipo de profesionales sanitarios y de la magistratura, convierte estos ingresos directamente en secuestros. Pero tal cosa, como veremos en breve, a nadie parece importar.

 

 

La parodia judicial

A pesar del medio centenar de profesionales implicados en el caso, apenas logramos torcer mínimamente el derrotero del juicio. Dudo que en algún momento los siete profesionales imputados tuvieran dudas al respecto. El contraperitaje que llevamos a cabo propició, al menos, que la jueza encargada de armar el proceso, requiriera de un tercer informe forense. Al fin y al cabo, aceptar el primer peritaje con otros dos en contra podía resultar algo grosero. Además, estaba el hecho de que ese primer informe había sido emitido por el propio HUCA, a través de su instituto forense, lo cual podía interpretarse como inadecuado. No tanto por sus imprecisiones y su falta de rigor, sino por entenderse que podía darse algún tipo de conflicto de interés, puesto que los sanitarios encargados del informe podrían ser compañeros de trabajo de los acusados. Esta problemática queda reafirmada por el hecho del que hacía referencia al principio de este artículo. Que los cincuenta profesionales que firmaron el informe forense de la acusación no pertenecieran a la sanidad asturiana resulta revelador. Tal cosa expresa los graves condicionantes que rodean a la disciplina sanitaria, en forma de represalias y presión de grupo.

Llegados a este punto, para comprender en profundidad el caso que representa Andreas, necesitamos introducir un par de ingredientes más en el asunto, los cuales van a complejizar aún más el juego de poderes que rodean a la salud mental. De una parte, el problema del corporativismo médico y, de otra, la perturbadora penetración de la psiquiatría en la justicia.

Que la medicina no es una profesión ordinaria es algo que cualquiera podrá comprender. Su objeto de trabajo, la salud, le ha conferido un estatus de gran relevancia social. De hecho, difícilmente puede considerarse a una nación como avanzada si carece de un buen sistema de salud. Este estatus ha propiciado que la medicina adquiera una independencia impropia para otras disciplinas. Con un acaudalado colegio oficial y numerosas asociaciones profesionales, la medicina disfruta de prerrogativas impensables para otros gremios. La explicación de este estatus profesional se debe a varios factores, pero quizás el más relevante para el asunto que nos ocupa, sea el enorme nicho de negocio que supone la sanidad. Tanto aquella que denominamos pública como aquellas otras concertadas y privadas. Actualmente, a pesar del deterioro de la calidad laboral en la medicina, su poder corporativo continua firme. Los colegios de médicos establecen directrices políticas a la par que estrechan y afianzan sus lazos con la industria sanitaria y farmacológica. Tanto en la investigación, práctica clínica como en la formación. Esta última en manos de la industria, la cual ha penetrado con total impunidad en el ejercicio médico y sanitario. Sus comerciantes son mobiliario actual en salas de espera y consultorios, abordando a estos profesionales incluso en reuniones organizativas y ejerciendo exposiciones formativas que a menudo parecen más vacaciones pagadas. Las intenciones de la industria son claras y sobradamente conocidas, motivadas por el inagotable ánimo de lucro, dirigen y manipulan la investigación y el ejercicio profesional hacia prácticas donde prospere la cronicidad de la enfermedad frente a la sanación. La psiquiatría representa, posiblemente, el mejor ejemplo de esta relación espuria. Prueba de ello son los desorbitantes ingresos y facturación que acumula y emite la industria farmacológica en esta especialidad, superiores a ninguna otra. Todo ello a pesar de la inoperancia y baja efectividad de sus caros remedios.

La curación respecto al trastorno mental grave, lleva  estancada desde prácticamente  los inicios decimonónicos de la disciplina. No obstante, la prevalencia de quienes pueden padecer la enfermedad mental en algún momento de sus vidas no ha dejado de aumentar. La psiquiatría, a tenor de sus propias estadísticas, no es capaz de curar la psicopatología que describe y diagnostica. Al contrario, parece extenderla con la creación de nuevos diagnósticos y la progresiva cronificación de los existentes, tanto reinterpretando  y reescribiendo los trastornos mentales como a través del uso indiscriminado de psicofármacos. Siendo estos ritmos los responsables de la proliferación de malestares secundarios y numerosas adicciones, malestares añadidos que socaban la calidad de vida de los pacientes. Llama poderosamente la atención que, mientras los fármacos habituales para las dolencias orgánicas son de uso universal, como por ejemplo el paracetamol, un antitérmico de uso generalizado para todo profesional sanitario, los psicofármacos varían en su uso, recetándose unos y otros para psicopatologías similares y también diferentes. Y es que la psiquiatría, más que cualquier otra de las especialidades médicas, encarna ese papel de corrupción vinculado al negocio sanitario. Negocio que solo puede convertirse en tal en la medida que cronifique la enfermedad. Llegando al cénit de la aspiración neoliberal de medicar no solo a las personas enfermas, sino también y muy especialmente a las sanas. La terrible facturación y nivel de ingresos de la industria a través de la especialidad psiquiátrica resulta del todo obsceno, siendo esta disciplina el buque insignia del negocio sanitario.

Este es el fangoso contexto en el que se mueve la medicina y donde la psiquiatría es la estrella. Razón por la cual esta profesión disfruta de un estatus sin parangón que le protege de las negligencias y malas prácticas en las que incurre. Negligencias en gran medida provocadas por su propia dinámica, al subvertir su razón de ser aparente, la salud, al ánimo de lucro. Si a esto añadimos la función de centinela social y cultural que traspasa a la profesión, en cuanto estandarización del sufrimiento, se comprende las enormes dispensas que se les brindan a sus profesionales. Siendo la judicatura uno de sus más firmes aliados.

Existe una omertá entre los profesionales sanitarios, una ley del silencio que impide denunciar y valorar las malas prácticas y las negligencias. El corporativismo adquiere su relevancia en la medida que se puede dar cuenta de los poderosos equipos de abogados que poseen los colegios de medicina, frente a los cuales difícilmente puede hacer frente un particular. Si a esto añadimos las reticencias de muchos de sus profesionales para actuar en contra de sus colegas, la impunidad está servida.

Respecto a la otra cuestión que distorsiona todo juicio, la penetración de la psiquiatría en la judicatura, mucho se podría decir y mucho se ha escrito también. Aclarar cuanto de trastornado o de criminal tiene un acusado resulta algo tan recurrente en los procesos judiciales, que rara es la vez que un psiquiatra o un psicólogo no son llamados a expresar su opinión al respecto. El asunto no es baladí, ya que la presencia de psicopatología puede dar al traste con cualquier sentencia de culpabilidad, puesto que más allá del delito cometido y su gravedad, la presencia de un trastorno mental puede atenuar o imposibilitar la condena en virtud de la enajenación y perdida de responsabilidad que puede afectar, supuestamente, al acusado. Teniendo en cuenta que el diagnóstico psiquiátrico responde a interpretaciones,  no a pruebas objetivas, la validez legal de la opinión psiquiátrica convierte a estos profesionales jueces de facto. Razón está por lo que pueden disponer a su criterio de la voluntad de pacientes, propiciando ingresos forzosos y tratamientos obligados sin posibilidad de resistencia alguna. Esta intromisión, creciente desde el inicio de la era industrial, parece tener que ver, probablemente, con que resulta más útil o provechoso para el sistema económico actual la persona loca que la criminal. Esta cuestión, que bien merece un análisis particular por sus inquietantes implicaciones morales y económicas, tendrá que ser realizado en otro momento, pues excede nuestro asunto actual.

 

Conclusiones

La muerte de Andreas representa de forma paradigmática la decadencia y la corrupción que padece la psiquiatría, disciplina que parece haber abandonado toda esperanza sanadora para entregarse al negocio, la especulación y la exclusión social. En Andreas convergieron todos los defectos de la psiquiatría, todas sus violencias con una virulencia catastrófica. De una parte, cayeron sobre ella los prejuicios y falsas creencias que ligan la enfermedad mental a la genética, la biología y a su heredabildad. Poseer a una madre esquizofrénica y a un padre con depresión fueron argumentos demoledores que no solo llevaron a una interpretación sesgada de sus síntomas, si no que desatendieron de manera grosera signos médicos objetivos que apuntaban con claridad a una patología infecciosa.

En segundo lugar, el quehacer habitual psiquiátrico, basado en el descrédito del paciente y en la interpretación permanente de que es un agente violento, impidió que Andreas pudiera exponer y razonar la equivocación de su ingreso en la unidad psiquiátrica, produciendo además, el efecto contrario, la activación de intervenciones coercitivas para su contención.

