La violencia en la psiquiatría es la violencia de la psiquiatría.
David Cooper.
Quisiera contaros una historia. Una de muchas, seguramente, pero esta es la que yo conozco. Quisiera contarla, no tanto como terapeuta, sino como testigo y también como amigo. (Aunque uno nunca puede dejar de ser quien es, al menos puede intentarlo.) Los terapeutas solemos identificarnos como expertos del sufrimiento ajeno, supervisores de esa norma social que dicta cómo hay que ser y sentir. Ciertamente, en ocasiones esa es mi postura; a menudo porque me la demandan, otras veces porque me puede el orgullo. Pero en la mayoría de los casos, o al menos confío en que así sea, trato de ser un acompañante, quizás un consejero, y, si la situación lo permite, incluso un explorador. Así es cómo he llegado a participar en la experiencia que os presento.
Conocí a Fénix hace algo más de un lustro, según escribo estas palabras. Acudió sin previo aviso a una de las sesiones de terapia grupal promovida por una asociación para el apoyo mutuo en salud mental, un colectivo al que al que no haré muchas referencias por discreción y respeto a sus integrantes, pero de los que sí diré, sin embargo, que merecen todos mis elogios, no solo por su extraordinaria labor (constituyen uno de los pocos oasis que se pueden encontrar en ese desierto que es el sufrimiento mental), sino también por su buena consideración hacia mi persona. Mucho es lo que he de agradecer a esta asociación, ya que han sido sus integrantes, y no la facultad de Psicología en la que estudié, ni los posteriores posgrados que cursé, los que me han hecho terapeuta, además de, cosa nada sencilla en mi caso, convencerme de que lo soy. Este colectivo, compuesto por pacientes complejos y con una larguísima trayectoria psiquiátrica, me ha regalado, con los ejemplos de sus vidas, una cierta comprensión sobre el sufrimiento ajeno, por no hablar del propio. Y eso, desde luego, no es poca cosa.
Fénix se presentó al grupo con un aire peculiar, mezcla de curiosidad, cierta vergüenza y un poco de recelo. Nada nuevo por otra parte; los ingredientes habituales. Sin embargo él no tardó mucho en demostrar que no sería un participante cualquiera. Generalmente, cuando un nuevo miembro se incorpora a un grupo como este, se suele dedicar algo de tiempo a explicar su funcionamiento; el ritmo, el contenido y cuáles son los fines de su dinámica, que en este caso se parecía mucho más a la de un grupo de apoyo mutuo que a la de una terapia per se, estructurada y formal (aunque siguiera siendo yo el encargado de dirigirla en calidad de psicólogo).
Fénix se mantuvo discreto y expectante en su primera sesión, que ahora, según la recuerdo, se me antoja un tanto surrealista, a tenor de los derroteros por los que transitamos después. Apenas intervino hasta que llegó su turno, limitándose a escuchar con suma atención al resto de los participantes. Llegado su momento habló con fluidez y compartió su historia personal con los demás. Se presentó como bipolar, trastorno bien conocido por el grupo, pues varios de sus integrantes lo padecían también. Podían comprender y compartir, por tanto, mucho de su sufrimiento y muchas de sus experiencias. Sin embargo, él tenía algo distinto: cierto carácter indómito. Y ese es un rasgo que no suele verse a menudo en los grupos de terapia.
Fénix poseía un aura de rebeldía que le impedía aceptar la condición de enfermo mental que le habían adjudicado. Tal cosa, en realidad, no resulta tan extraña al principio; las personas diagnosticadas con trastornos mentales graves muestran varias fases de adaptación, las cuales, bajo el prisma de los profesionales de la psiquiatría, finalizan correctamente con la aceptación de la enfermedad mental, aspecto que viene a denominarse en el argot psiquiátrico como conciencia de enfermedad. En la mayoría de los casos, la aceptación de la patología mental acaba, pues, por imponerse, pero en algunas personas, las menos, su obstinación se consolida. A estas personas les aguarda un camino tortuoso de descrédito y sufrimiento añadido.
Curiosamente, Fénix no encajaba en ninguna de esas dos facetas. Como muchos otros, él ocultaba su diagnóstico por miedo a sufrir discriminación, pero seguía concienzudamente las indicaciones de su psiquiatra en cuanto al tratamiento farmacológico. Dichas premisas resultaban un tanto confusas y desconcertantes para quien yo era hace cinco años.
Fénix era (lo sigue siendo) un joven alto, de aspecto cuidado y talante respetuoso. Al acabar la sesión Fénix se me acercó con lentitud, con cierta parsimonia, rumiando una idea que, eso lo supe más tarde, ya le rondaba desde hacía unos meses. Me abordó, pues, con discreción, algo inseguro de trasladarme aquello que le carcomía, y más aún de mi reacción. Entonces me hizo la pregunta mágica, aquella que todas las personas diagnosticadas se han hecho más de una vez, o que más bien se repiten una y otra vez: ¿Puedo vivir sin medicación?
La memoria me falla acerca de lo que le respondí aquel día. He tratado de evocar este recuerdo muchas veces, aunque sin mucho éxito. También él y yo lo hemos hablado en varias ocasiones. Según parece, mi respuesta no debió de ser negativa. Al menos no totalmente. Puede que le dijera que algunas personas sí eran capaces. Lo cierto es que en aquel momento yo no conocía a ninguna. Lo cierto es que ahora tampoco conozco muchas. En cualquier caso, mi actitud no debió de ser reprobatoria, ya que desde ese mismo momento comenzamos juntos un proceso de investigación para descubrir si las aspiraciones de Fénix eran asequibles de alguna manera.
Iniciamos un derrotero complejo y, a menudo, también impreciso donde se pondría a prueba la entereza de Fénix y mi propia vocación profesional. La primera, contra todo pronóstico, aguantaría; la segunda sufriría considerablemente. En este periplo de averiguaciones y pesquisas se reveló la terrible cadena de maltrato y sufrimiento a la que Fénix fue sometido con un ensañamiento que solo puedo calificar de brutal. Todas esas injusticias cometidas contra él, haga lo que haga él o cualquier otro, siguen y seguirán impunes, por mucho que sorprenda.
¿Conciencia de enfermedad?
Antes de proseguir, de meternos en harina, como se suele decir, deberíamos tener claro de dónde partimos. Eso de de aquellos polvos estos lodos, que también (y tan bien) nos recuerda el refranero.
Recordemos, pues, que el paradigma que gobierna la psiquiatría se asienta en la ideología del biologicismo, la cual sostiene la delirante idea, expresada en numerosas ocasiones, de que las enfermedades mentales son producto de un desequilibrio neuroquímico. Poco importa la falta de pruebas de esta teoría, aunque sí que conocemos muy bien su consecuencia más directa: si las enfermedades mentales son un problema cerebral, entonces la solución está en los medicamentos, concretamente en esos que se denominan psicofármacos. La enfermedad mental sería, tal y como nos dicen y aseguran reputados médicos y prestigiosos catedráticos, una enfermedad como la diabetes o el colesterol. Deberíamos entonces dar por válida esta opinión, ya que, al menos eso queremos pensar, esta buena gente nunca jugaría con nuestra salud, a pesar de que puedan llenarse mucho sus bolsillos defendiendo esta postura.
Lamentablemente, estas comparaciones que establecen entre una y otras enfermedades no sirven ni siquiera como metáforas. Tan solo resultan útiles para justificar el tratamiento estrella. Si la insulina regula los niveles de glucosa en sangre, entonces los psicofármacos harán algo semejante en el cerebro. Y lo cierto es que algo hacen, que nadie piense que son sustancias inocuas, pero sus efectos son mucho más impredecibles que el caso de la insulina.
Pues bien, estos populares profesionales se encontraron con un importante escollo en sus propósitos: el mayor problema para el consumo de psicofármacos son los propios psicofármacos. Más adelante daremos cuenta de ellos, pero baste por el momento señalar que sus efectos secundarios son tan variados e intensos que disuaden de su consumo a quienes se los recetan, por lo que la falta de adherencia al tratamiento es una grave y recurrente traba. Esta circunstancia debía ser atajada con rapidez, ya que resultaba una preocupante amenaza para los lucrativos intereses de esa caterva integrada por afanados psiquiatras y farmacéuticos. También para mis colegas psicólogas y psicólogos, no nos olvidemos de ellos, siempre a rebufo de los primeros, siempre recogiendo las migajas que sobran del enorme pastel de la salud mental.
Y así surgió la idea de conciencia de enfermedad. Y por eso aquellas personas reticentes a consumir los psicofármacos que se les prescriben son consideradas resistentes e inadaptadas, malos enfermos que no aceptan su patología ni el tratamiento que buenamente se les impone. Y digo que se les impone porque, así como en el resto de especialidades médicas el derecho de autonomía del paciente está más o menos presente, este no existe en la psiquiatría ni en el ámbito de la salud mental. No importan cuáles sean los efectos secundarios ni el daño iatrogénico.
Las reticencias al consumo de psicofármacos son interpretadas como una falta de conciencia y de responsabilidad por parte del paciente. Las soluciones aportadas por la psiquiatría para combatir esta falta de compromiso no se han hecho esperar, demostrando en este empeño una tenaz imaginación, las cuales van desde la imposición vía judicial del consumo hasta el desarrollo de pseudoterapias que motiven su ingesta, pasando, por supuesto, por la coacción en las consultas psiquiátricas y psicológicas. Por si esto fuera poco, nos encontramos, además, ante el colaboracionismo de asociaciones espurias, a menudo compuestas por familiares confundidos y manipulados o por profesionales mercenarios, la mayoría de los cuales animan a la prescripción sistemática. Al mismo tiempo se menosprecia cualquier alternativa posible que, dicho sea, existen y no son pocas. Estos mismos profesionales, más bien caciques de la salud mental, no se cortan a la hora de tachar de irresponsable a todo aquel que, ya sea paciente, familiar e incluso profesional, se atreva a cuestionar el consumo de psicofármacos. Esto último es algo que Fénix y yo aprendimos muy bien.
Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, no quisiera convertir mi experiencia en una diatriba, ni tampoco erigirme como alguien especialmente lúcido y perspicaz, abanderado de la crítica psiquiátrica y psicológica. Quisiera aclarar que, aunque bien es cierto que siempre me he situado al borde de la disidencia profesional, he formado parte de los engranajes que ahora mismo reprendo. Lamentablemente, darme cuenta de ello me ha llevado más tiempo del que mucha gente necesitaba. Tampoco es cosa de fustigarse; lo cierto es que he sido aleccionado a conciencia durante años y he necesitado no poco tiempo para desaprender. No obstante, admito que, si bien en muchos casos he desempeñado el papel mercenario que me ha tocado asumir, siempre me he sentido más bien como un infiltrado, como una suerte de quintacolumnista. Ahora, mientras escribo, por fortuna para mí, termino de tomar conciencia de que, si bien continúo siendo psicólogo, en la práctica apenas me queda algo que me una a esta profesión.
Fue justamente gracias a ese rol de infiltrado que comencé mi actividad como terapeuta en Gijón, tras trabajar en Gipuzcoa durante una docena de años dentro la compleja y controvertida red de protección de menores. De este modo, con el currículo y la imagen de un profesional centrado y normalizado, nada que ver con aquello que bullía en mi interior, inicié una nueva etapa que, más por azar que por propia decisión, me llevó a aterrizar en el terreno de la salud mental. Así empecé a practicar muy a mi estilo eso que se viene a llamar terapia psicoeducativa, una dinámica bien vestida de tecnicismos y manuales cuya función principal consiste en que los participantes acepten la enfermedad mental que se les ha adjudicado y, en consecuencia, su tratamiento; es decir: los psicofármacos recetados. Por descontado, esta pseudoterapia incluye el refuerzo de los psiquiatras como figuras de autoridad. Así pues, la crítica, incluso aquella más benevolente y razonable, es sistemáticamente laminada, dejando a los pacientes inermes y señalándolos como culpables de sus dudas.
No obstante, a mí siempre me ha ocurrido un poco lo que a Fénix. Ninguno de los dos somos demasiado dados a obedecer, sobre todo si detectamos la coacción de por medio. Posiblemente sea esa la razón por la que Fénix y yo nos hemos entendido tan bien desde el principio. Por eso cuando me hizo la pregunta mágica, no traté de disuadirle ni puse el grito en el cielo. Al contrario; vi en Fénix una oportunidad para explorar aquello que llevaba tiempo intuyendo y que había leído en publicaciones de psiquiatras discrepantes del biologicismo, tales como Cooper, Laing o Foucolt, los cuales ya advertían del mito de la enfermedad mental en los años sesenta. En cualquier caso, reconozco que la terapia psicoeducativa me sirvió para ser aceptado como terapeuta y como plataforma desde la que introducir elementos críticos para deconstruir el paradigma que nos gobierna, un trabajo sutil, que me ha permitido ensanchar la comprensión de la salud mental, así como mejorar mi aceptación en el grupo.
Dentro del grupo cada paciente, en función de sus experiencias y necesidades, podía optar por una visión alternativa sin perder a aquellos otros que forman parte del modelo tradicional. No olvidemos que como terapeutas no estamos para reivindicar nuestras convicciones, por muy honestas que estas nos puedan parecer. Estamos para asistir según los términos de quien nos solicita ayuda. Tal cosa supone ser extremadamente escrupuloso con los puntos de vista ajenos. Más aún cuando las defensas contra el grave sufrimiento que padecen se encuentran vinculadas a estos.
Con estos mimbres, Fénix y yo comenzamos en poco tiempo una relación respetuosa, más o menos horizontal, de igual a igual, en la que Fénix tomaba sus propias decisiones y yo le acompañaba en sus dudas y malestares. Por aquella época él tomaba tres tipos de fármacos: Quetiapina, Ribotril y Litio, una nadería en comparación con la medicación que consumen otros pacientes cuyo número de pastillas a menudo llega a la decena diaria. Ocurrió que, a medida que Fénix fue exteriorizando sus pretensiones de reducir la medicación, comenzó a recibir la presión del resto de participantes de la terapia. Primero de forma indirecta, mediante comentarios ominosos y advertencias, para después pasar a críticas abiertas en las que se le tildaba de irresponsable. La presión de grupo comenzaba a operar, bien alimentada tras años de psicoeducación y propaganda psiquiátrica.
Este es un asunto muy a tener en cuenta. Uno de los mayores éxitos de la psiquiatría y de los laboratorios es que sean los propios pacientes los que se juzguen y censuren cuando alguno de ellos se aleja de la norma establecida. Este fenómeno de presión grupal tiene su explicación en el propio sufrimiento psíquico que padece toda persona diagnosticada de un trastorno mental grave. En la mayoría de las ocasiones estas personas han padecido experiencias de una amargura terrorífica, a las que el único tratamiento ofrecido ha sido el farmacológico. A lo largo de ese costoso proceso han tenido que asumir el discurso de la psiquiatría como propio, renunciando en muchos casos a su propia opinión, voluntad y autonomía. Por tanto, cuando surge un paciente rebelde al tratamiento, la respuesta no se hace esperar. En el caso que nos ocupa, Fénix pasó en pocos meses de ser reprendido por sus dudas como enfermo mental a ser repudiado del grupo en el momento que comenzó su despsiquiatrización. No resulta extraño que los pacientes de salud mental con alta conciencia de enfermedad tiendan a volverse ciertamente dogmáticos y, a menudo, también intolerantes con el sufrimiento ajeno cuando este no se ajusta a sus expectativas. Desgraciadamente, compartir una enfermedad mental no te hace inmune a ejercer la discriminación. He tenido ocasión de escuchar en muchas de las sesiones comentarios reprobatorios por parte de otros participantes hacia aquellos que se hallaban inmersos en un proceso de crisis psíquica, demostrando poca paciencia frente a los síntomas compartidos. La verdad es que este es un asunto sumamente complejo del que sin embargo nunca se debe culpar a los pacientes, por muy adheridos que estén a sus tratamientos y diagnósticos. La responsabilidad de esta estigmatización añadida hay que buscarla en la psiquiatría y sus profesionales.
Ante un contexto tan adverso, no es de extrañar que Fénix dejara de participar en el grupo de apoyo en el que nos conocimos después de algo más de un año. No obstante mantuvo, eso sí, una estrecha relación conmigo.
Durante su búsqueda de respuestas contactamos con profesionales y colectivos alternativos. De los primeros encontramos muy pocos; respecto a los segundos tuvimos algo más de suerte. No en vano, y a consecuencia del enorme daño iatrogénico que provocan los tratamientos en salud mental, los grupos de afectados resultan numerosos. Es cierto que la mayoría de ellos responden a un estilo ortodoxo, dirigidos por familiares y colonizados por profesionales y laboratorios centrados en su propio beneficio, pero tras estos descubrimos un arcoíris de colectivos rebeldes, incluso revolucionarios.
Aunque frecuentemente desacreditados por cuestionar el concepto de enfermedad mental y su gama de diagnósticos, estos colectivos son conocidos por su lucha contra los abusos de la psiquiatría. Así, proponen un paradigma divergente, basado en la diversidad mental y en el sufrimiento psicosocial. Estos grupos de resistencia psiquiátrica señalan a la sociedad y a sus desigualdades como causantes primarios de la locura. El trabajo de estos colectivos de supervivientes, tales como Hearing Voices, La Revolución Delirante o, mucho más cerca, en Asturias, la Asociación Hierbabuena, es encomiable y siempre merece ser reconocido, tanto por su férrea defensa de los derechos humanos como por el apoyo mutuo que prestan. Dentro de ellas existen muchas personas desahuciadas por tratamientos y diagnósticos a las que les han robado sus relaciones, su trabajo y sus esperanzas, y a las que se les ofrece una identidad nueva en la que cimentar su vida. Estos grupos no rechazan la locura; al contrario, la aceptan y la utilizan contra quienes se la impone, caricaturizando sus etiquetas diagnósticas y cuestionando su labor de control social.
Sin embargo, a pesar de la empatía que estos grupos demostraron hacia Fénix, este no halló consuelo en ellos. Si bien encontró una gran comprensión en su empeño por reducir el consumo de psicofármacos, las preguntas que más le angustiaban aún quedaban sin respuesta. No obstante, aunque la identidad de locura rebelde que le adjudicaban no le resultó útil, conocer a estos supervivientes al menos sí le sirvió para ensanchar su comprensión de lo que supone el sufrimiento mental, cuestión que en poco tiempo acabó cristalizando en una idea del todo prohibida: Quizás él no fuera realmente bipolar.
