jueves, 4 de mayo de 2023

¿Para qué sirve el acoso escolar?

 


Esta es una pregunta crucial a la que debemos responder si deseamos comprender el fenómeno del acoso escolar. En la mayoría de las guías y protocolos sobre el asunto, se recoge que el acoso es una forma de violencia sostenida a lo largo del tiempo, varios meses al menos, y perpetrada entre iguales con el agravante de la intencionalidad. Es decir, que el agresor desea dañar y es consciente de ello. Esta definición es la que permite reconocer el acoso y activar, en su caso, algún tipo de intervención, normalmente difusa y desorganizada, para detenerlo. El problema es que resulta difícil de identificar esa intencionalidad y por tanto, discriminar la violencia casual de la que se estructura en forma de acoso. Estamos ante una conceptualización muy conservadora frente a la cual la gran mayoría de las situaciones de acoso pasarán inadvertidas. Y eso en el caso de que existan protocolos al respecto. Por otra parte, hayamos que la violencia casual, insultos, burlas, agresiones y otras formas de humillación serán fuertemente minusvaloradas o directamente consideradas irrelevantes, para ser descontextualizadas e interpretadas como hechos inconexos y aleatorios. Todo ello nos lleva a plantear la macabra hipótesis de que existe una promoción de la violencia entre iguales. Tal cosa, que seguramente arrancará muecas de desaprobación en muchos docentes, resulta ser coherente con el tipo de sociedad en la que vivimos y, a menudo, sobrevivimos. La institución escolar no es una estructura social estanca a la realidad cultural, es un producto de ella y a la vez un agente de trasmisión de la misma. La escuela representa después de la familia la más poderosa fuente de socialización que organiza nuestra vida y personalidad. Si no asumimos esta condición el fenómeno del acoso escolar será algo irresoluble. De la misma forma que no se puede pretender asimilar el significado de la violencia contra las mujeres sin la participación del concepto de patriarcado y la división sexual del trabajo. De hecho, el acoso escolar representa una parte de la violencia machista, preparando a niñas, niños y adolescentes para su despliegue en la vida adulta. El acoso escolar no es un error del sistema educativo, tampoco representa una carencia o un descuido. Es un objetivo del propio sistema educativo en la medida que este es un importantísimo agente cultural. Esta afirmación no pretende decir que existe un régimen plutocrático en las instituciones educativas que organicen y programen la violencia, se trata más bien de señalar la persistencia de una transmisión de la violencia mediante la promoción de valores y actitudes implícitos que convergen posteriormente en la vida adulta.

La persistente existencia de la violencia en escuelas e institutos, conformada o no en eso que denominamos acoso escolar, representa en su modo más crudo la necesaria criba que se produce a modo de socialización en la sociedad en la que vivimos. La cultura de la violencia y la violación representa perfectamente este fenómeno. Puesto que nuestra sociedad se estructura en tono a dos clases claramente definidas, la burguesía, la minoría dominante y propietaria, frente al proletariado, la inmensa mayoría desposeída y explotada. Evidentemente esto resulta una simplificación, en cada país estas dos clases se discriminan con diversos grados de malestar, pero no erraremos nuestro juicio si aceptamos esta división fundamental del mundo en el que sobrevivimos. Dado que la burguesía representa siempre una exigua minoría, la pregunta es siempre la misma. ¿Cómo conseguir que la inmensa mayoría acepte la desigualdad como norma y la interiorice como natural o verdadera? En este sentido, las respuestas han ido cambiando a lo largo de nuestra historia, con diversas técnicas y recursos para dividir y confrontar al proletariado, pero desde el siglo Si, la escuela forma parte esencial para este fin. Especialmente desde que se volvió universal y obligatoria. No podemos olvidar que la escuela, tiene por objeto preparar a niñas y niños para la vida adulta. La adaptación social es su meta, y en nuestra sociedad esa adaptación pasa por asumir y aceptar la injusticia y desigualdad como normativas.