En tercer lugar, fallecida ya Andreas por la acumulación de negligencias diversas, el corporativismo médico impidió y sigue impidiendo esclarecer la verdad de lo ocurrido. La dificultad para la crítica entre profesionales y la obscena intromisión de la psiquiatría en la judicatura, convierten a esta especialidad, la psiquiátrica, en prácticamente invulnerable.

 

Ante semejante cúmulo de privilegios y de despropósitos, no se puede ser muy optimista respecto al futuro de la psiquiatría. En la medida que esta se ajusta como un guante a las prerrogativas liberales que organizan nuestra sociedad, no parece probable que esta disciplina evolucione hacia un paradigma más humanista y benevolente. Al contrario, la impunidad de la que gozan sus prácticas y la creciente psiquiatrización de la vida cotidiana, apunta a un recrudecimiento de su actividad. La psiquiatría gana presencia a cuenta de la preocupación social por la salud mental, ganando peligrosamente terreno en escuelas e institutos. Si bien, cierto es que existen algunos indicios en la disciplina que apuntan a un horizonte esperanzador, con profesionales dispuestos a la crítica y al respeto del paciente, no es menos cierto que estos profesionales son escasos, situados a menudo en los márgenes de la profesión, propiciando así una influencia firme pero discreta, incapaz por el momento de ofrecer una alternativa real al grueso de esta especialidad médica. Y es que, dado que la psiquiatría forma parte de lo que viene a denominarse en la economía marxista superestructura, no parece probable que la solución se halla dentro de la misma disciplina, la cual está diseñada para adaptar a la población a las condiciones de vida imperantes. La solución, si es que esta es planteable, pasa por un necesario cambio radical, ligado a los medios de producción y las relaciones sociales derivadas de estos. En otras palabras, no parece posible una psiquiatría mejor en un contexto socioeconómico capitalista. Así pues no queda otra cosa que la misma disyuntiva de siempre. Pasar de una sociedad basada en la especulación, la desigualdad y el afán de lucro a otra fundada en la mutualidad, la solidaridad y el amor al prójimo. El cómo alcanzar este cambio dependerá de aquellas personas que no quieran realizarlo. Serán ellas las que nos impongan un camino más fácil y amable u otro más doloroso. En cualquier caso habrá que andarlo igualmente.

Esperemos que las trabas y los impedimentos no sean exagerados. Seamos optimistas a pesar de las dificultades.

 


 

jueves, 4 de mayo de 2023

¿Para qué sirve el acoso escolar?

 


Esta es una pregunta crucial a la que debemos responder si deseamos comprender el fenómeno del acoso escolar. En la mayoría de las guías y protocolos sobre el asunto, se recoge que el acoso es una forma de violencia sostenida a lo largo del tiempo, varios meses al menos, y perpetrada entre iguales con el agravante de la intencionalidad. Es decir, que el agresor desea dañar y es consciente de ello. Esta definición es la que permite reconocer el acoso y activar, en su caso, algún tipo de intervención, normalmente difusa y desorganizada, para detenerlo. El problema es que resulta difícil de identificar esa intencionalidad y por tanto, discriminar la violencia casual de la que se estructura en forma de acoso. Estamos ante una conceptualización muy conservadora frente a la cual la gran mayoría de las situaciones de acoso pasarán inadvertidas. Y eso en el caso de que existan protocolos al respecto. Por otra parte, hayamos que la violencia casual, insultos, burlas, agresiones y otras formas de humillación serán fuertemente minusvaloradas o directamente consideradas irrelevantes, para ser descontextualizadas e interpretadas como hechos inconexos y aleatorios. Todo ello nos lleva a plantear la macabra hipótesis de que existe una promoción de la violencia entre iguales. Tal cosa, que seguramente arrancará muecas de desaprobación en muchos docentes, resulta ser coherente con el tipo de sociedad en la que vivimos y, a menudo, sobrevivimos. La institución escolar no es una estructura social estanca a la realidad cultural, es un producto de ella y a la vez un agente de trasmisión de la misma. La escuela representa después de la familia la más poderosa fuente de socialización que organiza nuestra vida y personalidad. Si no asumimos esta condición el fenómeno del acoso escolar será algo irresoluble. De la misma forma que no se puede pretender asimilar el significado de la violencia contra las mujeres sin la participación del concepto de patriarcado y la división sexual del trabajo. De hecho, el acoso escolar representa una parte de la violencia machista, preparando a niñas, niños y adolescentes para su despliegue en la vida adulta. El acoso escolar no es un error del sistema educativo, tampoco representa una carencia o un descuido. Es un objetivo del propio sistema educativo en la medida que este es un importantísimo agente cultural. Esta afirmación no pretende decir que existe un régimen plutocrático en las instituciones educativas que organicen y programen la violencia, se trata más bien de señalar la persistencia de una transmisión de la violencia mediante la promoción de valores y actitudes implícitos que convergen posteriormente en la vida adulta.

La persistente existencia de la violencia en escuelas e institutos, conformada o no en eso que denominamos acoso escolar, representa en su modo más crudo la necesaria criba que se produce a modo de socialización en la sociedad en la que vivimos. La cultura de la violencia y la violación representa perfectamente este fenómeno. Puesto que nuestra sociedad se estructura en tono a dos clases claramente definidas, la burguesía, la minoría dominante y propietaria, frente al proletariado, la inmensa mayoría desposeída y explotada. Evidentemente esto resulta una simplificación, en cada país estas dos clases se discriminan con diversos grados de malestar, pero no erraremos nuestro juicio si aceptamos esta división fundamental del mundo en el que sobrevivimos. Dado que la burguesía representa siempre una exigua minoría, la pregunta es siempre la misma. ¿Cómo conseguir que la inmensa mayoría acepte la desigualdad como norma y la interiorice como natural o verdadera? En este sentido, las respuestas han ido cambiando a lo largo de nuestra historia, con diversas técnicas y recursos para dividir y confrontar al proletariado, pero desde el siglo Si, la escuela forma parte esencial para este fin. Especialmente desde que se volvió universal y obligatoria. No podemos olvidar que la escuela, tiene por objeto preparar a niñas y niños para la vida adulta. La adaptación social es su meta, y en nuestra sociedad esa adaptación pasa por asumir y aceptar la injusticia y desigualdad como normativas.

En este punto, la reflexión crítica en torno a la escuela, se vuelve más compleja, incluso críptica. Dos posturas son las que tradicionalmente han tratado de resolver el problema. De una parte, se sostiene que dado que la escuela es posterior a la sociedad patriarcal y de clases, su conformación tiene por objeto fundamental culturizar en la desigualdad y perpetuar el sistema, se le niega a esta institución la capacidad para el cambio social. De otra, se argumenta que la escuela posee una muy importante capacidad para la transformación social debido a su inherente facultad para la socialización. La hipótesis es sencilla. Si las personas socializamos y nos desarrollamos en torno y a través de la institución escolar, la introducción de modelos educativos igualitarios darán lugar a una sociedad más igualitaria y justa.  Estas dos propuestas, tesis y antítesis, pueden refutarse la una a la otra con numerosos ejemplos. No son pocas las escuelas desarrolladas con valores y enfoques destinados a una educación igualitaria, así mismo, todas estas experiencias nunca han rebasado el umbral transformador que prometen más allá de la propia escuela donde se aplica o, en todo caso, la comunidad donde esta se desarrolla. Es decir, no han rebasado por si mismas un cambio sustancial en nuestro sistema socioeconómico de clases, encarnado en el capitalismo. Las maravillosas propuestas de Paolo Freire y su Pedagogía del Oprimido, por ejemplo, nunca han superado el punto crítico para un cambio social de calado. De hecho y muy lamentablemente, siguen siendo prácticas muy minoritarias, a pesar de sus reconocidos éxitos y una importante difusión en la Comunidad científica internacional.