Compartir su conclusión con el grupo en el que ambos nos conocimos detonó en su salida definitiva. Esta se produjo no tanto porque no encontrara útil su dinámica, sino por la falta de comprensión y apoyo por parte de algunos de sus compañeros. La cosa no era para menos; muchos de ellos se mostraron muy irritados ante la falta de disciplina de Fénix. Una cosa era que expusiera sus dudas sobre la medicación y deseara su reducción y otra bien distinta que negara el diagnóstico. Lo primero resultaba un pensamiento recurrente y comprensible en toda persona rotulada con un trastorno grave de salud mental, pero lo segundo era excesivo. A muchas personas diagnosticadas, y a pesar de todos los perjuicios derivados en forma de medicalización crónica, daños metabólicos y estigma, el diagnóstico les ofrece una identidad social a la que agarrarse: la de enfermo mental. Es cierto que no resulta ideal, pero teniendo en cuenta lo poco que se les ofrece a estas personas, al menos eso es algo con lo que poder retomar la vida. No olvidemos que muchas de ellas llegan a esta situación después de años de terribles padecimientos, con sus relaciones sociales rotas, sus familias dañadas y, muy a menudo, incapaces de ganarse un sustento. Es cierto; el diagnóstico abre algunas puertas como el reconocimiento de una discapacidad o la concesión de una pensión. También ofrece algo de tranquilidad por ubicar muchos de los comportamientos anómalos y parte del sufrimiento que atraviesan. Pero, evidentemente, para muchas otras personas el diagnóstico es justamente lo que destruye sus vidas, lo que genera una grave merma de su autonomía e independencia vital. Este, insisto, es un tema complejo que requiere de mucha paciencia y sensibilidad para ser entendido. Por ello el relato que nos traemos entre manos puede ser especialmente revelador.
Antes de proseguir conviene precisar que Fénix era un bipolar ejemplat. Tomaba muy poca medicación, la cual apenas producía en él efectos secundarios visibles. Llevaba una vida tranquila y ordenada. Hacía deporte con una regularidad casi cronometrada, tenía vida social y, además, una buena pensión. Posiblemente esto último sea el mayor pronosticador de bienestar en salud mental. La mayoría de pacientes graves sobreviven con pensiones miserables, no contributivas, que apenas les dan para vivir y les obliga a trabajar de la economía sumergida, sometidos, para más inri, al estrés constante de ser descubiertos. Así pues, su demanda era incomprensible. ¿Por qué querer dejar de ser bipolar? Para muchos Fénix tenía una vida envidiable. ¡Bien podría dedicarse a vivir con tranquilidad y sin apuros económicos! A algunas personas, especialmente aquellas cuyo malestar era elevado y su remuneración exigua, el empeño de Fénix les resultaba ofensivo. Más aun cuando él era absolutamente eutímico; es decir, que gozaba de una estabilidad mental equiparable a la de una persona cuerda o carente de diagnóstico. Y precisamente este era el asunto.
Porque empezábamos a plantearnos, con argumentos cada vez más sólidos, que Fénix, quizás, tal y como él mismo reclamaba, no era bipolar. Pero no porque se hubiese recuperado del trastorno, sino porque nunca lo había tenido. Abordamos esta disyuntiva cuando indagamos en su historial médico y en la forma en la que fue diagnosticado. Sin embargo antes de continuar por este rumbo sería interesante hacer un alto en el camino para comprender mejor qué es esto del Trastorno Bipolar.
Sobre el Trastorno Bipolar.
El Trastorno Bipolar es una de las grandes locuras de nuestro tiempo. Posiblemente, junto con la esquizofrenia, ocupa el mayor número de artículos sensacionalistas en periódicos y tertulias televisivas. Aunque continúa muy de moda como explicación para todo tipo de comportamientos extraños, especialmente cuando hay violencia de por medio, desde hace unos años comienza a ser sustituido por el Trastorno Límite de la Personalidad, algo así como el último grito en psicopatología, no porque este último sea novedoso, sino más bien porque se le ha rescatado del fondo del enorme cajón desastre de la psiquiatría.
A la salud mental le ocurre como a la industria textil, que pasa el tiempo y que lo que era viejo, con la publicidad adecuada, vuelve siendo retro y se pone otra vez de moda. Algo parecido ocurrió con el TB en los ochenta. A menudo se suele pensar que este difícil trastorno es la denominación actualizada de lo que antes venía a llamarse Psicosis maniacodepresiva. No obstante, la cosa es un poco más compleja. Cierto es que todas las personas tildadas en su momento por maniacodepresivas serían ahora etiquetadas como bipolares, pero no todos los bipolares actuales vendrían a ser maniacodepresivos.
Coloquialmente, prolifera la idea de que el cambio de denominación se adoptó para reducir la carga peyorativa de la psicosis maniacodepresiva, y aunque ciertamente el nombre suena un tanto inquietante, más aún desde que Hitchcock nos obsequió con su deslumbrante filme de título homónimo, dicho cambio respondió, no obstante, a argumentos más poderosos que iban mucho más allá de un ingenuo juego de eufemismos.
En el año 83 salió a la luz el DSM-III, el renovado catálogo de trastornos mentales de referencia mundial, pergeñado desde la Asociación Americana, más bien estadounidense, de Psiquiatría. En esta nueva versión se adoptaron las premisas biologicistas y se aceptó sin reservas la inyección de capital por parte de la industria farmacológica, rescribiéndose desde este momento y gracias a esta lucrativa asociación, la patología mental. Sucintamente podría decirse que se pasó de un DSM-II, aún basado en el paradigma psicoanalítico, a otro meramente descriptivo y subordinado a la manida y endeble hipótesis del desequilibrio neuroquímico. Este cambio de enfoque vino a implantar graves modificaciones en el diagnóstico y en el tratamiento, todas ellas carentes, ya no de sustrato científico, lo cual en salud mental puede resultar asumible, sino de todo rasgo explicativo en cada una de las trescientas psicopatologías referidas.
Respecto al TB, el cambio de nombre vino preñado de graves y profundas consecuencias. En general, en una primera lectura, parece que este trastorno se refiere a los mismos síntomas y malestares que la psicosis maniacodepresiva, los cuales dan cuenta de graves crisis anímicas que se expresan en forma de euforias desmedidas, denominadas manías, en las que las personas padecen de una excitación y un optimismo ingobernables. Estas crisis aparecen en relación con otras de índole depresiva de terrible intensidad. Ahora bien, las diferencias entre la PMD y el TB son notorias. Mientras que para el diagnóstico de la primera era necesario el concurso de varias crisis maniacas y depresivas, para el del TB tan solo hace falta un episodio de cada tipo, lo que en la práctica ha supuesto un aumento extraordinario de personas diagnosticadas con esta dolencia puesto que, con la anterior denominación y criterio, se interpretaba que estos episodios podían producirse de forma única o eventual, sin formar parte de un síndrome específico. No obstante, el nuevo diagnóstico del TB incorporó, además, otras interesantes innovaciones, cosa que le ha hecho ganar popularidad, o más bien prevalencia.
Si anteriormente la PMD carecía de categorías o subtipos, el TB incluye un buen número de ellos, alguno tan confuso que resulta indistinguible de otras psicopatologías. El TB se divide en tipo 1, lo que vendría a equivaler, en cuanto a síntomas se refiere, a la anterior PMD. El tipo 2 se refiere a una sintomatología maniaca menos florida, de baja intensidad, a la que se denomina hipomanía. El Tipo 3 se correspondería con la ciclotimia, donde concurren más de cuatro episodios maniacos y/o depresivos en un solo año. Finalmente, tenemos el subtipo de los cicladores rápidos, cuya sintomatología maniaca y depresiva oscila con gran rapidez en un mismo día. Las categorías del TB incluyen dolencias mentales que antes estaban descritas y comprendidas de forma distinta. Así como la PMD se corresponde con el TB tipo 1, la psicosis melancólica, la más grave de las formas depresivas, se resitúa en parte en el tipo 2, mientras que las otras categorías serian incluidas en malestares diversos, algunos incluso sin necesidad de diagnóstico. Todo ello infló la prevalencia del TB hasta alcanzar un puesto de honor dentro del nuevo DSM.
Sin embargo, las modificaciones concitadas por este catálogo psicopatológico no se redujeron a sobredimensionar sus categorías. El TB debutaba para ser uno de los grandes trastornos, creado para rivalizar con la esquizofrenia. Para ello, la definición de esta perturbación incluyó dos ideas magistrales: La primera, calificar a esta dolencia como incurable, crónica y recurrente: la segunda, añadir un tratamiento psicofarmacológico permanente. Que a nadie le sorprenda, no olvidemos quien diseñó este trastorno. ¡Los laboratorios tienen que hacer caja! Así que, mientras que en el pasado para el diagnóstico del PMD y de la melancolía eran necesario el concurso de varios episodios, para el TB bastaba ahora solamente uno de cada, al que se podían añadir grupos de síntomas más leves, a menudo difíciles de discriminar de otros trastornos o incluso de estados no patológicos. Este es el caso de la hipomanía, tan complicada de identificar y que frecuentemente se confunde con alegría y excitación, especialmente cuando estas emociones no resultan estéticas para el entorno social. Además, hay que señalar que frente a las dolencias de antigua denominación, previas al DSM-III, el tratamiento farmacológico era eventual, circunscrito a las crisis. En cambio, para todos los subtipos del TB, se prescribe medicación múltiple y crónica.
Como resultado de esta profunda modificación producida con el debut del TB, se desprenden tres consecuencias elementales: En primer lugar un aumento de las personas diagnosticadas respecto a las anteriores denominaciones con las psicosis maniacodepresiva y melancólica. En segundo lugar, una grave reducción de los requisitos para su diagnóstico, lo que redunda en una pérdida de fiabilidad al reducirse las diferencias con otros trastornos, produciéndose eso que tantos pacientes denuncian, que se pase de un diagnóstico a otro sin que cambien los síntomas. Finalmente, la tercera consecuencia tiene que ver con un aumento espeluznante del consumo de psicofármacos, a los que pasaremos a atender en breve.
