¿En qué momento de nuestro pasado perdimos la cabeza?
Seguramente no seré el único al que le preocupe esta cuestión. Es muy probable que todo el mundo se haya hecho esta pregunta en algún momento de su vida. ¿Cuándo perdimos el rumbo hacia la paz y la igualdad? ¿O es qué jamás lo tuvimos? En nuestra sociedad abunda la injusticia, esto es algo tan difícil de rebatir que a menudo, al reconocerlo, nos invade la tristeza y la desesperanza. Allí por donde miremos, sea desde la ventana de nuestra casa o desde la ventana que es la televisión o Internet, el mundo nos devuelve la mirada cargada de desigualdad y autoritarismo. A veces con tragedias cercanas, como el abuso infantil o la indigencia en nuestras calles, otras veces con la devastación que suponen las guerras y la pobreza extrema. Por todo el planeta se suceden los mismos hechos. Unos poquísimos viven a costa de muchos y, en medio, entre ambos extremos, se encuentran otros pocos, que defienden a los poquísimos de los muchos, cada vez que estos tratan de rebelarse.
Con cada intento por dar la vuelta a la tortilla, o de crear otra mejor, ocurre lo mismo: el fracaso. Imagino que cada quien, según su ideología y su biografía, irá colocando las piezas de este prólogo, respondiendo de una u otra forma a la pregunta inicial, tratando de salvar a la tan maravillosa humanidad de la desgracia que reproduce y se empeña en perpetuar año tras año, siglo tras siglo, durante inagotables milenios de explotación y violencia. Algunos, los más escépticos o más afortunados en el azar de la vida, dirán que las cosas siempre fueron así. Otros afirmarán que pueden mejorar, esperanzados con revoluciones que no acaban de cuajar. También estarán los que afirmen que en nuestro devenir histórico han mejorado las condiciones de vida y que, en un futuro difuso, el mundo será más justo. No faltarán los que aludan a las supuestas proezas alcanzadas por nuestra especie, recordando nuestra capacidad para construir y curar, para crear y amar, o para imaginar y soñar. Nuestra inteligencia parece destinada a liberarnos del sufrimiento y de la ignorancia. Sin embargo, para desgracia de todos, aquí estamos, empantanados con viejas miserias; las mismas miserias por las que se transitaron en Mesopotamia, Grecia y todas y cada una de las civilizaciones que han hollado el planeta. Podemos alcanzar la Luna o Marte, comprender el calor abrasador de las estrellas y descifrar el genoma humano. La tecnología es, quizás, la cualidad por la que mejor se nos puede identificar, desde las primeras y más primitivas lascas de piedra hasta los aceleradores de partículas. Las herramientas nos han hecho más fuertes, más longevos. Tenemos más comida, mejores viviendas y más energía. Nunca antes poseímos como especie tal cantidad de recursos a nuestra libre disposición. Tantos que aun repartiendo lo sobrante, todos tendríamos más de lo suficiente. Pero la tozuda Historia, por mucho que la recordemos de forma interesada, se empeña en demostrarnos que nos caracterizamos por una absurda y aparente incapacidad para respetarnos y protegernos. Por esto se me antoja harto complicado establecer cuál de nuestras épocas ha sido, es o será mejor. Aún resuena en nuestros días el eco de los viejos imperios, con su esclavitud y sus exterminios. ¿No lo escucha? El presente rezuma cinismo e hipocresía con su colosal desigualdad. ¿Qué profetizar del futuro? ¿Podemos esperar algo más que lodo de aquellos polvos? Es difícil conjeturar qué era de la humanidad será la mejor, pero lo cierto es que nunca antes tuvimos tanto poder y capacidad en nuestras manos. Por eso, quizás, nuestro presente me resulte tan crudo y nuestro futuro tan ominoso.
No obstante, a pesar de lo dicho, no es menos cierto que en la extraordinaria diversidad que nos identifica como especie, no todos los pueblos y culturas que han caminado por la Tierra han sido igualmente dañinos. La historia recuerda con facilidad a los grandes imperios, a reyes y caudillos con largos capítulos en libros bien decorados; con monumentos y construcciones capaces de resistir el castigo del tiempo. Pero tiende a olvidar con suma facilidad a los pueblos más humildes, devorados y consumidos hasta su extinción por esos reyes. Curiosamente, estas culturas perdidas nos demuestran que, a pesar de nuestro acaecer violento, hubo en nuestra especie gentes mejores o, al menos, más pacíficas.
¿Son un mito la igualdad y la paz? Estas son las cuestiones que subyacen y motivan este ensayo: retroceder en el tiempo para comprender un poco mejor quiénes somos. Un viaje plagado de incertidumbres y falsas creencias sobre las que quizás podremos arrojar un poco de luz. Partiendo de nuestra mente actual y retrocediendo hasta las eras atávicas de las primeras mujeres y hombres, descubriremos quiénes somos y qué hace que nos tengamos en tan buena consideración. Sin embargo, es posible que lo que hallemos no refuerce esta idea, quizás averigüemos que somos mucho menos de lo que pensamos. Como bien señalaba Sigmund Freud, la curiosidad científica siempre ha puesto en su lugar al ser humano. Copérnico nos sacó del centro del universo para arrojarnos a la periferia y girar alrededor de una estrella de lo más ordinaria. Darwin nos expulsó definitivamente de la Creación y del Edén, para enseñarnos que somos tan animales como el resto. Y el propio Freud nos arrebató la conciencia racional, el rasgo del que más nos enorgullecíamos, con el descubrimiento del inconsciente y la demostración de que las motivaciones que incitan nuestros actos y pensamientos nos son del todo desconocidas.
Con este ensayo le propongo reencontrarnos con los orígenes de nuestra especie, en un periplo antropológico y psicológico, a fin de hallar los mimbres de nuestra mente y reconciliarnos con el sufrimiento que tanto nos limita. Encontrar, de esta manera, el atisbo de una esperanza realista y sincera, alejada de las creencias engañosas y del esoterismo con el que tanto se nos distrae en nuestros días. Entiendo que solo conociendo nuestros defectos, como sociedad y especie, y asumiendo sus significados, podremos afrontarlos y, quizás, también trascender las miserias que nos oprimen. Ya veremos.
Con eSte prólogo,. Ya apetece leer el libro.
ResponderEliminarGrAciaS.
rA.
La verdad es que cuesta asimilar, todo lo que se podría hacer y lo poco que hacemos.
ResponderEliminarEn qué editorial lo haS publicado.
ResponderEliminarMe gustaría tenerlo.
Como lo conSigo.
Enhorabuena
rA
BuenaSnocheS.