Ante esta disyuntiva, la situación ideal sería aquella por la cual nuestra sociedad no necesitara de la desigualdad para su desarrollo. Es decir, que no existieran las condiciones materiales y económicas que generan la sociedad de clases capitalista y patriarcal. La síntesis debería aunar todos los esfuerzos, combinando experiencias educativas situadas en una ética de igualdad y de respeto y tolerancia, a la par que se promueva todo movimiento social y político que ponga en riesgo a la hegemonía capitalista. Evidentemente, el único horizonte posible en este sentido es el que nos plantea y promete el feminismo marxista. Pero regresando al asunto que nos ocupa, más allá de proyectos de cambio global, la cotidianidad de la violencia escolar solo puede ser combatida con eficacia si se visibiliza y se denuncia. Convertir esta denuncia en un acto político, de reivindicación representa la necesidad consecuente para su extinción. De no hacerlo así nos tropezamos  con la paradoja actual que contamina toda nuestra sociedad e instituciones. Las palabras paz y democracia se repiten y manosean sin pudor alguno, pero no por ello deja de reproducirse la violencia. Es necesario problematizar estos antagonismos para que colapsen y no puedan sostenerse.

La escuela encarna de forma grosera esta contradicción. Abundan en ella todo tipo de programas de prevención. Protocolos de actuación y formaciones dirigidas al respeto mutuo y a la cooperación. No obstante, la violencia persiste y parece agudizarse con el uso de las nuevas tecnologías. El acoso escolar se recrudece a la par que aumenta la proliferación de  los esfuerzos por combatirlo. Este antagonismo solo puede ser superado si las víctimas y los testigos explicitan la violencia con la que conviven, denunciando la negligencia o pasividad de quienes la amparan. Debemos pasar de una comunidad educativa temerosa por lo que pueda decirse de ella a otra honesta y valiente, que asuma sus debilidades con determinación y responsabilidad. Necesitamos un alumnado valiente que señale a los agresores y defienda a las víctimas, pero sobre todo necesitamos docentes comprometidos con la igualdad y la justicia social. Ejemplos éticos de cómo hay que ser y vivir. Cualquier otra actitud, sea por ignorancia o hastío, perpetuará la violencia y la sociedad desigual en la que vivimos y crecemos. Así mismo, no podemos abandonar la educación a su suerte, como si esta se delimitara a escuelas e institutos. Seamos madres o padres, vecinos o extraños, denunciar la violencia, señalarla es un deber moral del que ninguna persona que se sienta honesta debería sustraerse. En casa, en el trabajo o en la calle, protesta. No dejes de hacerlo. La vida de muchas niñas y niños está en juego. Quien sabe, quizás un día la violencia escolar llame a tu puerta y maltrate a tu hija, dañe a tu hijo. Entonces querrás que te ayuden, que te apoyen. ¿Qué vas a hacer al respecto?

 

 

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jueves, 16 de febrero de 2023

El suicidio no es un problema psiquiático

 En 1963, durante la extenuante guerra de Vietnam, el monje budista Quingo Duce, tomó la decisión de inmolarse en una concurrida calle de Saigón.  Una forma de protesta contra el dictador sur vietnamita Diem, ferviente católico y aliado de estados unidos en la cruenta guerra. El monje ardió en silencio, sin emitir lamento o grito alguno en protesta contra la tenaz represión religiosa del beato tirano. El terrible suicidio, cometido además por una persona venerable y de carácter pacifista, fue retransmitido por las televisiones del momento y causando un alto impacto en la opinión pública. Muy especialmente en la occidental, desacostumbrada a ser testigo directo de las consecuencias de la crueldad que ejercen sus países y gobernantes. El malestar de la noticia tuvo sus efectos, los deseados por el monje y sus adláteres, perjudicando la imagen del dictador y contribuyendo a su caída meses después.

La inmolación del monje tuvo tal trascendencia que, desde ese mismo año, “quemarse a lo bonzo” fue la forma de suicidio protesta más utilizado. De hecho, la palabra bonzo[1], significa literalmente monje. Este tipo de suicidio, que quizás nos pueda resultar un tanto exótico, más propio de culturas orientales o árabes, ha tenido también su representación en España. En 1970, durante un campeonato de pelota vasca presidido por el dictador y genocida Francisco Franco en Donostia, el militante abertzale Joseba Elegí, que llegaría a ser senador tras la Transición, se prendió fuego envuelto en una ikurriña. Sin duda, un acto de claro desacato al régimen fascista de la época. Por otra parte, en el año 2007, un ciudadano rumano se inmolo frente a la delegación del gobierno en Castellón. Su queja, en este caso, tenía que ver con las lamentables condiciones de vida que se ofrece a los migrantes de países empobrecidos.

Resulta fácil de reconocer, en este tipo de sacrificios, la clara crítica social que los motiva. Si bien, esta protesta extrema que se representa con el suicidio parece más esquiva y difícil de reconocer en otras situaciones. La mayoría probablemente, en la que los suicidios aparentan ser actos individuales motivados por intereses o problemáticas particulares. Desconectadas de las circunstancias que rodean a la persona suicida. Al menos esta es la premisa oficial que nos señalan las autoridades competentes en el asunto. El suicidio, salvo aquellos cometidos  con mensajes claros y directos frente a una injusticia compartida o, al menos, parcialmente reconocida por la sociedad, son tratados como asuntos individuales. Obviando su análisis en la mayoría de los casos o interpretándolos como mucho como una problemática de salud pública, muy especialmente como un asunto psiquiátrico. Al menos esto es lo que se entiende desde los protocolos y programas de prevención del suicidio si atendemos a sus directrices principales[2]. No obstante, estamos en condiciones de afirmar que la propuesta psiquiátrica del suicidio no se corresponde con los hechos, con la investigación pasada y presente, la cual resulta, además de abundante, muy aleccionadora.

Emile Durkheim, fundador de la sociología junto con Max Webber y Carl Marx, ya descubrió y dejó por escrito hace más de un siglo, allá por 1897, en su indispensable libro El Suicidio, todo lo relevante respecto al fenómeno que nos ocupa. Este autor, al que tomaremos como referencia para el desarrollo de este artículo, aclaró con gran rigurosidad estadística, que el fenómeno al que nos referimos, es eminentemente de carácter social y que su entendimiento se haya ligado y se explica mucho mejor atendiendo a las circunstancias que envuelven a la persona suicida que  a aspectos particulares que a esta le caractericen. Es más, podemos afirmar con total seguridad, que son las relaciones de poder, derivadas de las formas de producción y distribución de la economía, las que se hayan, en último término, tras el acto suicida.

En este sentido, David Lester, uno de los investigadores actuales más relevantes del suicidio apunta en la misma dirección que el gran sociólogo, señalando que el suicidio “puede entenderse como un acto político en el que la persona suicida intenta cambiar el equilibrio de poder en su grupo social o, en general, en la sociedad”[3]. Evidentemente por equilibrio de poder, no nos referimos únicamente a situaciones macro sociales que afectan a instituciones y estructuras de gobierno, sino también a la influencia que se ejerce sobre los microsistemas sociales, tales como la familia, las relaciones de trabajo o en la comunidad. De esta manera, Lester aclara que, con el suicidio a menudo se pretende forzar determinadas respuestas en aquellos que nos importan”.

Por lo tanto y según lo señalado, se deduce que todo acto suicida, con independencia de quien lo lleve a cabo y de cómo se cometa representa, literal o simbólicamente, una crítica a nuestra sociedad y más específicamente al poder. Más aún, e suicidio representa un elemento sintomático de las contradicciones derivadas  de la desigualdad social. Esta premisa, que tiene por objeto desvelar el presente artículo se fundamenta en el empeño denodado y constante de introducir y sostener un discurso psiquiátrico en el suicidio ligándolo a la depresión, tal esfuerzo, encomiable por su intensidad, no hace sino reflejar su propia inconsistencia, pues la depresión no es causa si no, como mucho, el medio a través del cual se produce el suicidio. La pregunta que se sugiere, por lo tanto, es como se lleva a cabo esta siniestra relación.

Pero antes de introducirnos en tales pesquisas, un poco de historia, aclaremos que `´e es el suicidio y como se ha entendido en nuestro pasado.

 

Aclarando conceptos

Qué duda cabe que el suicidio es un fenómeno tan antiguo como el propio ser humano. Su práctica y forma ha variado a lo lardo de nuestro acontecer prehistórico e histórico, pero como otros fenómenos complejos y moralmente sancionados, como por ejemplo el adulterio o el infanticidio[4], su presencia ha sido constante en nuestro devenir como especie cultural.

