LA ENFERMEDAD MENTAL: LO QUE NO
ES Y NO PUEDE SER.
La
Asociación Americana de Psiquiatría (APA), institución que gobierna como una
mafia lo concerniente a las patologías mentales, prefiere hablar de trastornos
en vez de enfermedades, al menos si atendemos a lo que expresa su quinta
versión del manual DSM, artefacto que más tiene que ver con un panfleto propagandístico
que con un vademécum médico. Pero claro, ¿importa algo lo que diga esta
institución? Corrompida hasta sus cimientos por la industria farmacológica. El descrédito
de esta entidad es notorio y sobradamente demostrado. Sus conflictos de interés
y abundante financiación intrusa han sido puestos de relieve en numerosas
ocasiones, aspecto que nunca se ha de dejar de recordar. No obstante, a pesar
de ello, sigue siendo la institución de referencia en lo que respecta a las
enfermedades o trastornos mentales, como se prefiera, pues a la hora de la
verdad, en la consulta y el tratamiento psiquiátrico, resultan eufemismos. Gracias
al denodado y lucrativo esfuerzo de la APA, la idea de que el sufrimiento psíquico
que padecen cada vez más personas resulta ser una enfermedad equivalente a
otras sobre las que trabaja la medicina, ha calado hondo en el día a día
psiquiátrico y psicológico. Siendo un vocablo cotidiano y coloquial, usado
tanto por profesionales como por pacientes y sus familiares. Tal cosa no es
casual ni baladí, la idea de enfermedad mental se propone como concepto para
asemejarla a la medicina no psiquiátrica. Para tal cosa siempre es necesario
usar términos similares, no vaya a ser que se confunda a la psiquiatría con una
especie de neochamanismo.
La
psiquiatría oficial, esta que gobierna la APA a base de talonario y cheques, sostiene
la hipótesis estrella de que la enfermedad mental es producto de un desequilibrio
neuroquímico, una alteración en uno o varios de los neurotransmisores que rigen
el funcionamiento cerebral. De esta forma se nos propone que las enfermedades mentales
poseen un origen biológico y, por ende, también genético. Así, la esquizofrenia
presenta déficits de dopamina, mientras que la depresión alteraciones de la
serotonina. Esta hipótesis defendida hasta el hartazgo por una legión de profesionales,
revistas científicas y asociaciones médicas, todas ellas adecuadamente
financiadas por la industria farmacológica, insisten en este planteamiento
hasta lograr imponer e implantar su discurso en universidades, hospitales, organismos
públicos y privados. Contradictoriamente, no deja de ser curioso que en todo
manual psicopatológico, al menos en sus preámbulos, se recuerda el paradigma
biopsicosocial en el que nos hayamos supuestamente inmersos. Es decir, que para
la emergencia de la enfermedad mental es necesaria la concurrencia de aspectos
diversos, relacionados con la genética del paciente, su personalidad y las
particularidades del contexto socioeconómico y cultural en el que viva. Ahora
bien, las proporciones o medidas en que afectan unos y otros son claramente desiguales.
La psiquiatría focaliza la comprensión
de las enfermedades mentales en aspectos biológicos y genéticos, armando para
ello la tan manida hipótesis del desequilibrio neuroquímico y tratando los
trastornos a golpe de psicofármacos. El citado paradigma biopsicosocial, que
persiste como un recordatorio anacrónico lo hace como parte de una estética
psiquiátrica, ya que la ética ni si quiera brilla por su ausencia. La APA y sus
adláteres se esfuerzan en disfrazar su penosa práctica médica con un complejo
juego de apariencias. Invirtiendo la industria farmacológica más de un 30% de
su presupuesto en mercadotecnia, en forma de visitadores médicos, apoyo
financiero a asociaciones sanitarias y de familiares de pacientes, conferencias
y multitud de publicaciones. Curiosamente, esta inversión en imagen y
publicidad por parte de los laboratorios resulta ser el doble de lo que gasta
en investigación. Está claro cuáles son sus prioridades.