Todo ello nos hace preguntarnos si el TB supone una patología real, un síndrome con síntomas específicos. Debemos recordar que nos hallamos en un terreno muy pantanoso, analizando conceptos difusos y fuertemente subjetivos, cuyas raíces tienen que ver con nuestro entorno socioeconómico y la estructura emocional de la familia y sus circunstancias particulares. Los trastornos mentales ya han sido puestos en cuestión en numerosas ocasiones, por lo que su descrédito es notorio. Nada nuevo podemos decir al respecto excepto que el sufrimiento psíquico es extremadamente real. Llámese TB, PMD o melancolía, merece siempre ser atendido y respetado. Ninguna crítica, por muy necesaria que sea, debe reducir nuestra preocupación sobre el dolor mental. Al contrario, debe espolear nuestra motivación para aliviarlo. Respecto al caso que nos ocupa, es preciso reconocer la arbitrariedad de los trastornos mentales a partir del ejemplo descrito con el TB. Para Fénix, esta arbitrariedad resultaba esencial para justificar y comprender el itinerario psiquiátrico hacia el que fue encaminado, el cual pasa, ahora sí, por eso que viene a denominarse los psicofármacos.
Drogas de uso psiquiátrico.
Como ya hemos comentado, Fénix tomaba solo tres psicofármacos: Un antipsicótico, denominado quetiapina, de prescripción frecuente bajo el nombre comercial de Seroquel, también el ansiolítico Ribotril, perteneciente al famoso grupo de las benzodiacepinas, famoso tanto por su uso habitual como por su capacidad adictiva, y por último un tercer fármaco, litio, el estabilizador del ánimo por excelencia cuyas particulares propiedades para tratar el ánimo ya se conocían en la Antigüedad.
Recuerdo que cuando Fénix le planteó su deseo de reducir la medicación a su psiquiatra, este le contestó con reservas, recordándole que cualquier modificación podría conllevar una recaída. Este comentario, del todo habitual, habría mellado la voluntad de muchos, pero no así la suya, pues él demostraría estar hecho de una pasta muy correosa. De hecho, aquello fue más bien un acicate que renovó su motivación, y es que cuando Fénix sinceró sus intenciones con su psiquiatra, nosotros dos ya habíamos hecho algunas pesquisas que la reacción de su médico vino a confirmar. Lo cierto es que las informaciones y referencias sobre la reducción de psicofármacos son abundantes, pero incluso aquellas que facilitan su proceso advierten de los riesgos, riesgos que comportan un empeoramiento de los síntomas o la aparición de síndromes de abstinencia. A pesar de ello, ni Fénix ni yo mismo llegamos a pensar en lo gravosos que podrían llegar a convertirse.
Desgraciadamente son muchas las falsas creencias y bulos respecto a los psicofármacos que han penetrado con fuerza en el ideario colectivo, gracias, sin duda, al tenaz esfuerzo de la industria farmacológica, la APA, y al de sus numerosos adláteres, entre los que se encuentran, cómo no, los medios de comunicación. Estos medicamentos, en cualquiera de sus variedades, desde las más ortodoxas y conocidas hasta las últimas novedades, no son sino, simplemente, drogas sintéticas; es decir, sustancias psicoactivas capaces de alterar el funcionamiento nervioso y cerebral, equivalentes en sus propiedades y mecanismos químicos a muchas otras drogas que conocemos, ya para un uso terapéutico, como la morfina y, más recientemente, la marihuana, o bien para fines recreativos, como el alcohol. Cierto es que la denominación de psicofármaco viene a ocultar su naturaleza como droga por razones evidentes. “Las drogas son malas”, nos dicen. Ahora bien, miremos el mundo como es. ¿Qué sería de nuestra sociedad sin las drogas? ¿Cómo soportaríamos la injusticia y la desigualdad que nos rodea? Nuestra relación cultural con ellas es estrecha y continua. Las consumimos a diario. A veces en dosis pequeñas y socialmente aceptadas. Ahí están el café y el tabaco. Pero también poseemos excepciones para drogas duras como el alcohol, quizás la más terrible de todas ellas. Y sin embargo la utilizamos en casi todo momento. Su función principal, aquella por la que su consumo se ha hecho sistemático en toda sociedad, es su capacidad para evadirnos del sufrimiento, ya sea este un consumo por voluntad propia o inducido desde arriba como estrategia de control social para domesticar a la población divergente. Por tanto, a nadie debería escandalizarle que eso que nos prescriben cada vez que uno da un traspié mental, sea una droga. Cualquiera que haya sido suministrado de alguna de sus variedades habrá dado cuenta de sus efectos, lógicamente muy similares al de otras drogas más socializadas.
En general estos psicofármacos, o drogas de uso psiquiátrico, se dividen en cuatro grupos: Antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos y eutimizantes o estabilizadores del estado de ánimo. Curiosamente, para el TB se prescriben los cuatro, por lo que resulta fácil deducir el galimatías de efectos secundarios y las dosis de iatrogenia a la que se enfrentan estos pacientes.
Algo curioso a resaltar son los nombres elegidos para cada una de estas drogas a fin de esquivar su origen y dotarlos de una finalidad más aparente, utilizando la misma estrategia nominativa que se utiliza con los antitérmicos o antibióticos, cuyos nombres hacen referencia literal a sus propiedades. De este modo, un antitérmico se aplica para bajar la temperatura y un antibiótico destruye algunos tipos específicos de bacterias. Pero no ocurre así con los antipsicóticos ni con los antidepresivos, pues ni los primeros eliminan la psicosis, ni los segundos la depresión. A pesar de ello, tenemos nombres llamativos que prometen mucho para estas graves dolencias. Excitalopram para la depresión, Tranquimazin para la ansiedad... Son fantásticos ardides publicitarios, muy propios de vendedores de coches o de aquellos vendehúmos que pregonaban tónicos que prometían curarlo todo, desde la alopecia hasta el mal de amores. No, los psicofármacos no curan los trastornos mentales, y difícilmente podrán hacerlo algún día. Y la razón por la que no lo hacen es sencillamente porque la mente es un fenómeno extracerebral. Como mucho podrán alterarla, como sustancias psicoactivas que son, pero poco más. La mente, sí, tiene algo que ver con el cuerpo y con la genética, suponemos, y mucho que ver con el entorno; es decir, con la cultura y la sociedad en la que habitamos. Estas drogas de uso psiquiátrico son, en el mejor caso, herramientas imprecisas; en el peor, puro veneno.
Así que, en general, estamos tratando con drogas unos sufrimientos que tienen mucho más que ver con tensiones socioeconómicas que con trastornos cerebrales. Por eso tienen una respuesta terapéutica tan baja. Lo cierto es que en la práctica los antidepresivos actúan como estimulantes, mientras que los antipsicóticos lo hacen como sedantes. Algunos son más potentes que otros y arrastran, además, estos o aquellos efectos secundarios, pero su capacidad terapéutica es muy confusa. En la depresión producen un aporte de energía que puede o no, según el caso y la persona, reducir parte de sus síntomas. Pero también puede amplificarlos, aportando irritabilidad y ansiedad. De forma similar, aunque normalmente más contundente, los antipsicóticos frenan los síntomas psicóticos más vistosos, aquellos que se denominan como positivos, especialmente todo lo relacionado con la sobreactividad. Tal cosa, sin embargo, no sucede porque estas sustancias reordenen la psique de quien los consume, sino porque anestesian o excitan, según el caso, parte del sistema nervioso. Así, los antipsicóticos adormecen el sistema locomotor y la percepción, dando lugar a esos estados de somnolencia y apatía tan característicos. Sobre los ansiolíticos podemos decir que son las típicas drogas tranquilizantes, más suaves que los antipsicóticos pero con mayor capacidad adictiva, especialmente el nutrido y muy consumido grupo de las benzodiacepinas. Finalmente, los eutimizantes son drogas más complejas, de efectos terapéuticos sutiles y de largo plazo, efectos conseguidos a base de un menoscabo de la emotividad del paciente.
La controversia con estas drogas de uso psiquiátrico tiene que ver con lo caótico e impredecible de su eficacia y consecuencias, las cuales varían extraordinariamente entre unas personas y otras. Normalmente, hasta que se alcanza cierto grado de estabilidad, si es que llega a alcanzarse, los pacientes son sometidos a un sistema de ensayo y error en el que se prueban diferentes fármacos hasta que, sin saber muy bien el por qué ni el cómo, unas píldoras procuran una mejora, la cual puede ir desde la remisión completa de los síntomas, en el menor de los casos, hasta situaciones sin apenas alivio. A pesar de ello, el problema de los psicofármacos no radica tanto en el galimatías de sus efectos terapéuticos, sino en el daño iatrogénico que se da en forma de muy diversos efectos secundarios, los cuales abarcan una diversidad sorprendente, desde el aumento de peso y pérdida de deseo sexual, pasando por temblores y espasmos, pérdidas de memoria y de concentración, anestesia emocional o daños metabólicos. Al margen de la evidente merma en la calidad de vida que estos efectos provocan, se asume que el consumo prolongado de estas sustancias en pacientes complejos supone la reducción de hasta diez años en su esperanza de vida. Imagino que ahora se comprenderá mejor el obstinado empeño de algunos pacientes en reducir su consumo.
Concretamente, solo el aumento de peso y la pérdida de la libido suponen la causa de la mayor parte del abandono de los tratamientos psicofarmacológicos. Me viene a la memoria mientas escribo una mujer que en solo tres años había pasado de pesar cincuenta kilos a más de noventa, perdiendo por el camino todo deseo sexual y también a su pareja. La mujer, desesperada y entre lastimeros sollozos, aseguraba que sentía su vida arruinada con solo cuarenta y cinco años, deformada por una gordura grotesca que la obligaba a vivir aislada y avergonzada. Se podría pensar que este es un ejemplo desafortunado, real, pero carente de representatividad. Lamentablemente esto no es así. Cualquier acercamiento a la salud mental, por tímido que sea este, da cuenta del estado de aquellos pacientes que se ven obligados a consumir estas drogas de forma continuada. Habrá para quienes el daño iatrogénico sea un mal menor comparado con el sufrimiento mental, pero la evidencia de ese daño y de sus efectos secundarios es indiscutible..