Tenemos constancia de gran variedad de suicidios rituales, algunos de los cuales han persistido hasta la actualidad. Son muchas las sociedades, más o menos primitivas, en las que sus personas mayores y enfermas de gravedad, se abandonaban al suicidio. Aunque habitualmente estos suicidios se producían de forma pasiva, mediante la exposición al frio o a la inanición, también abundan ejemplos más violentos, mediante el despeñamiento o por ahorcamiento[5]. La explicación para este tipo de suicidios es fácil de reconocer y carece de la habitual aprensión que acostumbra a rodear al acto suicida. La muerte de personas ancianas y enfermas se produce en sociedades de economía frágil y expuesta a la escasez, en las que la aportación de estas personas es menor al esfuerzo de su manutención. El suicidio de estas personas facilita la vida a su grupo de pertenencia, motivándose a su suicidio mediante creencias y ceremonias más o menos explícitas que lo justifiquen y lo naturalicen. De esta forma, aparecen asentados prejuicios para desvalorar la vejez, los cuales evitan el riesgo de la culpabilidad entre las personas que rodean al suicida, a la par que la agudizan en este. La eutanasia representa una modalidad particular de suicidio ritual. La ley y los protocolos que la amparan no dejan de ser una ceremonia burocrática que tiene por objeto asistir al suicidio de una persona que no puede hacerlo por sí misma. No es objeto de este ensayo establecer juicios al respecto, pero las similitudes  deberían llamar la atención al lector y lectora avezada. Al fin y al cabo, la preocupación por la enfermedad y la productividad de las personas es un elemento transversal en toda cultura.

Otro tipo de suicidios rituales conocidos por el folclore lo componen aquellos ligados al honor y la dignidad. Famoso es el Harakiri, propio del medievo japonés. Este tipo de acto suicida evitaba la deshonra, cuestión de suma importancia para la cultura nipona. Aunque no solo los varones eran impelidos al suicidio, destacan, por ejemplo, el acompañamiento de las viudas en la muerte de sus maridos, fuera por suicidio o no, muchas de ellas se veían impelidas al suicidio. Tal es el caso de ciertas castas de las viudas hindúes, ceremonia que se mantuvo legal hasta mediados del siglo XIX.

Más suicidios rituales lo componen aquellos que son también homicidas. Este tipo de suicidio alberga una fuerte desazón por la violencia que implica. Mientras que los suicidios ligados al honor son actos donde lo único que se destruye es la vida del suicida, los suicidas homicidas tienen por propósito, al menos aparente, causar un grave perjuicio a terceros. Son muchos los ejemplos de este tipo de suicidas que podemos rastrear en la historia, como los sicarios celo tres[6], aunque seguramente, al suicida-homicida más conocido de nuevo lo hayamos en la sociedad japonesa, encarnado en el soldado camicace de la segunda guerra mundial. Estos aviadores causaron estragos en la moral de las tropas estadounidense, no así en número de bajas, que fueron anecdóticas. Una modalidad más contemporáneo de este tipo de suicidas lo encontramos en el terrorismo suicida, fenómeno en auge en los últimos cuarenta años.

Pero más allá del suicidio ritual, más o menos aceptado por las culturas y sociedades en las que se practicaban y practican, en el acto suicida persiste, en términos generales, un tabú fuertemente instalado que desmotiva a su realización y, más aún, a su exteriorización.  Este tabú, nos deviene heredado desde tiempos antiguos, transmitiéndose generación tras generación hasta nuestros días. Así, tenemos constancia del mismo desde la Grecia y Roma clásicas, en las que el suicidio estaba en términos generales mal visto. Los suicidas solían ser considerados como individuos cobardes e irresponsables, siendo enterrados aparte y confiscadas sus posesiones. Para pensadores de la talla de Platón o Aristóteles, el suicidio era considerado un crimen contra el estado y sus leyes. Aunque si bien, a pesar de esta intolerancia generalizada, existía cierta comprensión para aquellos suicidios a los que se consideraba como heroicos por defender causas reconocidas como justas. Así mismo, también existía cierta conmiseración para quienes se quitaban la vida tras sufrir graves infortunios personales.

 No obstante, es en la doctrina religiosa donde hayamos un tabú más explícito y estructurado. Encontramos en las religiones mayoritarias, desde las brahmánicas hasta el budismo o el hinduismo, una permanente negación del suicidio con el ostracismo como recompensa al suicida. De esta forma, se niega el enteramiento en tierra santa al suicida y, lo que resulta aún más disuasorio, la negación del paraíso particular de cada fe o la trascendencia inmortal con la que se recompensa a todo buen devoto. Aunque, evidentemente, siempre existirán moderaciones al tabú citado. El cristianismo primitivo llegaba a jalear el acto suicida de sus adeptos cuando eran perseguidos o capturados. Morir antes que renunciar a la fe, para convertirse en un mártir, un héroe inspirador para la causa religiosa, o más bien política. Curiosamente, esta tolerancia fue truncada tras adquirir la fe Cristian el estatus de oficial y obligatoria en el Imperio romano.

Posteriormente, pasada la Edad Media y en Occidente, con la llegada del Renacimiento y la apertura positivista que supuso, el suicidio adquirió consideraciones más flexibles, a menudo de doble rasero. Desde defensas idealizadas, ligadas al amor romántico y los conceptos filosóficos de libertad y voluntad personal, frente a posiciones mucho más conservadoras, defendidas por todas las facciones y sectas del cristianismo. No obstante, desde al siglo XIX y hasta nuestros días, el tabú del suicidio ha persistido prácticamente incólume, fortalecido por el estado mediante leyes que si bien no prohíben el suicidio expresamente, impulsan un discurso contario al mismo y sancionan a toda persona que los asista. Ahora bien, el cumplimiento efectivo de este tabú y la legislación que lo apuntala, ha tenido y tiene numerosas excepciones. Una permisividad que tiene que ver con la dificultar que supone frenar el suicidio en una cultura, la nuestra, que, paradójicamente, también lo promueve.

 

Suicidio y depresión

Parece irrebatible que en los últimos años ambos fenómenos han ganado espacio mediático y preocupación social. Ciertamente son asuntos que hace ya tiempo que apuntaban maneras, no obstante no es hasta después del año de la pandemia mundial que son asuntos en boca de todo el mundo. Las cifras son más que elocuentes, alarmantes o quizás catastróficas. Por arrojar algunos datos, la depresión representa la más importante fuente de discapacidad e incapacidad laboral en el mundo. El suicidio, por su parte, figura como la primera causa de muerte no natural, por encima de los numerosísimos accidentes de tráfico, siniestralidad laboral o por motivo de conflictos armados. Podemos asegurar que ya no cabe más porquería debajo de la alfombra, estrategia líder para la gestión de estos asuntos para gobiernos y organizaciones. Así que hablar de ello ha sido algo inevitable. Imposible disimular por más tiempo sus cifras. El problema, por ende, no tiene que ver tanto con minimizar el malestar que lo promueve, si no con controlar su impacto de cara a la opinión pública. Surge así un discurso médico, de salud pública, que pretende entender el suicidio como un derivado de la depresión. Aunque más bien habrá que hablar de resurgimiento, ya que esta asociación tiene de innovadora muy poco. La conexión entre locura y suicidio no nos es ajena, más bien al contrario, resulta ser la explicación ortodoxa para cuando un suicidio no es amparado, de una u otra manera, por el orden social vigente de cada época. De hecho, esta vinculación entre la locura y el acto suicida, resulta ser la primera de las falsad creencias que Emile Durkheim desmonta en su análisis. Los años han pasado, pero el prejuicio persiste. A pesar de que el concepto de locura ha evolucionado, cambiando de nombres y etiquetas desde que Durkheim escribiera su manuscrito, la nosología de la locura continúa sometida a una importante controversia entre posturas antagónicas. Desde el paradigma dominante de la bioquímica cerebral al minoritario, por no decir marginal, enfoque económico y social. Por su puesto, entre ambas visiones existe una confusa amalgama de propuestas y teorías, con mayor y menor acierto, pero en la práctica médica habitual y oficial, la biología es ley, o más bien dogma.