Dentro
de este derroche de marketing, la hipótesis del desequilibrio neuroquímico es
propuesta como una teoría comprobada, supuestamente avalada con infinidad de
evidencias y pruebas. Recuerdo leer hace veinte años, cuando no era más que un
estudiante las promesas de numerosos académicos, asegurando que estábamos a las
puertas de descifrar la neurología de la enfermedad mental. El caso es que la
validación del desajuste cerebral no ha progresado en los últimos años, ni
siquiera desde cuando fue propuesto, allá por los años cincuenta. Parece, sin
embargo, gracias al inagotable impulso de la industria farmacológica y a la inestimable
soberbia de los profesionales de la salud mental, que se ha impuesto el criterio
de Goebbels, una mentira repetida mil veces puede convertirse en una verdad. Y
en tal punto estamos, apenas existe margen para la disidencia del pensamiento único
y biologicista de la psiquiatría dominante. Sin embargo, la realidad es que no son
pocas las voces rebeldes que, a menudo desacreditadas y sin ese tan manido
reconocido prestigio que acompaña al profesional mercenario, claman por un
psiquismo alternativo. Las enfermedades y trastornos mentales no son algo meramente
biológico, claro que no.
Pero vayamos
por partes, no cometamos el error de querer comprender todo de una vez.
Desde un
punto de vista médico, que es supuestamente donde nos hayamos, una enfermedad
es una alteración de las funciones normales, en términos biológicos diríamos que
una enfermedad sería una dolencia que afecta en mayor o menor medid a las funciones
de autorregulación de un ser vivo. Siguiendo los parámetros de la medicina
alopática, materialista y sometida a las directrices causales del método
científico, una enfermedad necesita siempre de un diagnóstico que la
identifique, es decir, de una evaluación que acredite su existencia a partir de
un conjunto de signos y síntomas que previamente han sido definidos. Los primeros
son señales objetivas de su presencia, como puede ser la fiebre en un proceso
gripal, determinada por un termómetro. Los síntomas son, en cambio, señales
subjetivas, que solo pueden ser acreditadas por el paciente, en el mismo caso
gripal, la sensación de frio sería un ejemplo claro. El diagnóstico, en base a
grupos de signos y síntomas, permitirá identificar una enfermedad, que a su
vez, facilitará establecer una evolución, en forma de pronóstico y, además,
implementar un tratamiento para su remisión o contención, según sea el caso.
Cualquiera
que haya sido diagnosticado de una patología mental podrá dar cuenta de cuáles
y cuantas han sido las pruebas de diagnóstico que se le han realizado para
adjudicarle una u otra de las numerosas dolencias psiquiátricas que nos propone
la APA, más de quinientas. La respuesta es ninguna, es así de simple, así de
contundente, así de desesperante. No existe analítica, escáner, resonancia o
procedimiento que permita discriminar una persona sana de otra diagnosticada.
Las pruebas de diagnóstico, existentes en toda enfermedad médica, específicas o
indirectas, desaparecen en la especialidad psiquiátrica.
Esta afirmación, que puede resultar extravagante o frívola, ya ha sido demostrada en varias ocasiones. Es conocido el estudio de Rosenhan, en el que un grupo de estudiantes, aleccionados por este psicólogo, acudieron a distintos centros de salud mental, aludiendo una crisis psicótica. Todos ellos fueron ingresados sin cuestionamientos, aceptando los síntomas dramatizados por los alumnos como reales. Cuando Rosenhan explicó la treta, los hospitales se quejaron airadamente, quedando descubierta su incompetencia, pero asegurando prepararse para nuevas intentonas del profesor. En los siguientes meses, los equipos hospitalarios informaron de la detección de falsos pacientes, supuestos estudiantes universitarios conchabados con el docente. La respuesta de Rosenhan fue contundente, no había vuelto a enviar a nuevos alumnos. A lo largo del pasado siglo y lo que hemos avanzado del actual, se han documentado numerosos errores de diagnóstico en salud mental, en ocasiones atribuyendo patologías mentales cuando estas eran orgánicas, confundiendo malestares cotidianos con trastornos, o directamente acusando de enfermedad a comportamientos sencillamente divergentes con la moral imperante.