No obstante, el peor efecto que producen estas drogas es el malestar que puede provocar con su retirada. Si esta no se realiza con prudencia; esto es, de forma pausada y escalonadamente, a menudo emerge un malestar confuso, muy similar a los síntomas que supuestamente remedian. Así, la retirada de los ansiolíticos puede generar episodios de ansiedad, la de los antidepresivos tristeza, anhedonia y melancolía, y la de los antipsicóticos, paradójicamente, delirios. Estos efectos tras la retirada son extraordinariamente disuasorios, dificultando cualquier intento de reducción. Sirven, no solo para poner en duda cualquier intento legítimo de descenso en el consumo, si no para culpabilizar al paciente que ha tomado esa decisión. Por supuesto, los psiquiatras quedan exonerados de cualquier responsabilidad. Para eso son médicos.
A pesar de todo lo señalado sobre estas drogas, no quisiera llevar a error a nadie. Insisto; a menudo son el único tratamiento del que se dispone y, por tanto, demonizarlas puede dejar a mucha gente que las necesita absolutamente indefensa. Sabemos perfectamente cómo combatir el sufrimiento psíquico. Son muy conocidos los trabajos realizados en Finlandia, el llamado Diálogo Abierto ha cosechado los mejores resultados en trastornos graves como la esquizofrenia, y lo hacen con un uso puntual de psicofármacos. El problema es que en nuestro entorno médico impera esa psiquiatría biologicista que desacredita todo aquello que no pase por el consumo sistemático de estas drogas. Pero lo más curioso de todo, aquello que debería atraer nuestra atención, es que incluso con el concurso de estas sustancias muchos pacientes mejoran. ¿Cómo se explica eso? Pues bien, se explica en base a dos efectos que todavía no hemos mencionado: el efecto placebo y los beneficios colaterales.
Estos son los responsables fundamentales y a largo plazo de la eficacia de los psicofármacos. El efecto placebo es bastante conocido y ha quedado de manifiesto en numerosos estudios, en los que no es posible determinar la causa de los resultados cuando se aplican metodologías doble ciego; es decir, cuando investigador y paciente desconocen si están haciendo uso del fármaco en cuestión o de un inocuo placebo. Por su parte, los beneficios colaterales tienen que ver con lo que hace una persona además de tomar psicofármcos para mejorar su estado de ánimo. Rara vez ocurre que estas personas se limitan únicamente a ingerirlos. También hacen deporte, se esfuerzan por relacionarse, estudian o se buscan aficiones. Estos beneficios colaterales también se hayan en el entorno familiar de los pacientes, entorno que reacciona positivamente, reduciéndose la conflictividad.
La desintoxicación.
Cuando Fenix tomó la decisión de comenzar su proceso de reducción farmacológica lo hizo con todas las precauciones posibles. Se encontraba estable desde hacía años, sin recaídas, y contaba con mi acompañamiento y apoyo emocional. Como ya he mencionado, abordó de cara el asunto con su psiquiatra, el cual, para sorpresa de nadie, se mostró disconforme, advirtiéndole de los supuestos riesgos. No obstante, ante la obstinación de Fénix, prefirió mostrarse condescendiente, toda una suerte, por cierto. Le recomendó iniciar el proceso por el ansiolítico, (recordemos, Ribotril), compuesto a base de las adictivas benzodiacepinas. A posteriori, repasando todo el proceso de la reducción, llegamos a la conclusión de que el psiquiatra en cuestión no tenía la más mínima idea de lo que decía. Averiguamos que, en concurrencia de varios psicofármacos, conviene reducir en último lugar las benzodiacepinas, puesto que, por una parte, son los psicofármacos menos lesivos, a pesar de su adicción y, por otra, bien pueden servir de apoyo para los mucho más desagradables efectos de la retirada de los antidepresivos y antipsicóticos. Con estos mimbres, la reducción de Ribotril en Fénix fue un calvario, sufriendo un síndrome de abstinencia equivalente a los producidos por otras drogas de uso recreativo como la cocaína o el hachís.
Sin embargo, ni siquiera esta experiencia le previno de lo que vendría después, cuando inició la reducción de la quetiapina, el antipsicótico. A lo largo de todo el historial psiquiátrico de Fénix, incluidos los episodios depresivos e hipomaniacos que justificaron su diagnóstico, jamás había sufrido de brotes psicóticos; es decir, de graves alteraciones de la percepción y del pensamiento, eso que se entiende coloquialmente como delirios y alucinaciones. Paradójicamente sí los conoció y padeció durante semanas al disminuir la quetiapina. En palabras del propio Fénix:
“Era como si mi cabeza estuviera a punto de reventar, todo a mi alrededor vibraba y se me metía dentro. Tenía revueltos todos mis sentidos, la luz me molestaba, cualquier ruido me hacía saltar. Incluso el tacto de las cosas me parecía agresivo. No podía dormir ni estar despierto. No podía controlar mis pensamientos. Estaba permanentemente en una duermevela agotadora.”
El periodo de desintoxicación se prolongó durante casi dos años, tiempo en el que Fénix, muy prudentemente, alternó fases de reducción y otras de descanso. Incluso, en hasta tres ocasiones, tuvo que retroceder en su reducción, la cual pareció complicarse tanto que no pocas veces Fénix dudó que pudiera librarse totalmente de las drogas. No obstante, perseveró a lo largo de un proceso que fue sumamente revelador, pues las dificultades de su retirada nos dieron mucha información sobre su diagnóstico. Si bien, es cierto que en el caso que nos ocupa, las enormes dificultades que padeció Fénix para desintoxicarse fueron muchas, estas no pueden ser ejemplo para otras personas que se planteen reducir su medicación psiquiátrica. Los efectos de retirada y abstinencia dependen mucho de cada persona y de las circunstancias que la rodean. Además de, como resulta obvio, del tipo de sustancia en cuestión, de la cantidad y del tiempo de su consumo. De esta forma, podemos concluir que las retiradas resultan del todo impredecibles, requiriendo de planificaciones personalizadas y flexibles. Encontramos pacientes cuyo síndrome de abstinencia es largo y profundamente molesto, mientras que para otros es prácticamente inocuo, por lo que a la hora de afrontar una retirada solo podemos actuar con prudencia, organizando el proceso para evitar posibles complicaciones. Más adelante, en otra publicación, ofreceremos los aprendizajes a este respecto a partir de la experiencia de Fénix y de otras en las que nos hemos involucrado posteriormente. De momento, continuemos con nuestro común amigo.
Como decíamos, la retirada nos dio pistas de su diagnóstico y de las sospechas de Fénix, aquella por las que sufrió el vacío por parte de otros afectados. Y es que Fénix demostraba una tenaz sensibilidad a los efectos adictivos de las drogas psiquiátricas, razón por la cual su retirada fue tan compleja y prolongada. Este hecho nos hizo sospechar que, quizás, los episodios hipomaniacos que justificaron su diagnóstico de trastorno bipolar podrían ser realmente la consecuencia de una prescripción de antidepresivos negligente.
El diagnóstico.
Podemos situar el origen de la problemática de Fénix con una primera crisis anímica, en forma de cuadro ansioso-depresivo. Al menos esto es lo que señala su historial médico. Este trastorno es extremadamente común y reúne un batiburrillo de síntomas de intensidad moderada, los cuales van desde irritabilidad, tristeza, apatía y ansiedad. Se trata de una dolencia de amplio espectro cuyos casos más graves pueden tornar en crisis de pánico y depresión. Estas dolencias son extraordinariamente duras, alcanzando en sus casos más extremos aislamientos profundos y una angustia suicida. La depresión es, posiblemente, el sufrimiento más doloroso al que una persona puede enfrentarse. Quien la ha padecido conoce la verdad de estas palabras. Sin embargo, ese no fue el caso de Fénix, que nunca se enfrentó a los efectos de una depresión hasta que le recetaron antipsicóticos. El cuadro ansioso-depresivo que él padeció fue contingente a su contexto laboral, dentro del cual, tras obtener un importante ascenso en su carrera profesional, afrontaba nuevas responsabilidades para las que no se sentía cualificado.
El estrés, ese malestar que nos sacude cuando estamos expuestos a una carga que nos supera, hizo mella en Fénix, razón esta por la que realizó una primera visita a un psiquiatra, visita de la que, tras una breve entrevista, salió con una receta de Motivan en la mano, un antidepresivo estándar. Casualmente, poco después de empezar a consumirlo, aparecieron los primeros síntomas. Fénix presentaba una sobreactividad y excitación importantes que duraron aproximadamente un mes. Después padeció un bajón anímico que, sin llegar a la gravedad de una depresión, motivó una segunda consulta psiquiátrica de la que, nuevamente, salió con más antidepresivos en el bolsillo. Al parecer su cuadro ansioso-depresivo persistía.