 La depresión, ese estado de apatía, tristeza y profunda desmotivación que nos afecta con tanta virulencia y frecuencia, ha sido y es objeto de gran interés y estudio desde muy diversos enfoques psicológicos. Freud, en su ensayo Duelo y Melancolía (1917), ya nos propone lo esencial al respecto, señalando a un conjunto de causas sociales y culturales como promotoras de los síntomas que rodean a la depresión. Con tales pretensiones, no debería resultarle extraña la lectora y lector astuto, la dureza con la que se ha tratado y trata al psicoanálisis. Ahora bien, en la práctica clínica actual, el abordaje de la depresión es cosa de eso tan confuso que viene a llamarse neurociencias. Un conjunto de teorías que aluden a factores genéticos y neuroquímicos con los que explicar la génesis de la patología mental. Concretamente, se nos propone que la depresión es la consecuencia de un desequilibrio neuroquímico de la serotonina, neurotransmisor que afecta a la sinapsis cerebral y cuyo desajuste provoca los muy variados síntomas que identificamos como depresión. Más allá del marco teórico con el que abordemos la compresión de la mente, los estudios e investigaciones al respecto, cuando no son alterados ni modificados sus resultados[7], reiteran que tal relación no ha podido ser confirmada. Más bien al contrario, estudios derivados de la baja efectividad del psicofármaco estrella, el antidepresivo ISRS[8], demuestran que los niveles de serotonina pueden ser más elevados y más bajos entre personas diagnosticadas de depresión de otras que no lo están. Otros estudios centrados en la morfología  cerebral o el rastreo genético han sido inconcluyentes. Más aún, la más importante revisión realizada hasta el momento, por el Equipo científico liderado por J. Montcrieff y publicado en la revista Molecular Psychiatry, demuestra con rotundidad que la relación entre la depresión y el sistema dopaminérgico es espurrea, reclamando sus autores abandonar la teoría del desequilibrio neuroquímico de la salud mental para orientarse hacia paradigmas más integradores y psicosociales.

Y llegados a este punto, uno se pregunta qué tanto hay que investigar para reconocer que las tensiones económicas y sociales, las contradicciones de un modo de vida que fomenta la desigualdad y la discriminación genera sufrimiento. El cual, podrá expresarse con tristeza, apatía y desesperación. La ideación suicida a determinados niveles de malestar resulta un paso plausible, por no decir también obvio. Vamos, que el agua moja y las cosas se caen, pero otras obviedades, las que tienen que ver con aquello que señala las contradicciones del poder y la desigualdad requiere que sean puestas en duda una y otra vez. Sirva de ejemplo la propia obra del autor que utilizamos como guía. Durkheim demostró que el clima o la herencia, al igual que la llocura, no son factores relevantes para la explicación del suicidio. Sin embargo, tales variables persisten en el ideario colectivo, más aún, también en el académico.

Pero no cometamos el error de desviarnos del asunto entusiasmados por la crítica psiquiátrica. La depresión, en sus diversas formas es muy real, que nadie dude de lo contrario. Produce un sufrimiento que puede llegar a ser atroz, posiblemente represente el malestar más doloroso que una persona pueda padecer. Ahora bien, proponerlo como causante del suicidio sería algo similar a señalar a las agujetas como las promotoras del agotamiento y no la carrera que las ha precedido. La depresión puede ser en todo caso el estado de ánimo subjetivo que acompaña el acto suicida. Como fácilmente se comprenderá, quien se enfrente a un suicidio seguramente estará sometido a terribles tensiones, porque lo cierto, también obvio, es que rara vez alguien acomete un suicidio sin graves razones que lo justifiquen, o más bien circunstancias, deberíamos decir, que lo empujen a ello.

En resumen, el empeño del discurso sanitario y psiquiátrico respecto al suicido tiene que ver con una mascarada, un complejo ardid que trata de diluir las causas sociales y económicas que propician el suicidio. Esta treta pretende, en último término, desconectar las miserables condiciones de vida de nuestra sociedad de las relaciones de producción y reproducción que se derivan de la organización económica capitalista.

 

Tabú y ritual.

Comprender el suicidio exige aventurarse en el terreno de la sospecha y de la duda, pues a pesar de lo que persistan en señalar profesionales e instituciones, algo de gran importancia se esconde tras el acto suicida. Considerando la virulencia de la reacción que rodea al fenómeno, en forma de estigma y control psiquiátrico, se intuye que su acto  pone al descubierto mecanismos clave del sistema social y económico en el que vivimos. Pero antes de continuar por este derrotero, quizás sea necesario aclarar algunos conceptos, a fin de evitar posibles confusiones.

A pesar de que la palabra, atendiendo a su etimología, ya es bastante esclarecedora respecto a su significado[9], el primero en ofrecer una propuesta científico-social fue Durkheim, nuestro sociólogo de cabecera, el cual nos propuso la siguiente definición: "Se llama suicidio a toda muerte que resulta, mediata o inmediata, de un acto, positivo o negativo, realizado por la víctima misma, sabiendo ella que debía producirse ese resultado". De esta forma tan clara y explícita, el autor nos ofrece un punto de partida para la comprensión dela persona suicida, sin embargo el valor de su propuesta se hay en la investigación estadística que realizó en la sociedad de su época. Durkheim  estableció correlaciones de gran interés para la comprensión del suicidio, señalando que este es una consecuencia directa o indirecta de la integración y regulación social. Poniendo en relación factores tan diversos como los conflictos bélicos, la filiación religiosa, la institución del matrimonio o el patriotismo, el autor demostró que el suicidio varía en función de estos y otros factores que son responsables de una mayor cohesión social y de un fortalecimiento de sentimientos de pertenencia, los cuales, en última instancia desincentivan el suicidio.

A pesar del tiempo acaecido desde que Durkheim expusiera su tesis sobre el suicidio, esta no ha sido refutada. Al contrario, permanece incólume e términos generales, siendo además, cita obligada para todo trabajo de análisis sobre este fenómeno. Por ello, llama poderosamente la atención que siendo la hipótesis sociológica sólida y vigente, persiste en nuestros días la explicación particular del suicidio, como un problema individual y asociado al desorden mental. De hecho, no erraremos nuestro juicio si afirmamos que el empeño en perseverar en tal teoría responde al prejuicio de un fuerte tabú, cuya fortaleza puede con las más firmes y obvias evidencias. Razón por la cual, si pretendemos desvelar la bruma que recubre al acto suicida, deberemos antes deconstuir el tabú que lo distorsiona.

 

Ciertamente el tabú resulta una muy eficaz estrategia para la transmisión de la norma social. Es la antropología, mucho más que la psicología, la que nos puede ofrecer elementos de comprensión al respecto. Desde esta ciencia social se nos propone que el tabú, representa una creencia o norma social que disuade de realizar un comportamiento concreto que, aunque atractivo a corto plazo, puede ser perjudicial para el grupo. Procura, en virtud de sanciones, simbólicas o literales, su disuasión. Encontramos así explicación a las condenas que imponen estados y religiones, en cuanto a confiscación de bienes o mediante la excomunión. En ambos casos se introduce una fuerte presión social que cristaliza en la culpa y el remordimiento del pensamiento suicida y de la vigilancia y control por parte del grupo de afiliación social. Normalmente la familia, sobre quienes recaerá el control y la vigilancia del posible suicida y parte de la discriminación, en forma de estigma. No obstante, el tabú no es la única forma de regular el suicidio que conocemos. Tal y como se ha señalado al principio, existen excepciones a toda prohibición, formas de suicidio cuya reacción social transita desde una insípida tolerancia a la admiración o, incluso, la más furiosa incitación. Este es el caso del suicidio ritual,

Conocemos una gran variedad de formas de suicidio ligados a una ceremonia que los estructura de cara a la sociedad. Así como en el tabú encontramos una disuasión para un comportamiento concreto, en el ritual se nos presenta la situación antagonista, se nos plantea un comportamiento particular que es promovido por el entorno, sea este la familia, la ley o el estado. Los suicidios de personas mayores o aquellos desempeñados por el honor regulan comportamientos sociales y, mediante la vergüenza y la sanción de la deshonra, en forma de ostracismo, cumplen una función social específica. El anciano muere procurando un alivio a su familia o clan, el samurái muere protegiendo el estatus de su familia, la viuda limpia el nombre de su marido y protege igualmente a sus hijos e hijas de una vida indigna. Cuando la norma social frente al tabú o al ritual es intensa, no existe opción de evitarla, es cuestión de la contingencia de poderosos refuerzos, recompensas y castigos, materiales y simbólicos, imposibles de soslayar. Consecuencias que actúan no solo para quienes están señalados por el tabú o el ritual, sino también para el resto del grupo social, que se sentirán disuadidos de actuar en una situación similar.

Continuando con los ejemplos señalados inicialmente, el suicidio homicida forma parte de suicidio ritual, si bien en estos casos la muerte no supone un alivio para la culpa o la verguiza, más bien actúan motivados por una despersonalización, una suplantación de la personalidad grupal por la propia. Corresponde en estos casos aplicar quizás la teoría del verdadero creyente, una forma particular de suicido cuyas motivaciones parecen enajenadas y donde el yo parece haberse fundido con su ideal.