La explicación a tales paradojas la
encontramos en la propia práctica de la psiquiatría. El diagnóstico de las
patologías mentales se realiza de forma clínica, es decir, mediante una
entrevista de metodología muy diversa que realiza el psiquiatra y en la cual se
interroga al paciente sobre su malestar. Se atiende a los síntomas que expresa
y a su biografía e historia familiar. No se acompaña el diagnóstico de pruebas
médicas por que estas no existen, más allá de realizar algún procedimiento para
descartar un origen orgánico (no mental), como pueda ser una desregulación
hormonal, por ejemplo de la tiroides. Esto deja a la psiquiatría en una
situación de franco descrédito como especialidad médica. Los psiquiatras y los
psicólogos que los acompañan, son una suerte de profesionales subjetivos, donde
su intuición y buen hacer son sus mejores herramientas de trabajo. Así
encontramos que son muchas las personas que son diagnosticadas de uno u otro trastorno,
variando este según el psiquiatra de turno que le atiende o el manual
psicopatológico que se escoja como referencia. De esta forma, una persona puede
ser diagnosticad de depresión mayor, trastorno esquizoafectivo, bipolar o límite,
según en qué momento vital se halle y sean las sensibilidades de su profesional
en particular. Aun así, a pesar de lo contundente de las deficiencias metodológicas
y de conocimiento que sufre la psiquiatría como especialidad médica, su
influencia es todavía casi absoluta, pero esto no ha sido siempre así. Las
debilidades de la psiquiatría se pusieron blanco sobre negro durante los años
sesenta del pasado siglo, en paralelo al desarrollo de la hipótesis del
desequilibrio neuroquímico. En aquella época, la psiquiatría estaba seriamente
amenazada como disciplina sanitaria, carente de prestigio y apoyo, fue puesta
en duda por las aseguradoras privadas de salud estadunidenses, las cuales
llegaron a proponer que no se podían financiar tratamientos cuya eficacia era
dudosa, más aun, cuando las patologías sobre las que supuestamente actuaban
carecían de evidencia científica.
Cierto es
que son muchas las dolencias en las que se desconoce su etiología u origen,
como por ejemplo, el curso de los canceres que nos acosan estos años. Cierto es
también, que los tratamientos para muchas de las patologías más complejas han
podido descubrirse o mejorarse con el paso de años de investigaciones y estudio
sistemático. Pero la cuestión que nos abruma en cuanto a la psiquiatría, es que
son todas sus dolencias y trastornos catalogados los que carecen de un origen
claro, de pruebas de diagnóstico y de evolución predecible. Los trastornos
mentales comparten sus síntomas con tanta frecuencia que a menudo la discriminación entre uno y otro es únicamente teórica. ¿Qué
sería lo que se podría opinar si ocurriera en otra de las disciplinas médicas?
Me pregunto qué diríamos de la pediatría o de la oftalmología si todas sus
afecciones fueran de juicio clínico, careciendo cada una de ellas de etiología,
pruebas de diagnóstico y una evolución predecible. Encontraríamos, que en tales
circunstancias, las disciplinas sanitarias señaladas serían puestas en cuestión
como especialidades, quedando al margen de la medicina oficial.
Esa era
la delicada posición en la que se encontraba la psiquiatría de los años sesenta
y setenta, asediada por un descrédito médico
creciente y por la proliferación de otras prácticas no médicas que competían
con cada vez más eficacia, como el inagotable psicoanálisis u otras terapias
cognitivas y conductuales. Incluso, dentro de la misma psiquiatría pugnaban
enfoques alternativos, más preocupados en variables de tipo económico y social
como factores explicativos del sufrimiento psíquico. La psiquiatría se asomaba
al abismo, pero fue, paradójicamente, su
precaria pertenencia a la medicina lo que le permitió sobrevivir y convertirse
en la especialidad sanitaria más acaudalada. Frente a las terapias de
conversación y vinculares, la psiquiatría hizo uso de su prerrogativa para
prescribir medicamentos. En colaboración con la industria farmacológica, se
forjó una asociación pseudocientífica y económica que permitió no solo la conservación
de la psiquiatría, si no la reescritura de la patología mental en forma de desequilibrio
cerebral. Con el marketing adecuado, la industria farmacológica impuso el
mantra de que las enfermedades mentales son de carácter biológico y genético, equivalentes
a las enfermedades físicas, siendo por tanto necesario el uso de fármacos para
su tratamiento, a la par que desde entonces se ha menospreciado cualquier otro
factor explicativo. Prolifera de esta forma la producción y consumo de drogas
de uso psiquiátrico, y, a la par, el enriquecimiento desmedido de los psiquiatras.