Este es el relato reconstruido por Fénix en su intento de comprender el origen de su diagnóstico. Curiosamente, nadie en su entorno, ni en el laboral, ni en el personal, captó su malestar. Tanto la hipomanía como su tristeza y apatía pasaron inadvertidas. Este hecho es de gran importancia para comprender el fondo conceptual de la salud mental. A menudo, los mismos comportamientos pueden ser interpretados como excéntricos, anómalos o patológicos. La razón para discriminar unos de otros depende de la persona, de su contexto vital y del marco cultural de referencia. El estrés de Fénix y sus cambios anímicos quedaron solapados por el carácter profesional de su trabajo, fuertemente mediado por valores relacionados con la competitividad y con el cumplimiento de objetivos, parámetros muy habituales en grandes empresas y responsables del enorme estrés que padecen gran parte de sus plantillas. Seguramente en otro entorno laboral esos mismos comportamientos que pasaron desapercibidos habrían sido detectados y calificados como problemáticos. Al menos esta es a la conclusión a la que llegamos analizando a fondo los prólogos del sufrimiento de Fénix, sufrimiento que se agravaría con el consumo renovado de antidepresivos y que cristalizaría, esta vez sí, con una euforia desmedida e irracional, que desbordaría los amplios límites de su contexto profesional.
En este transcurso de síntomas, Fénix en ningún caso puso objeciones al antidepresivo. Tampoco le advirtieron de sus contraindicaciones, por lo que continuó consumiéndolo a pesar del creciente malestar. Cuando este empezó a resultar excesivo aparecieron los problemas de verdad. Se hace necesario señalar llegado a este punto que uno de los efectos más confusos y peligrosos de los psicofármacos es que pueden generar efectos rebote. Es decir, el consumo prolongado de antidepresivos puede producir estados de excitación equivalentes a la manía e hipomanía. A su vez, los antipsicóticos son perfectamente capaces de provocar profundas depresiones. Por si esto fuera poco, no olvidemos que la retirada de los antidepresivos o una modificación de estos, puede generar síntomas similares a los depresivos. Lo mismo puede ocurrir con los antipsicóticos, que pueden dar lugar a la aparición de señales psicóticas. No es posible establecer relaciones causales generales; cada persona y su situación son distintas. Por tanto, de nuevo debemos apelar a la prudencia y a un tratamiento personalizado. Pero, en cualquier caso, las posibilidades de que surjan efectos rebote, de provocar iatrogenia similar a la psicopatológica, es relativamente habitual, aunque muy difícil de discriminar. Por esta razón, en toda diagnosis exigente y cabal de trastorno bipolar, se debe imponer un criterio de exclusión si existe un consumo previo de antidepresivos, cosa que, lamentablemente, no ocurrió en el caso de nuestro amigo, cuya situación, personal y laboral, comenzaba a desbordarse.
Ante este desbordamiento, su familia, como en muchos otros casos y como no podía ser de otra forma, actuó por su cuenta buscando con ello ayudar a su hijo. Obviamente no les faltaba la razón, ya que, a tenor de las noticias que tenían de Fénix, este mostraba un comportamiento errático y fantasioso, inconsciente del deterioro de su vida. No creo necesario ser más explícito; cada cual puede entender en qué situación se encontraba, confuso y desorientado, severamente perturbado por los efectos del Motivan.
Así pues, la familia, desconocedora de los efectos que el antidepresivo estaba operando en su hijo, hizo lo que cualquier otra hubiera hecho: buscar consejo en un psiquiatra. En este caso se trataba de un reputado y prestigioso profesional que, aunque ya jubilado, seguía ejerciendo en lo suyo bajo el competitivo precio de cien euros por consulta. Este señor, de apellido simpático, llamémosle por ejemplo Malatesta, ex de todos los cargos importantes que se puedan tener en la psiquiatría asturiana, tuvo la osadía de diagnosticar el TB de Fénix sin ni siquiera conocerle en persona, tan solo mediante una conversación telefónica con sus padres, conversación a partir de la cual hizo llegar un informe a la unidad psiquiátrica del Hospital Universitario en el que expresaba que los síntomas de nuestro amigo habían evolucionado a un trastorno bipolar a partir de un episodio ansioso-depresivo previo.
El doctor Malatesta, después de administrar uno de los trastornos más graves del DSM-V, por vía telefónica y sin explorar al paciente en cuestión, se preocupó, además, de persuadir a la familia para que idearan una treta con el objeto de que su hijo fuera de visita al HUCA. Fénix residía en Madrid y no tenía ninguna conciencia de su recién diagnosticada enfermedad mental ni, como cabe suponer, ganas de hacer una visita de cortesía a ninguna unidad psiquiátrica, pero la familia, bien aleccionada por el doctor Malatesta, logró que su hijo fuera finalmente al hospital a fin de visitar a un conocido que supuestamente se hallaba ingresado. Al llegar allí, Fénix no podía imaginarse, ni siquiera en sus más descabelladas fantasías, aquello a lo que le iba a tocar enfrentarse.
El doctor Malatesta, profesional de reconocido prestigio, insistimos en ello, jubilado pero en activo y ex de todo lo relevante en la psiquiatría asturiana, logró que, por ser quien era, el personal médico acatara sus órdenes, las cuales consistieron en retener e ingresar a Fénix inmediatamente en la unidad de salud mental a razón de presentar un cuadro maniaco grave.
Cuando el supuesto maniaco llegó al hospital y se identificó se vio, para su sorpresa, abordado por dos agentes del personal de seguridad, quienes le agarraron de las muñecas para maniatarle en una camilla. Todo ello bajo la más absoluta perplejidad del supuesto maniaco, quien, por suerte para él (hubiera resultado peor si se hubiera resistido), apenas pudo reaccionar a causa del estupor. Y es que Fénix, a pesar de su sorpresa, no opuso resistencia alguna. Imagínense ustedes si se le hubiera pvittofp
hacerlo. Imagínense a ustedes si fueran abordados por dos desconocidos de forma repentina, sin aviso ni explicación, para, además, ser retenidos con correas en una camilla. Fénix no gritó, tampoco forcejeó. Se dejó hacer, más por sorpresa que por miedo o cobardía. Así fue como dio comienzo una penosa estancia en la unidad psiquiátrica del HUCA de dos semanas, periodo en el que además no recibió explicación alguna de los motivos de su ingreso, ni tampoco de los fármacos que le administraron, por supuesto, de manera forzosa. ¿Dónde quedaba el consentimiento informado, el derecho de autonomía del paciente? Está claro que esa burocracia es propia de la medicina, pero que en la psiquiatría, todos esos derechos no son más que molestias. La realidad es que estas prácticas, estas artimañas, son muy habituales en estos centros médicos en los que la voluntad de sus usuarios queda reducida a la caricatura y la autonomía al dibujo de mandalas.
Revisando todo el historial médico de Fénix, podemos concluir con total certeza que la forma y el fondo de la actuación llevada a cabo fueron contra todo derecho, protocolo, normativa y, especialmente, el buen hacer médico. Fue algo absolutamente ilegal y que tiene mucho más que ver con una privación de libertad que con un tratamiento terapéutico. No hubo exploración ni entrevista clínica, fue ingresado bajo engaño y coacción, maniatado sin el requisito de agitación motora; es decir, Fénix estaba tranquilo, no opuso resistencia. Asimismo se le administró medicación de forma reiterada sin su consentimiento y, finalmente, el ingreso incumplió la obligación de notificarse a la autoridad judicial competente. Al tratarse de una estancia forzosa, el hospital debía solicitar la aquiescencia legal, cosa que se produjo sobrepasando el límite de las veinticuatro horas fijadas por ley.
A toda esta retahíla de agravios y negligencias hay que sumar la preocupante intervención del doctor Malatesta. Que un profesional ajeno a la sanidad pública, por mucho ex que sea de todo lo relevante en la psiquiatría asturiana, sea capaz de orquestar un ingreso en semejantes condiciones demuestra un funcionamiento más cercano a la mafia que a cualquier otra cosa, sea lo que sea finalmente la psiquiatría. Quisiera, además, dejar constancia de que únicamente estamos haciendo referencia a los hechos más visibles y demostrables de todo este proceso, obtenidos del historial médico de Fénix. Dejamos sin mencionar multitud de actitudes discriminatorias, comentarios denigrantes y procedimientos negligentes llevados a cabo durante la privación de libertad que padeció. Digámoslo claramente: hablamos de secuestro. De hecho, sería más que interesante analizar en este punto, la actitud cómplice del personal psiquiátrico, sin el cual nada de esto podría haber ocurrido. Pero ¿qué le pasa a esta gente? Mucho se podría decir al respecto, pero dejémoslo para otro momento. Este colectivo de profesionales se ha ganado a pulso su propio monográfico.
Regresando a nuestro caso debemos aclarar que la notoria influencia del doctor Malatesta no se quedó circunscrita al HUCA. Claro que no. Ante la creciente culpa y preocupación de la familia de Fénix, cada vez más conscientes de las implicaciones y consecuencias de lo acontecido para la vida de su hijo, el doctor Malatesta, en otro alarde de irresponsabilidad, compuso un informe ideal para que Fénix fuera laboralmente incapacitado y dispusiera de una paga por jubilación, cosa que se consiguió sin dificultad. ¿Un premio por su diagnóstico? Cierto era que el estado mental de Fénix en aquel momento atravesaba un momento deplorable. El coctel de antipsicóticos impuesto durante su estancia en la unidad psiquiátrica había obrado un nuevo efecto rebote, provocando, ahora sí que sí, una mayúscula depresión y dejando a nuestro amigo con el ánimo destrozado. Obviamente, la nefasta experiencia hospitalaria también tuvo mucho que ver, pero, en cualquier caso, el doctor Malatesta y sus adláteres del HUCA lo tenían claro: Fénix se hallaba inmerso en un nuevo episodio depresivo, absolutamente coherente con su TB, como bien estaba reflejado en el informe rubricado por el propio doctor Malatesta.