Finalmente, el suicidio protesta con el que empezamos el presente artículo representa la excepción respecto al tabú y al ritual, ya que aunque puedan realizarse acompañados de cierta ceremonia esta no es representativa del acto que se pretende realizar, si no propia de otras creencias o actitudes que el suicida comparte. Así el monje budista realizará algún rito propio de su doctrina, mientras que el indígena que se suicida protestando por la invasión de sus tierras lo hará invadido en su propio folclore. Curiosamente, lo más interesante respecto al suicidio protesta frente otros tipos, es que este carece del típico estigma con el que se señala al suicida que actúa sin el amparo de su ritual que lo justifique. Al carecer de tabú no existe sanción. Además, este tipo de suicidio no se presta al resentimiento ya que suele ser respetuoso en su forma, raramente causa daños a otras personas y deteriora propiedades de terceros. Finalmente, a menudo representa causas reconocidas por gran parte de la sociedad, razón por la cual, en muchas ocasiones, produce cambios objetivos en las relaciones de poder que han provocado la protesta. Es difícil calibrar el impacto que tuvo el suicido del monje en la cuenta guerra de Vietnam, pero no cabe duda alguna que contribuyó al deterioro del régimen de Saigón.

En cualquier caso, con mayor o menor frecuencia, la protesta suicida es un acto utilizado en todo el mundo con intencionalidad política y que recurre a la propia vida como sistema de persuasión ante propios y extraños.

 

 

Para qué nos suicidamos. Estigma y rebelión

Hasta el momento nos hemos dedicado a analizar brevemente las motivaciones que ocasionan varios tipos de suicidio, aquellos más o menos regulados por rituales y motivados por causas reconocidas por, al menos, una parte de la sociedad. Todos ellos poseen un importante trasfondo político que los impulsa, ya sea para Proteger estructuras socioeconómicas o bien, para modificarlas. En todo caso, todos ellos pertenecen al denominado por Durkheim como suicidio altruista, ya que en estos casos, el suicida queda supeditado a los intereses de su grupo social de referencia.

No obstante, existen muchas otras formas de suicidio que quedan fuera del tipo altruista, la mayoría. En su tratado, Durkheim, establece tres tipos más de suicidio, los cuales exceden las excepciones del tabú y las posibilidades del rito, por lo que son transgresores de normas y costumbres, Este tipo de suicidios son aquellos que se comente sin una protesta explícita o ceremonia que los signifique, por lo que suelen provocar un importante estupor social. Razón está por lo que suelen ser respondidos con la violencia de la discriminación en forma de estigma.

Ejemplos de estos suicidios los hallamos prácticamente a diario. Corresponden a personas que se quitan la vida en un aparente hecho individual, con la extrañeza el lamento de su entorno. Empero tal cosa forma parte del estigma al que se somete a estar personas, la negación de las causas representa uno de sus más importantes objetivos. La otra meta del estigma se reserva para cuando la persona suicida no ha logrado quitarse la vida. En estos casos corresponde a la psiquiatría y a la psicología promover el marco explicativo de la locura, en forma de trastorno mental, para así desacreditar al suicida y sus posibles motivaciones. El objetivo último consiste en generar un discurso ininteligible e invalidante que desvíe la atención sobre las causas reales y complejas que están detrás de todo acto suicida, las cuales no son otras que sociales.

Emile Durkheim reserva para este tipo de suicidios tres categorías explicativas, a las que denomina suicidio egoísta, anímico y fatalista. El sociólogo nos señala que estos suicidios nefastos, que remueven a propios y ajenos, tienen sus causas en un grave desarraigo social, en el que la persona suicida se encuentra desconectada de su entorno. Carece de sostén emocional y nexo con la comunidad, siendo el acto suicida la única salida a un sufrimiento atroz del que no puede escapar. Aunque el autor no nos ofrece una explicación clara sobre cómo se obra la relación entre suicidio y desintegración social, si nos ofrece importantes factores que reducen la prevalencia suicida, tales como la familia y el matrimonio, la filiación religiosa o patriótica. Así mismo nos señala la importancia de normas sociales, estables y predecibles o la existencia de valores  que promuevan la identidad colectiva. Todos ellos son importantes variables que nos permiten evaluar la solución psiquiátrica respecto al fenómeno suicida con la que se nos quiere convencer.

De esta forma, para analizar el fenómeno que nos ocupa, marcado por el tabú y el estigma, habrá que hacerlo en el contexto del modelo socioeconómico en el que se desarrolla. Esto es, el capitalismo. Habrá quien quiera entender quizás en este empeño un afán ideológico, del cual, efectivamente, no me puedo sustraer. Ahora bien, el análisis del modelo social capitalista es inevitable, sencillamente porque este es el que impera sin oposición reseñable en todo el planeta. Evidentemente, cada época requerirá su análisis particular, pero en nuestro presente, cuestionar el capitalismo como elemento vertebrador de nuestra sociedad es lo que toca. Así que vamos a ello.

 

La economía capitalista, en términos generales y con el peligro de caer en un reduccionismo simplista, se basa en el aprovechamiento de la fuerza de trabajo de una mayoría (proletariado) por parte de una minoría (burguesía), mediante la propiedad privada de los medios de producción, financieros y de comunicación. De esta forma, la burguesía se apropia de la capacidad de trabajo del proletariado, con eso que viene a denominarse en la teoría marxista alienación y plusvalía. En la práctica, para que esto se lleve a cabo de forma sostenida en el tiempo y el espacio, se hace necesario disponer de una abundante clase trabajadora precarizada, mermada en derechos, calidad de vida y conciencia para su aprovechamiento. El capitalismo, que se basa en la maximización del lucro y la minimización de los costes de producción, necesita de una fuerza de trabajo vulnerable y sumisa, enajenada e ignorante de su capacidad para defenderse, ya que toda persona oprimida intentará, antes o después, mejorar su situación. Para que esto no se produzca, la oligarquía burguesa despliega numerosas estrategias para el control social. La mayoría de ellas son comunes a otras formas de dominio y ejecutadas en otras culturas y épocas. La desigualdad no es algo exclusivo de nuestro presente. Al contrario, su presencia nos ha marcado durante nuestros primeros pasos. Ahora bien, resulta difícil reflexionar sobre civilizaciones con acumulaciones de riqueza tan exageradas en manos de tan pocas personas. Los datos al respecto son muy ilustrativos. La brecha entre ricos y pobres, entre la burguesía y el proletariado, aumenta en la medida que el capitalismo se desarrolla y transforma, hasta alcanzar niveles de vértigo[10].

En cualquier caso, no se nos debe escapar que no solo el proletariado es vulnerado para precarizarlo en términos morales y de conciencia, la burguesía es también adoctrinada en otros términos. Las élites son pervertidas mediante valores de egoísmo, avaricia y psicopatía. Solo sin son inculcadas con éxito la insolidaridad y el privilegio podrá llevarse a cabo la acumulación de capital y la desigualdad frente a la mayoría de la población.

Existe, además, otro fenómeno social del que no nos podemos sustraer para elaborar nuestro análisis, tanto por su universalidad como por su antigüedad,  la cual supera al capitalismo en varios miles de años. Me refiero al patriarcado. Un viejo y amargo conocido que no necesita presentación. No obstante, me gustaría señalar un par de aspectos del mismo por su hibridación con el capitalismo. Concretamente, me refiero a la división sexual del trabajo, la cual ha permitido profundizar la explotación del proletariado mediante la vinculación de la mujer al trabajo de los cuidados, invisivilizando así sus costes, y dejando para el varón la exclusividad del trabajo productivo. En estos términos, el control de la reproducción, es decir, de las mujeres, se vuelve una necesidad básica en la sociedad capitalista, en la medida que la acumulación de capital necesita de una abundante mano de obra. Estos dos factores son clave para comprender la asociación entre capitalismo y patriarcado, más aún cuando es a través del derecho a la herencia de la propiedad privada la que permite la acumulación progresiva del capital, apuntalado generación tras generación mediante la sumisión de la mujer como elemento reproductor frente al varón.

Los sistemas socioeconómicos señalados implican, como ya se ha comentado, una importante y cada vez más aguda desigualdad. Para que esta no amenace el propio equilibrio de poder y lo haga sostenible, se establecen varias estructuras cuyos fines combinan tanto procesos de socialización para la aceptación de la desigualdad como la vigilancia de elementos divergentes que la puedan amenazar.