Es como la diabetes, afirman todos los manuales y guías clínicas, estampadas
con el sello de uno u otro laboratorio. Es como la diabetes, pero sin insulina
ni glucosa, sin nada que se le parezca más allá de su conveniencia táctica como
falso ejemplo.
Sin embargo,
sería lógico pensar que si las enfermedades mentales son realmente patologías cerebrales,
debería ser la neurología la especialidad encargada de su estudio y tratamiento,
no obstante, y para sorpresa de nadie, los neurólogos no quieren saber nada de
los trastornos mentales. Pero podemos ir más allá incluso, en aras de defender
de tanta crítica a la especialidad psiquiátrica. Elijamos a los más
prestigiosos y sabios de entre sus profesionales, démosles tiempo y la
tecnología psiquiátrica más avanzada y pongamos en sus manos una docena de
cerebros. Cada uno afectado de las más graves y dolientes afecciones mentales
descritas por la APA (esquizofrenia, depresión mayor, trastorno límite…) y,
finalmente, incluyamos además un par de pacientes sanos. ¿Serían capaces, estos
prestigiosos psiquiatras, de identificar las diferentes patologías? ¿Podrían, a
su vez, discriminar a sanos de enfermos? ¿Y si, además, les permitiéramos
explorar a los pacientes mediante entrevistas clínicas? ¿Podrían?
Las
respuestas, en riguroso orden: No, no y difícilmente. Sencillamente porque no
se puede. No existen diferencias significativas entre cerebros sanos y aquellos
pertenecientes a un paciente diagnosticado de un trastorno mental (cualquiera.
Y tal cosa es así porque las enfermedades mentales no poseen un sustrato
orgánico conocido, ni si quiera remotamente. No se han encontrado diferencias
anatómicas ni funcionales, esto es, neuroquímicas. Las medidas investigadas
acerca de la dopamina y la serotonina no permiten establecer cuáles son los límites
patológicos, mas aún, encontramos pacientes depresivos con niveles de serotonina
más altos y también más bajos respecto a sujetos sanos, hallando igualmente, en
estos últimos, la misma variabilidad. Finalmente, cierto es que se aceptan
diferencias en torno al 30% entre los cerebros afectados de esquizofrenia
frente a los que están libres de ella. Si bien, estas diferencias, además de
escasas, no son concluyentes para afirmar que existe base orgánica o
neuroquímica para la esquizofrenia. Ya que los daños observados en el tejido
cerebral bien puede deberse al consumo de psicofármacos, drogas de consolidados
efectos secundarios, o bien al resultado de no tratar adecuadamente las crisis psicóticas
que afectan a todo paciente esquizofrénico en forma de deterioro de la calidad
de vida.
La enfermedad
mental, en resumen, no es un sufrimiento que pueda ser abarcado desde la medicina
tradicional, al menos no desde una perspectiva puramente científica. Las
ciencias naturales, de las que la medicina se deriva, tratan el estudio de
objetos, que apenas reacciona a la intuición de la persona que los investiga y
analiza. Tal cosa no puede hacerse con la mente, ya que esta es un sujeto,
capaz de reaccionar y automodificarse, incluso sin pretenderlo, afectando tanto
a sí misma como a quien le investiga, formando ambos parte de una cadena múltiple
e impredecible. La mente es una entidad dinámica, individual pero compartida,
permeable al entorno y mediada en todo momento por la cultura. Son curiosos los
ejemplos de enfermedades mentales que lo eran y ya no lo son, como el caso de
la homosexualidad en los años ochenta, descatalogada del DSM III, o de la
transexualidad, actualmente en proceso de despatologización. ¿Qué enfermedades
son estas que desaparecen por la presión social? El resto de trastornos mentales
sufre deficiencias similares, producto tanto de las necesidades de
estandarización del fenómeno humano, como de los intereses espurios de los laboratorios.