En este punto, la reflexión crítica en torno a la escuela, se vuelve más compleja, incluso críptica. Dos posturas son las que tradicionalmente han tratado de resolver el problema. De una parte, se sostiene que dado que la escuela es posterior a la sociedad patriarcal y de clases, su conformación tiene por objeto fundamental culturizar en la desigualdad y perpetuar el sistema, se le niega a esta institución la capacidad para el cambio social. De otra, se argumenta que la escuela posee una muy importante capacidad para la transformación social debido a su inherente facultad para la socialización. La hipótesis es sencilla. Si las personas socializamos y nos desarrollamos en torno y a través de la institución escolar, la introducción de modelos educativos igualitarios darán lugar a una sociedad más igualitaria y justa.  Estas dos propuestas, tesis y antítesis, pueden refutarse la una a la otra con numerosos ejemplos. No son pocas las escuelas desarrolladas con valores y enfoques destinados a una educación igualitaria, así mismo, todas estas experiencias nunca han rebasado el umbral transformador que prometen más allá de la propia escuela donde se aplica o, en todo caso, la comunidad donde esta se desarrolla. Es decir, no han rebasado por si mismas un cambio sustancial en nuestro sistema socioeconómico de clases, encarnado en el capitalismo. Las maravillosas propuestas de Paolo Freire y su Pedagogía del Oprimido, por ejemplo, nunca han superado el punto crítico para un cambio social de calado. De hecho y muy lamentablemente, siguen siendo prácticas muy minoritarias, a pesar de sus reconocidos éxitos y una importante difusión en la Comunidad científica internacional.

Ante esta disyuntiva, la situación ideal sería aquella por la cual nuestra sociedad no necesitara de la desigualdad para su desarrollo. Es decir, que no existieran las condiciones materiales y económicas que generan la sociedad de clases capitalista y patriarcal. La síntesis debería aunar todos los esfuerzos, combinando experiencias educativas situadas en una ética de igualdad y de respeto y tolerancia, a la par que se promueva todo movimiento social y político que ponga en riesgo a la hegemonía capitalista. Evidentemente, el único horizonte posible en este sentido es el que nos plantea y promete el feminismo marxista. Pero regresando al asunto que nos ocupa, más allá de proyectos de cambio global, la cotidianidad de la violencia escolar solo puede ser combatida con eficacia si se visibiliza y se denuncia. Convertir esta denuncia en un acto político, de reivindicación representa la necesidad consecuente para su extinción. De no hacerlo así nos tropezamos  con la paradoja actual que contamina toda nuestra sociedad e instituciones. Las palabras paz y democracia se repiten y manosean sin pudor alguno, pero no por ello deja de reproducirse la violencia. Es necesario problematizar estos antagonismos para que colapsen y no puedan sostenerse.

La escuela encarna de forma grosera esta contradicción. Abundan en ella todo tipo de programas de prevención. Protocolos de actuación y formaciones dirigidas al respeto mutuo y a la cooperación. No obstante, la violencia persiste y parece agudizarse con el uso de las nuevas tecnologías. El acoso escolar se recrudece a la par que aumenta la proliferación de  los esfuerzos por combatirlo. Este antagonismo solo puede ser superado si las víctimas y los testigos explicitan la violencia con la que conviven, denunciando la negligencia o pasividad de quienes la amparan. Debemos pasar de una comunidad educativa temerosa por lo que pueda decirse de ella a otra honesta y valiente, que asuma sus debilidades con determinación y responsabilidad. Necesitamos un alumnado valiente que señale a los agresores y defienda a las víctimas, pero sobre todo necesitamos docentes comprometidos con la igualdad y la justicia social. Ejemplos éticos de cómo hay que ser y vivir. Cualquier otra actitud, sea por ignorancia o hastío, perpetuará la violencia y la sociedad desigual en la que vivimos y crecemos. Así mismo, no podemos abandonar la educación a su suerte, como si esta se delimitara a escuelas e institutos. Seamos madres o padres, vecinos o extraños, denunciar la violencia, señalarla es un deber moral del que ninguna persona que se sienta honesta debería sustraerse. En casa, en el trabajo o en la calle, protesta. No dejes de hacerlo. La vida de muchas niñas y niños está en juego. Quien sabe, quizás un día la violencia escolar llame a tu puerta y maltrate a tu hija, dañe a tu hijo. Entonces querrás que te ayuden, que te apoyen. ¿Qué vas a hacer al respecto?

 

 

Para responder a la violencia escolar necesitamos organizarnos, déjanos tu contacto.

              asociaciónelariete@gmail.comm

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