Entre estas estructuras podemos destacar por su antigüedad la familia, en sus muy diferentes versiones, y las numerosas iglesias, ambas en decadencia desde el nacimiento del capitalismo. Otras estructuras más recientes, corresponden a la escuela o los medios de comunicación de masas. Por supuesto, más allá de las citadas instituciones, prosperan todo tipo de tretas para minar la capacidad subversiva de la clase proletaria o trabajadora. Tales como la permisividad frente a ciertos tipos de criminalidad, la incitación al consumo de drogas o la compra compulsiva. Por su puesto, si todo lo mencionado falla, la oligarquía siempre podrá contar con el inestimable monopolio de la violencia a través de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. La psiquiatrización  de los conflictos sociales y la psicologización de la vida cotidiana corresponden, por su parte, a trampas más complejas y sutiles, que se desarrollan en las estructuras citadas. Sor por ello estrategias especialmente preocupantes, por su capacidad para pasar inadvertidas incluso para el público más crítico. El equivalente lo podemos hallar en expresiones machistas como los mandatos y roles de género, elementos que guían el comportamiento, sancionando mediante la discriminación la conducta disidente.

En resumen, más o menos lo de siempre. Opio, pan y circo. O dicho de otra manera, sidra y cerveza, mucha comida rápida, Netfilx y futbol. También prostitutas. Y para cuando todo eso sea insuficiente para moderar las ansias de libertar, porrazos y barrotes. Empero y a pesar de todo lo señalado, el problema trascendental con el que se ha topado todo gobierno que sistematice la desigualdad, tiene que ver con el empeño, más o menos recurrente, de las y los oprimidos en rebelarse.

El ser humano posee una gran capacidad para tolerar el sufrimiento, tanto física como mentalmente. No obstante y como resultará evidente, esta tolerancia tiene sus límites. Todo mantenimiento de la desigualdad conlleva ciertos tipos de sufrimiento. Algunas de sus formas pueden ser contenidas o disimuladas con las citadas estrategias para el control de la disidencia social. Ahora bien, cuanto más contumaz sea esta desigualad mayor será el malestar social existente y, por ello, más intensas las resistencias y mayores y más violentas las formas de control. La socialización en estos términos se hace cada vez más difícil y su contención más costosa, quedando un número de personas fuera de los engranajes de esta sociedad. Las posibilidades de producirse personas divergentes respecto a lo que se puede y no se puede ser aumenta, siendo necesario su reasignación social con identidades que los invaliden. Estas personas componen grupos fuertemente discriminados, que los llevan a desconectarse de la comunidad para quedar a la deriva, excluidos en una sociedad que los rechaza por marcar la diferencia. No nos importa en este caso que esta diferencia pueda articularse o no en un grupo consciente, capaz de ofrecer algún tipo de resistencia organizada al sistema promotor de la desigualdad. Nos interesas señalar que estas personas existen en número creciente, proporcional a la intensidad de la desigualdad y de la violencia. No son pues rebeldes o revolucionarias, aunque evidentemente, llegado el caso, pudieran serlo.

Muchos y variados han sido los nombres y apodos con los que se ha denominado a estas gentes, pero no es hasta el siglo XIX cuando empieza a articularse una particular etiqueta, al calor de la naciente psiquiatría. La locura emerge como una patología, una enfermedad a la que puede darse curso y tratamiento, con independencia de su efectividad. El objetivo fundamental no es otro que encubrir el terrible impacto, en forma de sufrimiento, que provoca el ilimitado afán de lucro capitalista. Las dilatadas cifras de depresión y ansiedad son el efecto lógico de un sistema depredador que no respeta norma, creencia o costumbre. Todo es mercancía y negocio, sin margen para la dignidad o los derechos humanos.

Seguramente, no serán pocas las personas que leyendo el párrafo anterior me acusarán de exagerado o de, quizás, sobredimensionar lo económico y cultural en lo que respecta al suicidio, que es al fin y al cabo el objeto de este artículo. Ciertamente, identificar el hilo conductor entre machismo y capitalismo y un acto suicida concreto puede ser una tarea difícil, mas no por ello errónea. La vida cotidiana y eso que se viene a denominar sentido común nos presenta explicaciones mucho más sencillas, sin la necesidad de recurrir a complejas estadísticas o a teorías sociológicas sesudas. Por ejemplo, resulta fácil relacionar un suicidio con problemas de salud mental cuando es algo habitual que el suicida posea algún antecedente psiquiátrico, personal o familiar. Poco importa si este antecedente se refiere a una ansiedad casual o a un trastorno mental grave. Tampoco importa que los psicofármacos y una exigua psicoterapia sean los únicos cauces para aliviar el malestar de la población. Sin importar si estos malestares corresponden a situaciones sociales o a problemas efectivamente psicológicos. La persona desempleada, acosada, empobrecida o violada Encontrará la misma oferta, psicofármacos y, con un poco de suerte, un patético apoyo psicológico de duración y eficacia inciertas. El hecho final es que todo suicida tendrá, lógicamente, algún antecedente mental en su historial médico. Antecedente que será aprovechado por el sentido común para ofrecer la explicación más sencilla. Es decir, atribuir al acto suicida un origen basado en la herencia o en la incapacidad emocional.

En este sentido, la herencia genética representa el mantra explicativo habitual. Factores genéticos que, en combinación con otros externos, desencadenan el suicidio. Poco importa al respecto el mediocre conocimiento que tengamos sobre la genética de la conducta. Este pensamiento, del todo mágico, ha sustituido al místico de épocas anteriores. Podemos decir que hemos cambiado de ídolos, pero poco más. Que un conjunto de moléculas en combinación cuasi infinita, el ADN, determinen el desarrollo y organización de todo tipo de proteínas, es una cosa, pero que además, sean responsables de comportamientos tan complejos como el suicidio resulta una asociación absurda. De nuevo es Durkheim quien nos destierra a la herencia como un factor asociado al fenómeno suicida. Recordemos, el sociólogo hace este descarte hace más de ciento veinte años. Pero claro, el sentido común apunta en otra dirección. Nos señala a personas frágiles, desequilibradas, con escasa fuerza de voluntad. No obstante, el poderoso sentido común también nos señala que La Tierra es plana o que es el Sol el que gira sobre nuestro planeta. Recordemos lo complicado que lo tuvo Copérnico al afirmar lo contrario. El sentido común también pretende explicarnos que el largo cuello de la jirafa se debe a su empeño en comer de las ramas más altas de los árboles. Wallace y Darwin se encontraron  con similares resistencias a Copérnico, también Freud cuando expuso sus descubrimientos respecto a la mente inconsciente. Entender la teoría de la evolución o el psicoanálisis no está al alcance de un par de minutos de explicaciones, requiere bastante esfuerzo, lo mismo que la teoría de la relatividad, la cual nos señala que el tiempo no es uniforme, sino que se estira y encoje como un chicle. Pero el sentido común no solo se entromete en la física y la biología, también tiene opinión para asuntos mucho más cotidianos. Es el sentido común el que sirve a jueces y abogados de argumento para justificar que una mujer que lleve pantalones vaqueros no puede ser violada ya que nadie sería capaz de quitárselos sin su colaboración. En fin, que eso del sentido común está muy sobrevalorado. En su momento nos fue de gran utilidad. Una forma de denominar al condicionamiento operante descubierto por Skinner y que representa una forma elemental de aprendizaje fundamental para la supervivencia de todo ser vivo. Ahora bien, inaugurada en nuestra especie la ciencia hace un par de siglos, la persistencia del sentido común para esclarecer fenómenos complejos solo sirve para generar falsas creencias y fuertes prejuicios, inútiles ambos para la verdad y la salud, pero muy bien aprovechables para la justificación de la desigualdad.