Es evidente que, ante todo, somos un cuerpo y que el cerebro, nuestro órgano
más desarrollado y complejo, oculta grandes secretos. Su relación con la mente
es tan obvia como sutil y, posiblemente, inescrutable. El empeño de la psiquiatría
biologicista por proponer el desequilibrio neuroquímico como clave magistral
para entender el sufrimiento psíquico, es producto de la concurrencia de dos fuerzas
que, aunque han confluido con notoria eficacia, sus orígenes son dispares.
Vivimos
en la lógica capitalista del consumo irracional y del ánimo de lucro, no en la
de los derechos humanos. Esta es una premisa que ha contaminado cada una de las
áreas de nuestra sociedad. La medicina, la alimentación, la energía, la vivienda…
Todo ello se cubre de una pátina de valores y derechos, pero la realidad es que
vivimos en una mascarada de cinismo, tan obsceno como necesario para que el negocio
no resulte tan grotesco y crudo que no pueda ser tolerado. La sociedad necesita
de ciertas artimañas para que no se revuelva. Se come la carne animal sin
grandes sentimientos de culpa, pero rara vez visita alguien un matadero. De ahí
el empeño de los laboratorios en financiar investigaciones, promover
conferencias y colaborar con asociaciones de familiares y pacientes. La otra
razón que potencia el biologicismo de la psiquiatría es más antigua y también
más compleja, tanto como el propio ser humano.
A menudo
me pregunto si aquellas primeras mujeres y hombres de las cavernas, de hace
cientos de miles de años. Genéticamente idénticos a lo que somos ahora, pero culturalmente tan extraños que bien
podrían vernos como alienígenas. ¿Habría entre esta primera humanidad
depresivos o esquizofrénicos? ¿Padecerían sus tribus y clanes de adolescentes
con trastornos límite o antisocial? Me temo que difícilmente, y si los hubiera
estoy convencido que serían interpretados
de otra manera.
Antes de
que la primera psiquiatría se dedicara a
patologizar mentalmente a las personas, lo hizo la religión, y antes de esta,
lo hizo la mitología animista. Por su puesto, acometieron tales pretensiones
con otros criterios, mediante el uso de maldiciones y males de ojo, con
demonios y posesiones. Todos ellos ardides dirigidos para expulsar al divergente,
al que, de una u otra forma, por incapacidad o deseo, no aceptaba la norma cultural,
siempre impuesta por el grupo. Evidentemente, cuanto mayores fueron las sociedades,
que empezaron a reunirse en forma de asentamientos y pequeños poblados, mayores
eran sus necesidades organizativas, y por tanto, su número de normas y códigos.
Lo que se tiene que hacer y lo que no se puede hacer fue aumentando junto con
el emerger de las primeras ciudades, tales como Ur o Jericó, desfiguradas en
nuestro presente por la niebla de los tiempos. En ellas se parió a los primeros
caudillos y jerarcas, se estabuló a los animales, se puso nombre al padre y
precio a la mujer, la familia nació y para ella fue la propiedad privada,
aparecieron soldados y guardianes, vigilantes de lo mío y lo tuyo, del esclavo
y del señor. La discriminación proliferó con los reyes y los sacerdotes, castigando
los cuerpos rebeldes a la ley y torturando con la culpa y el rencor a las
mentes disidentes.