Todo esto lo fuimos descubriendo según Fénix se hacía con su historia médica. Advertimos que una vez no se le recetó más Motivan, el antidepresivo, no padeció más episodios hipomaniacos, alcanzando con una dosis moderada de quetiapina un estado mental de cordura. La explicación, a la que llegamos de nuevo a posteriori, tiene que ver con que el metabolismo de Fénix pudo adaptarse a los efectos del antipsicótico, una resistencia que se alcanza cuando el consumo de una droga es habitual y constante. Evidentemente, sufría de algunos momentos de ansiedad, cosa que lograba aplacar con el Ribotril (recordemos, el ansiolítico) y, cómo no, con deporte diario.
De esta forma, Fénix, consiguió llevar un ritmo de vida normalizado, pero en la que no encajaban su jubilación, muy prematura, ni un diagnóstico de un trastorno crónico y recurrente del que no quedaba rastro. Y ese fue más o menos el estado en el que yo le conocí, demostrando ser desde el principio un bipolar atípico del todo… ¡sencillamente porque no lo era! Lo que ocurrió con Fénix, como ocurrió con muchos otros antes y después que él, es que le “hicieron” bipolar como consecuencia de combinar una psiquiatría delirante con mucha droga dura.
La despsiquiatrización.
Reconozco que en todo el periodo de reducción, de idas y venidas, de búsqueda de ayuda y comprensión, hasta yo mismo dudé. ¿Cómo no hacerlo? Fénix iba en contra de todo lo establecido, en contra de todo lo que me habían inculcado en mis años de formación. Aunque la ética me señalaba que hacíamos lo correcto, temí que estuviéramos equivocados, dando pábulo a una irresponsabilidad. Debió de ser mucho más duro para Fénix, extremadamente, sumido como estuvo en una soledad dolorosa, dentro de la que no solo combatía la abstinencia de las drogas, si no también mis prejuicios y la mala praxis psiquiátrica. Pero a pesar de mis vacilaciones, que en algún momento llegué a expresarle no sin prudencia a Fénix, este continuó con su propósito, pues, enfermo o no, era dueño de su vida.
Mucho debió de sufrir también su familia; su madre y su padre, cuyo amor y entrega fue aprovechado por el doctor Malatesta para hacerles cómplices de su paranoia. Este señor, disfrazado de médico, bien se merece el escarnio público por sus fechorías. Empero, permanecerá impune, como muchos otros antes y después que él. El corporativismo médico es profundo, hunde sus raíces en la judicatura y en la administración política, hasta tal punto que resulta prácticamente invulnerable. Más aún en la disciplina psiquiátrica, donde todo es subjetivo e interpretable. Esto es algo de lo que nos dimos cuenta con celeridad después, cuando Fénix trató de resarcirse, de buscar algo de justicia. Ni siquiera esa a la que llaman poética llegó a alcanzar.
La confirmación de un falso diagnóstico fue algo que llegó de manera progresiva. Las piezas siempre estuvieron delante, pero la desconfianza, que era mucha, retrasó la veracidad de las consecuencias, que por otra parte resultaban inapelables. Fénix era una víctima de la psiquiatría y, al margen de su desintoxicación, quería recuperar su vida. Algo a lo que a menudo no se da valor es el daño que provoca una incapacidad laboral, especialmente cuando esta es absoluta y se obtiene como consecuencia de un diagnóstico psiquiátrico. El estigma es, paradójicamente, la mayor fuente de sufrimiento en salud mental, mucho más insidiosa que el malestar que pueda provocar la suma de los síntomas que se padezcan y los efectos secundarios de los psicofármacos. Fenix de repente pasó a ser una persona sin identidad, despojada de su capacidad de trabajo en una sociedad donde se valora a cada uno por cómo se gana el sustento. Por tanto recuperar su anterior estatus de trabajador, suprimir su expediente en salud mental, se convirtió, no ya en algo necesario, si no en una cuestión vital de la que dependía, paradójicamente, gran parte de su equilibrio emocional. Fénix comenzaba a sufrir una nueva iatrogenia, esta vez de tipo psicosocial, un daño del que se habla bien poco, pero que padecen aquellas personas que han sido desahuciadas de sus derechos y autonomía. Este era Un dolor terrible que en Fénix comenzaba a pasar factura, especialmente cuando asumió la falsedad de su diagnóstico. Por suerte para ambos, mi comprensión sobre este asunto era mayor que respecto a la reducción, puesto que, aunque por razones distintas, yo mismo me he visto privado de mi capacidad laboral. Asumir este hecho y reemplazarlo no ha sido nada fácil. Al menos en mi caso, mi ceguera es una discapacidad real. ¿Qué podría sentir Fénix, cuya dolencia había sido provocada? Lamentablemente, como veremos, todas esas legítimas aspiraciones de reinserción social fueron anuladas con rapidez, ya que no es posible retirar un diagnóstico de TB cuando este se ha establecido. No nos olvidemos de que, según las definiciones oficiales de este trastorno, se señala que esta es una dolencia crónica y recurrente, cuya remisión resulta imposible confirmar, pues siempre puede alegarse y que, por muy largo que sea el periodo de eutimia, sin síntomas, no se puede garantizar en ningún caso que el TB haya desaparecido. Sería, por ejemplo, extremadamente sencillo de argumentar para el doctor Malatesta que Fénix se haya en un periodo de latencia asintomática y que en cualquier momento podría reaparecer el trastorno con una nueva crisis anímica. Esta es la conclusión a la que llegamos cuando fuimos asesorados por un abogado especialista en negligencias sanitarias. Este jurista nos advirtió de las extraordinarias dificultades para probar una mala praxis. Tal advertencia nos la vino a confirmar Guillermo Rendueles, a quien acudimos para contrarrestar la opinión del doctor Malatesta.
Guillermo, psiquiatra también jubilado y conocido por su quehacer profesional ligado a la justicia social y la crítica psiquiátrica, nos brindó un apoyo excepcional. Después de explorar debidamente a Fénix, redactó un informe impecable donde, negro sobre blanco, reinterpretaba todo su acontecer psiquiátrico para concluir en un diagnóstico erróneo de TB. Por desgracia, Guillermo también nos advirtió que en psiquiatría todo es cuestionable, por lo que, si el caso llegara a juicio, no había garantías de ganar. Guillermo nos aseguró que él mismo se prestaría a ir como testigo forense, pero sería una opinión profesional frente a otras. Existía un riesgo muy real de que Fénix perdiera el litigio y se reafirmara su diagnóstico. Más aún; podía verse severamente perjudicado con la obligación vía judicial de retomar las drogas que con mucho esfuerzo había dejado de consumir.
Aquel fue un duro varapalo para mi amigo, que había soñado con reparar el daño padecido, con eliminar su expediente psiquiátrico y con recuperar su vida laboral. Todo eso ya no iba a ocurrir. Le quedó claro cuando, bajo el consejo de su abogado, solicitó su historial a su antiguo psiquiatra, el doctor Malatesta.
La situación fue del todo surrealista. Fénix, inseguro de lo que se podía encontrar, acudió a la consulta de su ex-matasanos en compañía de su pareja, por si fuera necesaria la presencia de testigos ante lo que este pudiera decir. Como veremos, la intuición de Fénix no andaba muy descaminada.
El doctor Malatesta recibió a nuestro amigo con una sonrisa incómoda en la cara, preguntando por el para qué de su petición. Reproduzco a continuación la conversación, grabada a fuego en la memoria de Fénix. Como el lector se dará cuenta, esta resulta sumamente didáctica sobre cómo se las gastan algunos de estos pseudomédicos.
–Hola Fénix. Cuánto tiempo sin verte. ¿Qué tal estás?
–Bien, gracias.
–Me alegro de verte. Pero dime, ¿qué es eso de que quieres una copia de tu expediente? ¿Para qué?
–Bueno, me gustaría tenerlo, lo prefiero así.
–Ya, bueno, pues cuando un paciente me pide su historial yo siempre lo consulto con mi abogado. Dime, ¿quién te trata ahora? ¿Con quién estás?
–Estoy con un psicólogo.
–Ya veo, pero seguirás tomando la medicación, ¿no?
–Sigo...
–Bien, bien. Tú ten cuidado, no vaya a ser que te quiten la pensión…
La conversación no duró mucho más. No hizo falta, quedaron muy claras sus amenazas. Aquel que te lo da también te lo puede quitar, y el Doctor Malatesta, ex de todo lo relevante en la psiquiatría asturiana, también tenía sus influencias en la seguridad social. A tenor de lo rápido que le concedieron la incapacidad laboral a Fénix, igualmente podría concitar una inspección para cambiar esa situación. No olvidemos que toda incapacidad laboral, por muy permanentes que sean las razones que la motivan, es temporal, susceptible de ser modificada por mejoría o agravamiento. En el caso de la salud mental, donde todo es interpretable, siempre es factible que consideren una mejoría sin que esta se haya producido.
Poco después, viendo Fénix que no recibía respuesta alguna por parte del doctor Malatesta ni tampoco de su expediente, su abogado le envió un burofax solicitándolo. La respuesta del doctor no se hizo esperar. Envió finalmente el historial clínico de su ex paciente, pero lo hizo a través del letrado mayor del colegio de medicina de Asturias. En dicho comunicado se informaba de que cualquier nueva notificación se haría a través suya.
Quedaba clara la postura del doctor Malatesta, bien cubierto y defendido desde la trinchera jurídica de su colegio de mafiosos. Sin embargo, Fénix no se amilanó. Superada la abstinencia de los psicofármacos, reforzado por el criterio de Guillermo, acompañado además por su pareja y, ahora sí, también por su familia, pues sus padres habían comprendido la estafa a la que fueron sometidos y apoyaban sin reservas a su hijo. Con estos mimbres, Fénix, reafirmado y reforzado, empezó a tejer un nuevo plan que le llevara a reorganizar su vida con el fin de dar un portazo a diez años de sombras y drogas de uso psiquiátrico.