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el suicidio se nutre de dos causas que funcionan en paralelo pero que son impulsos de la misma fuerza cultural. Personas frágiles y eventos críticos aleatorios que tensionan nuestras vidas.  Ahora bien, ambas inercias parten de la misma fuente. La sociedad capitalista y patriarcal profundiza como ningún otro sistema socioeconómico en la desigualdad. Esta se constituye mediante procesos de discriminación ejercidos de forma sistema ‘tica sobre la mayoría de la población. La discriminación produce familias a las que no se les permite ejercer adecuadamente sus funciones de cuidado y protección. Madres y padres que están sometidas a terribles tensiones en forma de violencia. Una violencia que puede ser sexual, contra la infancia,  aporofóbica, racista, homófoba o de otro tipo. Todas ellas dificultan la crianza impidiendo la aparición de los necesarios afectos y seguridad emocional, señalados como indispensables en toda psicología y pedagogía. En tales condiciones, el desarrollo psicológico de niñas y niños queda comprometido. Después llegan los eventos aleatorios, situaciones de vida complejas que reiteran la discriminación y las violencias que han perturbado previamente la crianza. No existe fórmula matemática al respecto, pero podemos referirnos a factores de riesgo, algunos obvios, otros más sutiles, pero todos ellos promueven la desintegración social que, según nos reitera Durkheim, basculan hacia el suicidio. No obstante, se hace necesario señalar que la crianza perturbada y los sucesos aleatorios que desestabilizan el desarrollo de tantas personas no son fallos del sistema social en el que vivimos o errores inesperados. Representan inercias y condiciones estructurales y sistemáticas que pretenden justamente lo que provocan. La sociedad capitalista necesita socavar el desarrollo vital de la mayoría de la población para facilitar su explotación. El suicidio, en este sentido, no es otra cosa que el resultado de una violencia del todo excesiva, insoportable para algunas personas. Ciertamente, la posibilidad de erradicar por completo el fenómeno suicida de nuestras sociedades es algo de lo que solo podemos conjeturar, pero qué duda cabe que toda reducción de la violencia y la desigualdad reducirá, a su vez, la prevalencia del suicidio.

 

Concluyendo, podemos afirmar que el suicidio que tanto preocupa a organizaciones y autoridades, tiene que ver únicamente con su aumento y proliferación. En ningún caso con una preocupación sincera del sufrimiento que esta sociedad provoca. Tal cosa se deduce de las propuestas que se señalan para su contención, las cuales se refieren básicamente a la intervención psiquiátrico o de salud mental. En ningún caso se señalan variables de orden económico o iniciativas dirigidas a modificar las condiciones sociales y materiales que promueven la desigualdad. Prosperan los discursos de auto ayuda y superación, el más puro individualismo para el afrontamiento del sufrimiento. Todo este malestar, encarnado en las escandalosas cifras de depresión, trastornos mentales y suicidio, expresa con elocuencia las consecuencias de una sociedad tóxica e hipócrita, psicopática podrimos decir, con valores egoístas y cuyo éxito social se basa en la acumulación de dinero y la ostentación del materialismo más mundano y grosero. La razón para que el suicidio y los problemas de salud mental se reflejen en los medios de comunicación en la política tiene que ver con que su contención ya no es posible, por lo que los esfuerzos van dirigidos al control del Discurso para evitar planteamientos divergentes que señalen al propio sistema como causante de los mismos. Por ello, en todo suicidio, mediatizado o no por la depresión o por otro trastorno mental, hayamos una protesta velada, una rebelión inconsciente frente a la desigualdad y el sufrimiento que esta produce. La persona que se lanza al vacío desde la ventana de su casa o desde el acantilado más cercano, la que se atiborra a psicofármacos o la que se raja las muñecas representa el síntoma de decadencia de toda sociedad. Son gritos desesperados, apenas ininteligibles, que claman sin pretenderlo por un cambio, por un mundo mejor. Puesto que la persona que se suicida no huye ni desprecia la vida, lo hace del sufrimiento y este siempre encuentra sus causas en las condiciones  de existencia, las cuales a su vez responden a una cultura y economía que las motiva.

Así que, en último término, si pretendemos mejorar o, al menos, paliar las cifras del suicidio, deberíamos dirigir nuestros esfuerzos contra tordas aquellas fuerzas que promueven la desigualdad. El suicidio se conforma entre las grietas de nuestra sociedad, a través de familias rotas, con padres ausentes, que van del chigre al prostíbulo, de madres sometidas a situaciones extremas, trabajando en casa y fuera de ella, cuidando sin descanso, a padres y abuelas, con cada vez menos tiempo para la crianza. El suicido se pergeña en niñas y niños sin plazas en las que jugar, sin vecinos en los que confiar, en una escuela a base de pupitre y acoso, en institutos autoritarios con un profesorado aburrido, frustrado o incompetente. El suicidio prospera en estas y otras condiciones de anomia y anonimato, de individualismo y consumo precoz. Dejemos de buscar en la genética o en el alma lo que se haya a nuestro alrededor. El suicidio no se combate con psiquiatras ni psicólogos. ¿Acaso pueden estos ofrecer empleos o viviendas dignas? ¿Pueden los ansiolíticos y demás arsenal psicofarmacológico acabar con el acoso escolar o el abuso sexual? Con todo el respeto a mis colegas, son bien conocidas las limitaciones de nuestro oficio, tras siglo y medio de práctica, apenas somos más efectivos que el placebo. Posiblemente aun superados por chamanes y sacerdotes. Lo cierto es que el suicidio no se combate con individualismo, sino con apoyo mutuo y solidaridad. Se combate con valores feministas, con pensiones dignas y universales, con trabajos estables y seguros. Cada manifestación en la que participamos, cada vez que tomamos las calles en favor de la justicia social, en apoyo de la sanidad y los derechos humanos combatimos el sufrimiento y el suicidio. Cada abrazo sincero, cada beso dado a nuestras hijas e hijos les protege de ese futuro incierto donde quitarse la vida es una posibilidad. Y sí, por supuesto, el suicidio se combate también votando. Lo psicológico es también político, como todo lo demás. Hace tiempo que sabemos que cada vez que gobierna la reacción los suicidios aumentan[11]. ¿Alguna sorpresa? No debería, la conexión es obvia. De nuevo la desigualdad, la omnipresente lucha de clases.

 

Definitivamente, el suicidio, no es un problema psiquiátrico. Claro que no. El suicidio es, a todas luces, un asunto económico y social. Una cuestión de igualdad y derechos humanos. Todo lo demás son engaños y manipulación, distracciones para evitar dar la vuelta a la humeante tortilla que compone nuestra sociedad.

 

 

 



[1] Bonzo, del francés bonche, a su vez del japonés, monje.

[2] La OMS, en su guía para la prevención del suicidio, desarrollada en 2014, plantea las siguientes medidas fundamentales: Restringir el acceso a los medios para la realización del acto suicida, educar a los medios de comunicación para que informen con responsabilidad sobre el suicidio, desarrollar en los adolescentes actitudes socioemocionales para la vida y detectar a tiempo, para evaluar y tratar a las personas que muestren un comportamiento suicida y hacerles un seguimiento.

Aunque el informe señala a factores sociales que pueden influir en el suicidio, estos son planteados de forma difusa sin establecer medidas concretas al respecto.

[3] Lester, D. (1990): Suicide as a political act. Psychological Reports, 66, 1185-1186. Lester, D. y Yanf, B. (1992): The Influence of War on Suicide Rates. The Journal of.

[4] El infanticidio ha sido una práctica recurrente y tolerada hasta el mismo siglo XX por todo tipo de culturas y pueblos. De hecho, la interrupción voluntaria del embarazo puede entenderse como una variedad temprana de infanticidio. Esta práctica, denostada con tabúes y todo tipo de creencias, ha sido en distintos momentos una eficaz estrategia para el control demográfico (ver Harris, M. 2003. Antropología Cultural. Alianza Editorial).

[5] Entre los inuits y otros pueblos árticos, existía la costumbre de abandonar a las personas ancianas y enfermas cuando estas no podían continuar el ritmo de su tribu. En muchas ocasiones era la propia persona mayor la que se marchaba del poblado para no regresar, muriendo por congelación. Entre los celtas existía una costumbre suicida similar, en este caso las personas mayores se despeñaban por barrancos y acantilados.

[6] Los celotes eran individuos pertenecientes a una secta judía caracterizada por una gran rigidez en sus preceptos, los cuales podían llegar a defender con gran violencia, incluso con su propia vida.

Vease Whitaker, R. (2010). Anatomía de una epidemia.

[8] Inhibidor selectivo para la recaptación de la serotonina.

[9] De las expresiones latinas sui, sí mismo y caedere, matar. Es decir, matarse a uno mismo.

C Según el informe de la ONG Internan Oxfam, Riqueza y Desigualdad (2023), el 63% de la riqueza mundial producida desde 2020 se encuentra en manos del 1% de la población.

[11] Entre los trabajos más citados al respecto destacan los de Page, Morrell y Taylor (2002). Los autores relacionan con éxito un aumento de la conducta suicida en periodos de gobierno conservador frente a otros de perfil progresista. La investigación se basa en una larga serie de datos desde 1991 a 1998 en Australia y en Nueva Gales del sur.

Consultar Page, A., Morrell, S. y Taylor, R. (2002): Suicide and political regime in New South Wales and Australia during the 20th century. J. Epidemiol. Community Health, 56:766–772.