Con el
paso de los siglos, la sociedad ha aumentado en tamaño y progresado en cuanto a
complejidad, sofisticación e intolerancia. Multiplicándose de forma
proporcional los desencajados, los inadaptados, los inválidos, los que no
pueden, no saben o no quieren asumir el consenso social de lo que es y lo que
no es, de cómo y cuándo ser. La psiquiatría que nos domina y oprime, se dedicó con
sus artes a la contención de la pobreza, criminalizándola primero y
enloqueciéndola después. Acusó de idiocia a negros e indígenas. De desviados y
perversos a homosexuales y lesbianas, a prostitutas y adulteras; de débiles
mentales a huérfanos, lisiados y retrasados, mereciendo todos ellos su aislamiento
en sanatorios y hospicios. Pues bien, de aquellos polvos estos lodos. Dense un
paseo por las unidades psiquiátricas de agudos,
a ver que encuentran. Verán que las cosas parecen distintas, con sus habitaciones
saneadas y sus pinturas de colores, aquí y allá estanterías con libros, algunos
folios con dibujos colgando por las paredes y una buena televisión en la sala
común. Pero si observan un poco mejor y se quedan el tiempo suficiente,
escucharán los lamentos casi asfixiados, el repiqueteo de las pastillas, las
miradas ausentes y perdidas, las voces secuestradas. Muchos estarán allí por propia
voluntad, bien recomendados por sus familiares; escapando de un sufrimiento
atroz que les persigue; otras estarán obligadas, privadas de su libertad para
su protección; algunas también estarán maniatadas o anestesiadas con poderosas
drogas, durante horas, días incluso. Por supuesto, el lenguaje de enfermeras y
psiquiatras es muy distinto al de aquellos sanatorios y manicomios extintos,
mucho más técnico y científico, no nos olvidemos de que disponemos de más de quinientos
trastornos mentales, para el niño y para la niña, gracias al esfuerzo de la APA
y sus adláteres psicólogos.
¿Cómo no
enloquecer en este mundo nuestro tan hostil? La psiquiatría ejerce un papel de supervisor
social, de estandarización de lo sano y lo patológico, de forma similar a como
las religiones hacen lo propio con la norma moral. Individualizar el sufrimiento
y sobredimensionar el mérito personal
son las estrategias para no cuestionar nuestro contexto y
circunstancias. El objetivo de la psiquiatría y de la psicología, su razón de
ser por encima de cualquier otra, de sus terapias clásicas y alternativas, de sus
cuestionarios y programas, es que cambien las personas, no importa a qué
precio, para que no cambie el mundo.
Finalizo
esta diatriba contra la psiquiatría y psicología dominantes, biologicistas y
autoritarias, siendo consciente que de poco sirve a quien padezca de sufrimiento
psíquico lo que aquí he expresado. Pero respondo así ante la más importante
premisa que necesita la terapia para ser considerada como tal, que es la
honestidad. La verdad no tiene por qué ser en sí misma terapéutica, pero un
tratamiento psicológico que empiece sin cuestionar desde donde lo hace no será
más que otra mentira, otra camisa de fuerza, otra forma de contención, esta vez
psicológica, perfecta para completar las que ya se realizan, químicas y mecánicas.
Tampoco puede defenderse la verdad como principio frente a una persona que no es
capaz de tolerarla y, menos aún, sin ofrecerle alternativas accesibles. Son
muchas las veces en las que es necesario frenar nuestras expectativas
terapéuticas, como por ejemplo, cuando resulta mejor no señalar el terrible
daño que causa la familia más cercana, esa que tanto nos quiere, a un paciente
que no puede escapar de ella. De la misma forma, considero algo imprudente
informar a la ligera del perjuicio que provocan los psicofármacos cuando estos
pueden ser el único sostén existente. Antes de esgrimir la verdad como una
forma de emancipación, es fundamental saber si estamos en condiciones de
ofrecer una disyuntiva mejor como terapeutas.
La
honestidad implica no solo no mentir, si no también decir solo aquello que se puede
soportar. Si el denominado paciente prefiere después continuar en la mentira,
con la mascarada que nos rodea y tratando de adaptarse a este mundo hostil, será
asunto suyo y nos guste o no, compartamos su decisión o la rechacemos, le
acompañaremos en su periplo hasta el límite de nuestra ética. Pero un terapeuta
auténtico jamás validará el engaño como una premisa aceptable desde la que
partir. Jamás. Así que inevitablemente, si deseamos afrontar el dolor de
existir, el sufrimiento psíquico con el que convivimos, es absolutamente
necesario explicar y comprender lo que la enfermedad mental no es y no puede
ser. Después quien sabe, empecemos a andar y veremos hasta donde llegamos.
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