Tras intensas reflexiones buscó una orientación profesional cercana a su experiencia con el propósito de ayudar a otras personas en situaciones similares a la vivida por él. Cursó estudios sociosanitarios, que finalizó con excelentes notas para después realizar sus prácticas dentro de un colectivo de ayuda a personas en situación de vulnerabilidad, donde pudo destacar y ser contratado al poco de finalizarlas. Mientras esto sucedía, su vida personal dio un vuelco radical, con el nacimiento de su hija, impulsando sus motivaciones hacia nuevos horizontes, esta vez cargados de esperanza y posibilidades. Sin embargo antes debía reconquistar su derecho al trabajo.
Suele pensarse que una incapacidad absoluta, aquella que está dirigida a todo tipo de trabajo, impide la actividad laboral. Tal cosa no es cierta, como la propia Seguridad Social explica en su página web. La incapacidad absoluta será compatible con cualquier actividad que no esté limitada por las deficiencias que motivan la propia incapacidad. Quizás resulte un poco enrevesado pero viene a decir que si tus limitaciones no impiden realizar tal o cual cosa, puedes hacerla y, además, cobrar por ella. Ahora bien, la Seguridad Social tiene un particular empeño en hacer esto muy difícil. Cualquier iniciativa laboral, sea la que sea, sin importar su orientación, intensidad y compatibilidad con las limitaciones físicas, sensoriales o psíquicas de quien la realiza, supone automáticamente el envío de una carta advirtiendo de una posible inspección y, en su caso, de la retirada de la prestación que se esté recibiendo. Esta actitud disuade a mucha gente de trabajar, aunque sea de forma marginal, lo que a menudo no solo es una privación del derecho al trabajo, sino un severo menoscabo de la autoestima y de la percepción de autovalía del solicitante, aparte de que en muchos casos, demasiados debido a pensiones de miseria, es también una necesidad.
Por todo ello bien da la impresión de que la Seguridad Social pretende que las personas afectadas de discapacidades severas que han minado extraordinariamente nuestra capacidad de trabajo nos quedemos como pasmarotes sin hacer nada que no sea recibir la pensión y gastarla. Lo cierto es que cualquier persona, por muy discapacitada que esté, siempre puede realizar algún tipo de tarea, susceptible de ser remunerada o no. Para muestra un botón; aquí estoy yo, más ciego que Rompetechos, tecleando sin ver otra cosa que un borrón. Que vengan a decirme que esto que hago no es trabajar. Las pensiones por incapacidad laboral no son ningún privilegio; son una suerte de protección social debido a la vulnerabilidad que presentamos, la cual nos impide competir en un mundo laboral ya de por sí precario y complejo. No importa cuán alta sea esta pensión; siempre es producto de una desgracia que nunca compensa, pero evidentemente cuanto más digna sea esta renta, menor será el sufrimiento añadido. Porque este es, muy a menudo, el mayor quebradero de cabeza para las personas que sufrimos algún tipo de discapacidad severa. La discriminación o estigma adquiere muchas formas e intensidades, pero la económica es posiblemente, la peor de ellas.
Pues bien, Fénix llegó a una conclusión similar. No estaba dispuesto a renunciar a su pensión si no le retiraban el diagnóstico y reparaban de alguna forma el daño sufrido, tanto en cuanto a su calidad de vida como a su honor, el cual había sido tratado como un felpudo por la apisonadora psiquiátrica. Esta conclusión cobró aún más fuerza cuando nació su hija. De hecho, fue este suceso lo que precipitó los acontecimientos. Si el doctor Malatesta era jurídicamente inviolable, si la propia psiquiatría y el HUCA eran inimputables (estas eran nuestras conclusiones), Fénix recuperaría su capacidad de trabajo sin el detrimento de continuar recibiendo su pensión por incapacidad. Así lo entendíamos tanto Guillermo Rendueles como yo mismo. Así pues Fénix se preparó para una batalla más, sabedor de que la Seguridad Social no le iba a dar ninguna tregua, y así fue.
En cuanto retomó su vida laboral una carta llegó a sus manos avisando de una revisión de su incapacidad tras la que se resolvió reducir su grado de una absoluta a otra de tipo total, con la consecuente reducción del cuarenta y cinco por ciento de la cuantía económica. La respuesta de Fénix, sin embargo, ya estaba preparada con dos informes a cargo de su psiquiatra, Guillermo Rendueles y de su psicólogo, aquí presente. En sendos informes recordábamos que el TB diagnosticado a nuestro paciente era crónico e incurable. Si tales eran las razones para no poder suprimir el diagnóstico, ahora las utilizaríamos en nuestro favor. Además, se subrayaba la idea de que la actividad laboral suponía una protección para nuestro paciente, constituyendo una fuente de bienestar, siempre y cuando el trabajo reuniera las condiciones de carga e intensidad compatibles con su dolencia. Finalmente, concluíamos que la retirada de la condición de incapacidad absoluta era exponer a nuestro paciente a un grave riesgo en su salud, ya que la seguridad socioeconómica que le brindaba la pensión era clave para su estabilidad mental. Es decir, Fénix no trabajaba por dinero, o no solo por ello, lo hacía por algo incluso más valioso: su amor propio.
La seguridad social no tardó en recular, más por el informe de Guillermo, un reputado psiquiatra, que por mi aportación, he de reconocer, pero el resultado fue favorable para Fénix, quien continúa a día de hoy trabajando en condiciones equivalentes a cualquier otra persona, perfectamente adaptado a nuestra sociedad, sea eso síntoma de cordura o de lo contrario.
Fénix nunca estuvo trastornado, nunca tuvo problemas de adaptación social. Al menos no más que cualquiera. Él asumió y asume las normas y estándares culturales con crítica, como mucha otra gente, pero dentro de los parámetros considerados como normales. Su sufrimiento, el cuadro de ansiedad que tuvo y que inició su periplo psiquiátrico no fue distinto del que sufren muchas personas a diario. No es fácil vivir en nuestra sociedad, cada vez más tóxica de desigualdad e individualismo. Su problema de fondo, el error de Fénix, si es que cometió alguno, fue acudir a una consulta médica para tratar un malestar que se considera personal. Podemos imaginar qué habría pasado si este hecho sencillamente no se hubiera producido. No obstante, la lucha de fénix aún no está resuelta. Aún no. Y no porque la Seguridad Social le vaya a molestar, o porque el diagnóstico que aparece en su historial médico cada vez que acude al ambulatorio siga dándole problemas.
La lucha de Fénix es más personal, más íntima. Diez años ligado a las drogas psiquiátricas, diez años desposeído de su identidad, alienado por el estigma del diagnóstico, minaron gravemente su personalidad. Por suerte los psicofármacos no le han dejado secuelas, lesiones metabólicas o nerviosas de ningún tipo, y la factura del daño psicosocial parece también resuelta, al menos en su mayor parte. De momento, Fénix, da muestras de unas ganas de vivir intensas, es apasionado con su familia y sus convicciones. Muchos le señalarán como una persona de gran resiliencia, palabra muy en boga hoy día, y muy mal entendida, que liga la superación del sufrimiento y la miseria al esfuerzo personal.
Lo cierto es que, a pesar de todo, y sin despreciar la resistencia y constancia de Fénix, él tuvo mucho a su favor: condiciones económicas dignas, una crianza afectuosa y una red de apoyo que resistió los peores momentos. Muchos de los rasgos que fueron determinantes para su recuperación, para que se produjera su regreso de las cenizas, se hayan en su entorno más cercano, en su madre y en su padre, que supieron o, más bien, pudieron transmitirle esa fuerza y tenacidad. Esa resiliencia de la que tanto se habla, con la que justifican desde la superación del cáncer a la de la pobreza, tiene poco que ver con los genes y la personalidad y mucho que ver, en cambio, con las circunstancias, las cuales, sin restar valor a los empeños de nuestro amigo, le fueron bastante propicias.
En cualquier caso, esos años de locura inducida, de sufrimiento y maldad concentrada, nos brindan una esperanza, una salida para muchas más personas atrapadas en el laberinto perverso de la psiquiatría. Aprendamos de Fénix, de su terrible experiencia, de su relato e historia mental. Convirtamos este ejemplo de supervivencia no en la excepción que confirma la norma, sino en una nueva condición. Sabemos cuáles son las teclas, conocemos las piezas del puzle. La historia de Fénix nos las ilustra con claridad.
No quisiera cerrar esta historia sin dar oportunidad a la esperanza. Cierto es que no todas las heridas se pueden curar, que a menudo no se sale indemne del sufrimiento, pero incluso en los peores casos este casi siempre se puede aliviar. Luchemos por cambiar las circunstancias sociales que nos rodean, colectivicemos el malestar y el sufrimiento disminuirá en la misma proporción. Así que si te encuentras solo o sola, si te sientes perdida, busca a tu alrededor, no dejes de hacerlo, todavía existen personas con las que puedes compartir y afrontar tu dolor. No son pocas las y los supervivientes de la salud mental que pueden ayudarte, te comprenderán bien, conocen la soledad y el estigma ´de la locura. Y claro, aunque quizás aún menos que los anteriroes, en los límites de lo laboral, también quedan algunos profesionales decentes, ajenos al mercantilismo que nos acecha. Hazte con ellos.
La esperanza no es vana o fútil, es lo que nos queda, una semilla que puede o no germinar, siempre en función de su entorno, de su ecosistema, no tanto de su naturaleza.
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